Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

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Una vez rotos, somos indestructibles.

Florida. Hace trece años.

Hace frío.

Me encojo sobre mí mismo y me coloco mejor la chaqueta que encontré en uno de los basureros de los barrios pijos y el pasamontañas maloliente que le quité a uno de los amigos yonkis de mi padre cuando se quedó dormido en busca de un poco más de calor, aunque eso no me ayuda en absoluto a tiritar un poco menos.

Lo odio, esto de ser un niño y de que mi cuerpo sea tan débil.

Si no tuviera claro que eso de los superhéroes y los superpoderes son solo una estúpida invención, ahora mismo sentiría mucha envidia de ellos.

El tiempo en esta época del año es una mierda, hace un frío que pela y encima llueve a cántaros cada dos por tres.

Estoy empapado y dolorido de pies a cabeza por la fuerza con la que me golpea el agua, además de cansado de luchar para avanzar en contra de la dirección del viento.

Y eso por no hablar del hambre y la forma en la que me debilita, pero eso es algo a lo que estoy más acostumbrado.

Sea como sea, las condiciones climáticas durante el paso de un huracán son una reverenda mierda, pero eso no me alejará de mi objetivo de esta noche.

Como si desafiara mi afirmación y mi carácter, una ráfaga violenta me obliga a detener el paso, noto como se deslizan mis pies por el pavimento y tengo que sujetarme a un poste durante unos diez segundos eternos para no salir disparado.

Apenas logro conseguirlo y, para mi buena suerte, también logro conservar la rama.

En los días de tormenta siempre suelo llevar una conmigo, por mucho que cueste cargarla.

En las noticias de la radio dijeron que la velocidad del viento durante el huracán superaría los sesenta y cinco kilómetros por hora, y no se han equivocado, aunque a veces lo hacen.

Sabía que sería difícil cargar con ella y, por eso, elegí una de las más pequeñas que encontré.

Aún así, es robusta, y termina en una punta bastante afilada. Perfecta.

Miro al suelo mientras camino por el paseo marítimo, con la esperanza de que las gotas de agua, transformada en agujas mordaces capaces de cortar la piel, no me den de lleno en la cara. Me sorprende ver la fuerza con la que cortan las olas y el poderío del mar.

El mar me da miedo, aunque nunca nadie me escuchará decir eso en voz alta.

No sé nadar, pero como vivo en Miami, los días en los que no me encuentro demasiado débil por el hambre o permanezco oculto para que no me pillen los de servicios sociales, me paseo por su orilla y se convierte en un buen compañero para mí.

Hoy parece rabioso, las olas engullen la playa, escapan sin permiso e incluso parece que quisieran atraparme.

Acabar en el mar, flotando, y luego ser comida para peces no es un plan que me apetezca. Yo no soy como Mía, soy capaz de sobrevivir a las más difíciles circunstancias, ella misma lo dijo antes de cometer aquella tontería.

Nadar en mar abierto en mitad de una tormenta. No sé en qué demonios pensaba.

El suspiro se escapa de mí por sí solo y lo maldigo enseguida. Mía dijo que esa no es la forma en la que quería que la recordara. Aunque también dijo que no me dejaría solo y, aún así, lo hizo.

Supongo que cualquier niño de siete años normal ahora mismo estará en su casa, viendo los dibujos en una tele de plasma enorme, bebiendo chocolate caliente con nubes, y a gusto debajo de una manta suave y calentita, pero a mí no me tocó la suerte de ser un niño normal.

No tengo casa, ni tele, ni chocolate, ni manta, tampoco unos puñeteros padres que me quieran y trabajen por mí.

Ni siquiera tengo un plato de comida asegurado al día o, incluso, a la semana.

Y ya ni siquiera tengo una madre indigente y drogadicta, un padre alcohólico, o una hermana que me abrace y me bese por las noches y me diga que todo va a estar bien, y eso sí que es una mierda.

Se me escapa el aire que no sabía que contenía y, por un momento, pierdo las fuerzas y el viento me hace retroceder tres pasos.

Sujeto con más ímpetu la rama, tenso los músculos, aprieto los dientes y doy un paso firme hacia adelante mientras extiendo una mano para intentar llegar y sujetarme a otro poste.

Cuesta muchísimo caminar, pero lo consigo paso a paso y por pura cabezonería. Así es como sobrevivo.

Mentiría si dijera que, en ciertas ocasiones, no he imaginado como se debe de sentir ser un «niño normal», como los que salen en las películas, esas que Mía y yo veíamos en los innumerables centros de detención de los servicios sociales por los que pasamos, esos de los cuales nos escapábamos cada vez que pretendían separarnos.

Mía hubiera preferido morir a que nos separaran y, al final, lo hizo.

Hay personas que nacen sin una pizca de suerte, y nosotros formamos parte de ellos, lo sé, lo tengo asumido, mi hermana me ayudó a asimilarlo y luego se metió en ese mar oscuro para confirmarlo.

Por eso, cuando mi cerebro se empeña en cerrar mis ojos e imaginar una vida diferente o hacerme soñar con cómo sería el calor del humo del chocolate caliente sobre mis mejillas, en mi boca, en el primer trago que bajara por mi garganta y calentara el resto de mi cuerpo antes de ocultarlo bajo la manta…

Cuando mi cerebro se empeña en sabotearme al imaginar ese tipo de cosas, me entran ganas de darle una patada con fuerza y apagarlo.

En mi vida, imaginar significa perder el tiempo, y perder el tiempo significa morir.

Cuando tienes siete años y sobrevives a duras penas en las calles de Florida, debes seguir adelante y crear oportunidades, aprovechar cada segundo, cada situación, justo como lo hago ahora.

Las noches en las que hay huracanes o tormentas son las más duras, pero también las mejores para salir a hacerse con provisiones para unas cuantas semanas.

Tengo un plan elaborado que llevo a cabo cada vez que un huracán pisa la ciudad y estoy a punto de ejecutarlo.

Veo como un relámpago ilumina el cielo y me tenso, mi corazón se acelera y me preparo mientras repaso mentalmente la forma en la que até la piedra a la toalla que me saco ahora mismo de la chaqueta empapada.

El estruendo del trueno llega enseguida y lo aprovecho para golpear y romper un trozo de cristal al lado del manillar de la puerta.

No pudo creer que aún no cambien el estilo de la cerradura.

Entro en el local, meto la rama conmigo y guardo en mi bolsa lo que puedo sin preocuparme demasiado por la forma en la que suena la alarma.

Con la que está cayendo, tengo unos veinte minutos antes de que la policía se presente, si es que lo hace.

—¡Ramen!

Me maravillo al ver que Filip ha vuelto a traer de mi sabor favorito.

Cojo comida enlatada: albóndigas, alubias, lentejas.

Comida lista para calentar: hamburguesas, pasta, arroz.

También me hago con chuches y patatas. Si Mía estuviera aquí, cogería algo de chocolate con leche para ella, o productos de higiene para chicas, pero como ella no va a volver nunca, adelanto todo ese pasillo sin siquiera mirar.

Paso por el de bebés y me hago con toallitas, mi cabello parece un nido de ratas, pero prefiero cortarlo a ir en busca de un champú y ver todas las cosas que ya no puedo pillar porque ya no tengo una hermana.

Termino mi recorrido al lado de la caja, donde me hago con algunos rascas de esos que prometen hacerte millonario.

No podré cobrarlos, pero son entretenidos.

Me acerco a la puerta y coloco la rama en una posición extraña, como si saliera del agujero en el cristal que yo acabo de provocar.

Sé que es una tontería, pero creo que, cuando los adultos la ven en primera instancia, creen que el destrozo de la tienda ha sido por causas naturales y eso me ayuda a ganar un poco más de tiempo antes de que empiecen a buscarme.

Abro la puerta y la empujo con cuidado, la bolsa pesa bastante, así que la saco primero y la dejo sobre la acera mientras aún sostengo el pomo.

Cuando pongo un pie fuera de la tienda, una ráfaga de viento increíble me desestabiliza y me lleva por delante, la puerta se me escapa de las manos y se estrella contra una pared, se rompe en miles de pedazos, el contenido de la bolsa se desparrama y huye en muchas direcciones distintas y solo tengo tiempo de protegerme la cabeza cuando la rama que cuidé con tanto ahínco para que formara parte de mi plan, sale disparada en dirección al paseo marítimo.

Un relámpago ilumina el cielo y miro con horror la trayectoria de la rama mientras me aferro al suelo con las uñas y lucho para no salir volando.

A su vez, detecto movimiento por el rabillo de mi ojo derecho, es veloz, casi imperceptible, al igual que lo es su sonido, pero está ahí, un borrón blanco se acerca a toda velocidad.

Ni siquiera soy capaz de procesar lo que veo a continuación.

El estruendo del impacto queda casi del todo silenciado por el sonido de un trueno.

Una nube de humo oscuro emerge entre las gotas de agua, el coche blanco da tres vueltas y luego se vuelca contra una palmera, con el techo hacia abajo, rodeado entero de cristales rotos y marcas negras de llanta pintan la carretera e indican su trayectoria.

El ambiente se inunda de un olor a goma quemada y a gasolina.

Miro de lleno el coche, apenas recuerdo que era blanco y no gris con todas las abolladuras que raspan la pintura.

No.

Me pongo de pie y noto que me tiembla el cuerpo, se me disparan los latidos del corazón y me trago mi propio miedo.

Como si fuera una especie de broma de mal gusto, el viento se calma un poco de repente y me permite caminar, me coloco delante del coche, me quito el pasamontañas, lo guardo en el bolsillo trasero del pantalón y lo veo.

La rama, mi rama, se ha quedado incrustada en el parabrisas, que está hecho añicos y, a pesar de que me encuentro aún a unos metros de distancia, lo veo con total claridad.

—Mierda —bufo asustado y recorro los metros que nos separan con el corazón a mil latidos por segundo.