Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Trece años, ocho horas y treinta y un minutos. Ese es el tiempo que este pirata herido ha tardado en dar con su tesoro.

«Te confundes de persona. Ni siquiera te conozco».

Aprieto el souvenir con tanta fuerza que lo escucho resquebrajarse, casi se me destroza entre la mano y eso es lo que me hace reaccionar.

Se me acelera el pulso y la ansiedad me llena, me limpio los nuevos riachuelos que caen de mis mejillas, sorbo la humedad de mi nariz e inspecciono la botella.

Para mi buena suerte, solo le he provocado una grieta, una muy muy pequeña, no como la que me ha provocado Zoey a mí esta noche, y cada noche ausente durante trece malditos años.

Ni siquiera me voy a molestar en llamar a los cinco buenos para nada que se hacen llamar detectives y que, en todo este tiempo, no han logrado dar con ella. Ya se pondrán en contacto conmigo cuando dejen de recibir la nómina exagerada que les pago cada semana.

Zoey.

No tardaré demasiado en averiguar por mí mismo todo lo que necesito saber sobre ella.

Estaba sentada junto a Martina, así que asumo que debe de ser una de esas dos mejores amigas que ha traído de visita por las fiestas.

Me yergo en el coche, pero, en lugar de encenderlo y conducir, abro la aplicación de Instagram, no tardo en dar con el perfil de Martina, no nos seguimos, pero eso no me impide acceder a su lista de amigos y stalkear a la primera Zoey que encuentro.

Ella.

Su melena rubia sale en muchas de las fotos manchada de pintura, luce ropa amplia y pinta cuadros grandes repletos de paisajes con personas de rostros borrosos en casi todas ellas. Son cuadros coloridos y con imágenes que me resultan inquietantemente conocidas.

—Ese paisaje del sol desapareciendo entre la montaña —susurro mientras hago zoom y observo los detalles de la foto, que acumula unos doscientos cincuenta likes y algunos comentarios positivos—. Eran las vistas desde la ventana de mi habitación en el internado.

Maldita mentirosa.

A continuación, hay una imagen de dos cuerpos infantiles de espaldas, un niño de cabello negro sobre el que se distingue la liga de un parche de pirata y una niña con el pelo rubio con taje de bailarina de ballet y una corona en la cabeza.

Nos reconozco a los dos de inmediato, teníamos ocho y seis años cuando robé esos disfraces de la tienda de ese gordo bueno para nada en vísperas de Halloween.

Ella hizo un dibujo increíble muy parecido a este cuadro en aquella época.

Ahora que lo pienso, siempre le gustó pintar.

Robé decenas de packs de rotuladores y entré en la oficina de la trabajadora social tropecientas veces sin permiso para imprimirle dibujos o mangar hojas en blanco.

Miente sobre no recordarme, y esta es una de las pruebas.

Deslizo más entre las fotos, con el corazón a toda velocidad. Hay un sin fin de referencias a nuestra infancia juntos, pero la mayoría de ellas, escondidas y camufladas bajo una explosión exorbitante de color.

No me disgusta su arte, pero tampoco tengo claro si me encanta.

Es demasiado poco realista, demasiado superficial, colorido y…

falso. Como si intentara camuflar el mar de lágrimas que lloró sobre mi regazo en esa época de nuestras vidas debajo de una montaña repleta de algodón de azúcar.

Como si intentara ignorar lo mucho que me necesita, que me recuerda…

@SweetZoey.

Resoplo. Ella siempre fue dulce, pero solo para mí.

Tiene un perfil profesional y se me escapa una sonrisa maliciosa al ver que esto ha sido más fácil de lo que pretendía.

Tantos años sin ningún resultado y tengo toda su información al alcance de mi mano en apenas unos segundos.

Zoey, así que Graham, ¿eh?

Y, voilà , su número personal, y sin ni siquiera esforzarme. Casi me entran ganas de llorar por todas las mierdas a las que me tuve que someter a cambio de mentiras y migajas de información que nunca me llevó a nada.

Martina y Briella son sus mejores amigas; o, más bien, su guardaespaldas y su canguro.

Parece tener una vida plácida mientras que yo me he estado quemando en vida.

Alguien me toca la puerta y me da un susto de muerte, el móvil se me resbala de las manos y cae en el posavasos, maldigo y golpeo el volante con rabia, pero me giro a la izquierda para ver al hijo de puta de Declan recién duchado y mirándome de cerca.

—¡¿Qué coño quieres?!

—Hola a ti también, pedazo de troglodita. Los de la limpieza quieren un extra en su sueldo de este mes por arreglar tu maldito desastre.

—Cuéntame algo que me importe —gruño y bajo un poco la ventanilla, a la vez que ruedo los ojos para ignorarlo.

—Que saldrá de tu nómina. —Eso ya lo sabía—. Vamos al bar con los chicos para celebrar que hemos ganado, deberías venir, a lo mejor te ayuda a calmar esa mala leche. Puede que incluso consigas darle unos cuantos golpes a esos idiotas fuera de la pista.

¿Declan incitándome a golpear? Esto si que es interesante. Seguro que tiene que ver con la psicóloga y la forma en la que Reese se la comía con la mirada.

Un momento…

—¿Irá Martina?

La pregunta se me escapa de los labios y Declan frunce el ceño. Le dirijo una mirada cómplice, pícara, y muevo las cejas para provocarlo.

—A lo mejor se toma unas copas de más y tenemos una segunda oportunidad para deshacernos de ella, esta vez en grupo y sin fallos.

El cristal está a la mitad, pero eso no detiene a Declan para meter la mano dentro, sujetarme por el cuello y estamparme contra él.

—Dije que yo me encargo, Lucien.

—Eso dijiste sobre el club, Declan, pero ella sigue aquí.

—Lo haré a mi manera. No tengo por qué daros explicaciones sobre todo, joder. Así que ni la mires, pedazo de hijo de puta.

—Tienes que darnos explicaciones cuando se trata de nuestro pacto…

—Soy el más comprometido con nuestro pacto. Si decides ir al bar, nos vemos allí.

Declan da un par de pasos adelante y se detiene, sigo su mirada y descubro un grupo de cuatro chicas a las que estoy dispuesto a seguir que se dirigen hacia el coche de una de ellas.

Zoey.

No pienso volver a perderte de vista, tesoro.