Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

La peor cárcel son los recuerdos... o la falta de ellos.

Briella me ha intercambiado la camiseta, pero eso no me hace sentir menos incómoda.

¿Incómoda? No sé por qué lo resumo tan fácilmente con esa palabra cuando, en realidad, me siento desquiciada.

Ese hombre, lo que dijo, las cosas que me hizo…

Estoy a punto de echarme a llorar de nuevo y me muerdo los carrillos para disipar la sensación o, al menos, intentar que no se note.

Aún sigo en proceso de asimilar lo sucedido, pero es tan confuso que me hace doler la cabeza.

Ese hombre me…

Agarro el vaso de agua y derramo casi la mitad antes de que me llegue a los labios por la forma en la que tiemblo.

Bebo un trago, pero, en vez de sentir el agua, noto la textura y el sabor del semen de ese troglodita en la boca.

No consigo tragarla y la escupo de nuevo en el vaso, que dejo en el suelo en medio de mis pies.

Briella me mira de reojo cada cinco segundos, y yo me obligo a sonreír un poco, parecer normal, pero, en realidad, lo único que quiero es esconderme en un rincón oscuro, hacerme un ovillo y echarme a llorar por la vergüenza.

No sé por qué he accedido a venir… ah, sí, porque cuando volví a las gradas, temblando, con la camiseta hecha harapos y blanca como un papel, mis amigas intentaron sacarme información de lo que me había sucedido de todos los modos posibles, pero era tan agobiante y tenía tanto miedo que no fui capaz de decir nada.

Miedo de que él estuviera por allí y regresara para hacerme daño, miedo de que mis amigas me miraran a la cara y comprendieran que soy un completo desastre.

Miedo a que descubrieran que este desastre se corrió con los dedos de un desconocido que la usó de forma degradante en un baño público.

Encima, ese gilipollas me sacó una foto.

La situación fue y es tan surrealista que no soy capaz de vocalizarla.

Les dije que yo había roto la camiseta porque no quería llevar el número y el apellido de un salvaje, que la rasgué contra un borde afilado y, aunque noté el desconcierto en sus rostros, sé que me creyeron, lo hicieron porque yo nunca miento, o nunca lo había hecho… hasta ahora.

¿Cómo iba explicarles lo sucedido?

Un desconocido se puso una máscara en el rostro y me ultrajó, abusó sexualmente de mí, me folló con los dedos, me obligó a hacerle una mamada y estaba convencida de que no pararía ahí, me hizo una jodida foto y me amenazó con mostrarla si hablaba.

Me maltrató como si fuera su enemiga y, a la vez, dijo cosas de mí que nadie debería conocer mientras sus estúpidos ojos ocultos tras esas rendijas y el tono de su voz me atraían como imanes.

Su presencia me sumergió en una especie de trance y despertó en mi cabeza la mayor cantidad de flashbacks que había tenido jamás.

Dijo conocer mi pasado, la forma en que murieron mis padres.

No puedo decirles nada de eso, montarían un escándalo, involucrarían a la policía, a la prensa, ¡al mundo! Y con toda razón, pero, lo que realmente me duele es saber que se darían cuenta de que, efectivamente, soy incapaz de valerme por mí misma.

Se sentirán forzadas a permanecer conmigo y les terminaría de joder la vida.

No puedo hacer eso, no puedo volver a ser el lastre, la débil, la persona a la que tienen que cuidar. Me lo prometí. Ellas también necesitan vivir sus vidas y yo… Joder, si existiera la mínima posibilidad de que alguien conociera mi pasado y me hablase de él, si me eso me ayudara a recordarlo…

«Entonces te lo recordaré. Soy la vida que finges haber olvidado. Soy el accidente en el que murieron tus padres, el orfanato, las playas de Florida».

Aún me estremezco al recordar su voz.

Suspiro, me abrazo a mí misma y tenso los músculos, lucho con todo lo que tengo para no parecer tan afectada, para no demostrar la ansiedad que me corroe y arruinar la noche a mis amigas.

Ellas han decidido que la mejor idea era venir a un club para celebrar la victoria de los Bloodhawks o, más bien, Taylor lo decidió.

Lo hizo a posta porque el lugar está a rebosar con los jugadores y ella lo sabía, sabía que vendrían aquí, y ahora estamos en una mesa alta viendo como Logan Reese, uno de los jugadores del equipo rival, bebe una copa de la ronda que nos ha invitado y se come con la mirada el cuerpo de Martina.

—Voy al baño —dice esta y, en mi interior, siento que el escrutinio de ese chico la ha hecho sentir incómoda.

—¿Una falta de respeto a qué o quién con exactitud? ¿El consumismo, el equipo, o tu ego masculino al que le apasiona este deporte arcaico y sexista?

Oh, vaya, no sé en qué momento pasó, pero ahora ese chico está en el radar de Briella y no desaparecerá hasta ser devorado, no quedará nada de él, ni los huesecillos. Por muy chulo y especialito que se crea, no tiene nada que hacer contra mi amiga.

Estoy a punto de intervenir en la discusión absurda que escala entre ellos cuando, a lo lejos, el fuego de una mirada atrae mi atención. Mis ojos viajan hasta ese punto, arriba, en la zona vip , junto al resto de sus compañeros, la silueta imponente del jugador número veintiocho me disecciona viva.

El corazón me salta en el pecho, me quedo sin aire y, por primera vez en mi vida, siento una necesidad imperiosa de salir huyendo muy lejos y esconderme para siempre en un lugar seguro, aunque, ¿hay realmente un lugar seguro para mí ahora que alguien me ha convertido en su presa?

Creo que es él, no sé por qué, pero mi mente no para de ver su cara encima de ese cuerpo y oculta tras el brillo de esa máscara.

No puedo respirar.

Todo a mi alrededor se difumina, se me nubla la vista, se me seca la boca y me quedo sin fuerzas, como si estuviera ebria, como si el tiempo se hubiera detenido, o ralentizado, y solo existiéramos ese imbécil y yo.

«Conozco cada detalle de ti, no he podido olvidar ni siquiera el más insignificante».

—Brie —sollozo, pero soy incapaz de apartar la mirada de la suya. Él se lame los labios, parece molesto.

Elevo la mano para tocar a Briella y ponerla en alerta, ya me da igual todo, me da lo mismo parecer débil o arruinarle la noche, necesito salir de aquí, desaparecer del radar de ese jodido pirado.

Pero Brie no está a mi lado, discute con Logan y ambos están tan unidos que sus frentes casi se chocan.

No escucho lo que dicen; en realidad, no puedo escuchar nada, solo la voz amenazante de ese desconocido.

«¿Qué pasaría si te follo aquí y ahora mientras te recuerdo quién soy?».

«Tesoro».

¡No!

Camino despacio hacia un lado, sin apartar la mirada del jugador, y busco a Taylor, pero la encuentro demasiado ocupada, roja como un tomate, sonriendo por lo bajo; cuando sigo la trayectoria de sus ojos, solo tengo que deslizarme a un lado dentro de la misma zona vip , ese jugador enorme que, creo que se llama Kirian la mira, le da un trago largo a su botellín de cerveza y se lame los labios.

Es una declaración de intenciones en toda regla y me sonrojo como una niña pequeña que roba la privacidad de sus padres y los pilla coqueteando.

El portero, Gideon, está junto a Kirian, él también sigue la mirada de su amigo y descubre la escena que presencio, frunce el ceño de forma autómata y aprieta de tal manera la copa que tiene en la mano que esta se parte en cientos de trozos, lo que corta el momento y hace que Taylor sacuda la cabeza y se aleje de la mesa.

¡¿A dónde va?! La necesito, no quiero agobiar a Briella…

—Eres un imbécil y mira lo que hago con tu copa.

Ay, no…

Es demasiado tarde. Cuando me doy la vuelta, Logan correa un líquido rojo y tiene una cara evidente de pocos amigos.

Da un paso amenazante hacia Brie y la sujeta del brazo, pero ella lucha contra él y se escabulle con un movimiento que Logan no ve venir.

Ella sabe defensa personal, es jodidamente buena y deja a Logan descolocado.

Alguno de sus compañeros de equipo, que ven la escena, se ríen de él por lo bajo y la piel del pelirrojo se torna del color de su cabello mientras parece que está a punto de salirle humo por las orejas.

Mis pies se mueven a toda velocidad y me interpongo en medio de ellos antes de que se les ocurra ir a más y Briella le de una demostración gratuita de sus clases de defensa.

—Lo siento mucho —farfullo.

—No te disculpes en mi nombre —sentencia Brie y se remueve a mi espalda mientras intenta dar un paso adelante para enfrentar a Logan.

Parecen dos animales salvajes a punto de saltarse encima y pelearse hasta morir—.

Este imbécil se lo merecía, no ha soltado más que estupideces por esa boca de niño pijo y remilgado.

—Al menos yo doy buenos usos a mi boca, cosa de la que no puedes presumir porque nadie querría ninguna parte de su cuerpo cerca de tu boca de zorra amargada.

Será…

—Menos mal, joder, me suicidaría si un día llego a pensar que mi boca solo sirve para eso…

—Pues ponte de rodillas para mí, lo comprobaré y te daré el veredicto para que puedas suicidarte lo antes posible. Venga, bruja, sé que lo estas deseando.

Oh, no. No acaba de decir eso, ¿verdad?

La tensión explota y lucho por permanecer como barrera entre ambos, pero no funciona, Briella arremete contra él, se mueve con rapidez y se hace con otra copa de la mesa, eleva el brazo sin que yo pueda hacer nada y la lanza de lleno en la cara y la ropa de Logan.

Al muy idiota no se le ocurre otra cosa que hacer lo mismo y, de repente, estoy en medio de dos adultos sobreexcitados que se tiran copas encima.

—¡Briella, para! Chicos, por favor…

Me alejo un par de pasos para salir del jaleo que tienen montado sus cuerpos, jadeo en busca del aliento que me roba sentir a una de mis mejores amigas en peligro.

—¡Parad ya de pelear!

Briella se detiene en seco justo cuando apuntaba a la sudadera de Logan con una botella de agua y este aprovecha la brecha para descargarle el cubo de hielo en el que reposaban las cervezas encima.

Menudo gilipollas.

—Por favor, Brie, no sigas. Vámonos ya —le suplico, corro hacia ella y le sujeto los hombros—. Por favor, no vale la pena, estoy muy asustada.

Briella parpadea y es como si, al verme, sus demonios taimaran y su cerebro reaccionara recordando lo que verdaderamente importa, el lugar en el que estamos, las personas que nos ven.

—Menudo gilipollas. —Escucho bufar a una chica con sorpresa—. Pero que se puede esperar de un Serpent.

—Por favor, Briella, dejémoslo estar…

—Nos vamos, pero que sepas que esto no se va a quedar así, cerebro fundido por los esteroides, imbécil de mierda, jugador de quinta.

—Lo estoy deseando, bruja. No te tengo ningún miedo.

—Pues deberías —le advierto.

Briella gruñe improperios por lo bajo, pero agarra su chaqueta con una mano y se deja guiar mientras la saco del lugar.

—Una que se te resiste, Reese.

—Menuda nueva forma de ligar, tío.

Esas son algunas de las frases que sueltan los compañeros de Logan entre risas mientras nos alejamos.

Al salir del club, recibimos un mensaje de Martina y nos damos cuenta de que, esta noche, ella también se ha topado con su propio neandertal.

Un momento, ¿y Taylor? Debería haber salido con nosotras.

—Vamos.

Briella es la viva imagen de la ira. Espero que todo vaya bien con las chicas, enviaré un mensaje a Taylor para disculparme por irnos sin ella, pero yo necesito salir de aquí, necesito alejar a Brie de ese imbécil, alejarme de ese jugador. A ser posible, para siempre.