CAPÍTULO 8 #2
Sale mucho humo y escucho una voz femenina que tose y lloriquea, por lo cual, me escondo detrás de una palmera pensando que pronto saldrá alguien y me acusará por haber traído la rama, por haber provocado el accidente, pero no sale nadie.
Nadie.
La mujer que lloriquea suena cada vez más desesperada, hasta que parece darse por vencida y, entonces, en vez de llorar, solo grita pidiendo ayuda.
Pasan segundos eternos y sigue sin salir nadie. El humo cada vez es más espeso, a ella se le entumece la voz.
¿Por qué no está aquí ya la policía? Deberían estar de camino solo por la alarma de la tienda, a menos que la tormenta sea tan grave que no vayan a atender esos avisos.
Joder.
Doy pasos pequeños y desconfiados hasta el coche y, cuando me acerco para inspeccionar, veo a mi derecha trozos de cristales y la rama manchada de un rojo intenso.
—Ayúdala. —A mi izquierda, en el asiento del copiloto, la voz femenina que lloriqueaba por ayuda me mira directa a los ojos. Los tiene muy marrones, pero también rojos.
Miro al asiento del conductor para confirmar si él puede ayudarla, pero la rama le atraviesa el cráneo y tiene los ojos abiertos y apagados.
Miedo, pena, dolor, culpa, pánico, esas son algunas de las muchas emociones que me golpean juntas y, a la vez, provocan que me tiemble todo el cuerpo.
Sollozo sin poder evitarlo y mi cuerpo, por puro instinto, se precipita hacia atrás.
Caigo sentado en medio del pavimento y algunos cristales se me incrustan en las manos.
Chillo debido al dolor y eso es lo único que me ayuda a parpadear y entender que esto no es una pesadilla, sino algo peor, es la realidad.
Está muerto. Lo sé, sé que está muerto porque he visto antes esa misma mirada vacía.
—Por favor.
La voz de la mujer es muy débil y se escucha entrecortada, como si tuviera la garganta llena de agua o con una fuerte carraspera. Casi muda entre los sonidos del huracán.
Me pongo a cuatro patas, procuro tener cuidado con los cristales y me acerco un poco a ella.
A él lo he matado, pero a ella… quizá aún pueda ayudarla.
La mujer cuelga hacia abajo, el cinturón retiene su cuerpo en el asiento y, de la cara y la boca, le caen gotas de sangre.
La miro a los ojos y descubro que los tiene muy bonitos a pesar del rojo que inyecta sus cuencas.
Su cabello también es precioso, aunque ahora mismo se encuentra manchado casi por completo de sangre.
—Intentaré cortar tu cinturón —le digo mientras me saco la piedra envuelta con la toalla del bolsillo, la desamarro y sujeto con ella un trozo de cristal grande para ayudarme a cortar el cinturón y liberarla.
Apenas puedo respirar, pensar con claridad o moverme. Me siento muy culpable de que mi rama haya provocado esto. No lo pretendía, yo solo quería comer un poco después de tres días sin hacerlo.
—No, a mí no —solloza la mujer y sus manos pequeñas y sangrantes se posan sobre las mías—. Ayúdala a ella primero.
¿A ella?
Es entonces cuando me descentro de los ojos de la mujer guapa y escucho el entorno a mi alrededor.
La lluvia y el viento son los sonidos más fuertes, además de la alarma del coche, la tienda y la respiración entrecortada de la mujer.
Pero atrás, en el suelo del asiento trasero, se escucha el llanto apagado de un niño.
Me encamino, gateo hacia el interior del coche, miro a la izquierda y la veo.
Es una niña pequeña, tiene el cabello platino, justo del mismo tono de la que asumo que es su madre, y la sangre le mancha la frente de la misma manera.
Eleva la mirada y unos ojos azules como el cielo, y como los que yacen sin vida en el asiento del conductor, me miran con fijeza y triplican mi culpabilidad.
Me desarman y, por primera vez en toda mi vida, noto la calidez de mis propias lágrimas deslizándose por mis mejillas.
Es demasiado. Mía me hizo prometer que no lloraría por nada, ni siquiera por ella, pero esto me sobrepasa.
¿Dónde está la policía cuando se la necesita?
—Ho… hola —la saludo casi sin fuerzas y ella me mira con semblante angustiado.
—¿Está bien? —pregunta la mujer, débil, pero casi con desespero—. Por favor, sácala de aquí, ayúdala. Por favor, te lo suplico...
—Ven conmigo —pido a la niña y ella me sostiene la mano cuando la extiendo, pero no hace el amago de avanzar—. Tenemos que salir —le insisto.
—Tengo mucho miedo —solloza, con una voz dulce e infantil apenas entendible, ¿qué tendrá, cuatro, cinco años?
Es tan delgada y pequeña como una bailarina hecha de cristal.
—No pasa nada por tener miedo, yo lo tengo muchas veces, pero no dejo que me paralice. No puedes dejar que lo haga. —Casi me lo digo a mí mismo.
—Mis padres —balbucea ella y miro detrás de mí al hombre sin vida y a la mujer agonizando que me mira con ojos suplicantes.
—Se pondrán felices si me haces caso y te ayudo a salir de aquí. Luego podré ayudarlos a ellos, este es un lugar peligroso ahora mismo y, mientras más tardemos en salir, más peligroso será.
—Hazle caso, cariño —gimotea su madre con voz entrecortada—. Mamá le ha pedido que cuide de ti.
—¿Vas a cuidar de mí? —pregunta la niña, asiento y ella relaja su expresión de angustia—. ¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Vale.
Me doy la vuelta para dejarle paso en cuanto noto que se mueve y mi rostro queda al ras con el de la mujer mientras pido a la niña que se suba a mi espalda y ella me hace caso.
—Por favor, cuida de ella —suplica entre lágrimas—. Es mi tesoro, promete que no la abandonarás.
No sé si puedo hacer esa promesa, aunque quiero.
Yo también tuve un tesoro una vez y lo perdí, cuidé de él todo lo que pude, intenté de todo para mantenerlo con vida y, aún así, se desvaneció.
—¿Él es un pirata, mamá? —pregunta la niña y los ojos de la mujer se llenan de aún más pena.
—Sí, cariño, tienes que ir con el pirata ahora, ¿vale? Mamá va a quedarse aquí con papá hasta que llegué la ayuda.
No sé cómo consigue hablar tanto, hace unos segundos apenas podía, su voz es un desastre y le falta el aliento, pero supongo que encuentra fuerzas en su hija.
Un olor fuerte invade mis fosas nasales y recuerdo al instante que estamos rodeados de gasolina en un coche del que ya salía humo de varias partes. Miro a la mujer y ella parece leer el pánico en mi expresión.
—Sácala de aquí —me ordena y me pongo en marcha—. Se llama Zoey —lloriquea— y es un tesoro. Cuida de mi tesoro como si fuera tuyo, por favor. Cuida de ella.
Cargo a Zoey en mis brazos en cuanto nos incorporamos, miro a los ojos de la mujer, asiento y le digo sin voz las palabras «lo prometo» antes de que la parte negra de sus ojos se agrande y su mirada se quede sin vida.
Mierda.
—¿Vas a sacar a mamá? —pregunta Zoey y me centro en ella.