Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Quien te rompió y luego volvió, no vino para curarte, solo para comprobar si seguías respirando.

No solo ha negado conocerme, sino que me ha mirado como si estuviera aterrorizada.

Estampo el puño cerrado contra la taquilla metálica y esta se hunde por el impacto con demasiada facilidad.

El dolor me asciende por el antebrazo, pero apenas lo registro.

Golpeo de nuevo. Una, dos, tres, cuatro…

Lo hago hasta que mis nudillos se abren y la sangre mancha la superficie.

No sirve de nada. ¡De nada! Estoy demasiado colérico y necesito algo más fuerte, más intenso, que duela mucho más, joder, más que el maldito infierno que arde dentro de mi pecho y mi cabeza ahora mismo.

Después de todos estos años, ella… después de lo que nos hizo…

¡Joder!

Esto no tendría que haber sucedido, ¡no tendría que haber sido así!

Estaba dispuesto a perdonar y olvidar al encontrarla. De hecho, volver a verla era lo único que recargaba mis esperanzas, pero si esa es la jodida actitud con la que pretende redimir el pasado, yo también tendría miedo si fuera ella.

Grito como un jodido imbécil en un patético intento por drenar una parte de las emociones que me carcomen ahora mismo, mi terapeuta dice que esa mierda funciona, pero no es verdad.

Las noto a flor de piel, me abrasan vivo, me asfixian, me desquician y las siento a punto de desbordar.

La cabeza me zumba y todo mi cuerpo sufre una tensión que se siente dolorosa.

La única manera en la que mi cerebro podría drenar este martirio es volviendo a ese jodido baño, agarrando a esa zorra otra vez del cabello y encerrándola para siempre hasta hacérselo pagar.

Hasta hacerle entender todo el daño que me ha hecho.

No acabaría nunca y, por tanto, nunca la liberaría.

¡Me cago en todo!

Me llevo las manos a la cabeza y me tiro del pelo con la misma fuerza e intensidad con la que tiré del de ella.

La culpa me golpea casi tan fuerte como la rabia y recuerdo el juramento que hice cuando tenía siete años, la forma en la que dije que la protegería, en la que la protegí, hasta que ella me abandonó como si nunca le hubiera importado.

Juré protegerla de todo, pero nunca pensé que un día debería agregarme a mí mismo a esa lista, así como a mí nadie me advirtió que debía protegerme de ella.

Puede que esa hija de puta rompiera su promesa a la primera de cambio, pero yo… yo he mantenido la mía, joder. La mantengo y la mantendré durante toda la vida.

«No te conozco, lo juro».

Y una mierda no me conoce.

Sabe perfectamente quién soy y por eso ha venido a mi jodido partido con mi jodida camiseta. Ha venido para burlarse, para restregarme en la cara que me desechó, que hizo una nueva vida en la que no me incluye y que todo lo que hice por ella le importa una reverenda mierda.

«Por favor, creo que te confundes de persona».

Encima tiene la desfachatez de gritar y lloriquear mientras me miente en la jodida cara.

Una carcajada seca y carente de humor emerge por mi garganta y un sentimiento candente se adueña de mis emociones. Elevo los nudillos de la mano ensangrentada y los observo con detenimiento, mientras mi maldito cerebro me recuerda que no es la primera vez que sangro por y para ella.

He sacrificado mi vida por ella, y he construido un imperio encima de una base de escombros con la única idea de encontrarla y venerarla como mi único maldito tesoro.

Acepté humillaciones sin oponer resistencia e hice cosas deplorables a cambio de migajas de información sobre su paradero, incluso acepté que me adoptaran cuando juré que nunca lo haría…

y todo por la promesa de poder volver a verla alguna vez.

Han pasado demasiados años desde entonces y ninguno de ellos ha sido dulce para mí como parecen haberlo sido para ella.

Parece feliz, ¡joder! Parece estar bien y vivir una vida en la que no me necesita, ¡mientras que yo me quemo en agonía porque no puedo ni podré jamás superar el maldito dolor que me produce su ausencia!

¡No puedo puto respirar y quiero arrancarme la jodida piel a tiras!

Con un grito gutural, agarro el banco de madera anclado en el centro del vestuario y tiro de él con fuerza ciega y desmedida hasta que los tornillos crujen y ceden.

Le doy una patada y se desprende antes de caer volcado con un estallido atronador que reverbera en toda la estancia.

Me quito toda la ropa a manotazos y, de camino a la ducha, golpeo y arranco todos los dispensadores de jabón de las paredes, los estampo contra el suelo y no me detengo a ver como el puto líquido viscoso se mezcla con la suciedad.

Llego frente al gran espejo que hay justo antes de entrar en las duchas, ese en el que te miras los músculos abultados y te sientes un jodido dios cada vez que sales de un partido o un entrenamiento intenso, solo que, esta vez, apenas me reconozco.

Tengo los ojos inyectados en sangre, las pupilas dilatadas y la mandíbula tan prieta que me duelen los dientes.

Veo el monstruo que ella vio, a pesar de llevar la máscara, y me digo a mí mismo que, quizá, solo la he cagado, como siempre, quizá solo he sido un jodido imbécil al elegir llevar la máscara y comportarme de esa manera que no sé controlar.

Quizá la he asustado como asusto a todos, menos a mis amigos y al doctor Hale, quizá le he dado miedo y por eso ha fingido no recordarme.

Lanzo un puñetazo directo al cristal y el espejo estalla en miles de pedazos. Joder, sé que mañana enfrentaré todos los problemas que me acarreará este comportamiento, pero hoy… hoy me importa una reverenda mierda.

Me limpio la humedad traicionera que me resbala por el rostro, me meto en la ducha y abro el grifo en la parte del agua fría.

Las gotas gélidas me golpean la piel enseguida y, como sé que aún tengo la protección de los sonidos del partido, descargo parte de la frustración que siento en un sonoro chillido mientras golpeo los azulejos.

—Me da igual si se ha asustado, joder. ¡Va a pagar por esto! —sollozo.

No existe justificación alguna para como se ha comportado, se lo dije, le dije varias veces que era su pirata, pero supongo que eso, como hace trece años, le sigue importando una mierda.

Zoey no me quiere a su alrededor, no me quiso antes y, solo porque me haya pasado la vida buscándola con la esperanza de escuchar lo contrario, no significa que me fuera a suceder.

Ella me desechó. Pero ya no tengo once años. No soy el mismo imbécil que saltó a la muerte por ella con los ojos cerrados y alguien tiene que pagar al fin por mi sufrimiento, tiene que compensarme, joder, por todo.

Salgo de la ducha sin tener la más mínima idea de si me he limpiado o no, me seco deprisa y me pongo ropa para volver a casa.

No soy consciente de cómo dejo el vestuario, ni de si he recogido mis pertenencias, cerrado el grifo o destrozado el mobiliario.

Tampoco tengo idea de cómo cojones he llegado hasta el puto coche de mierda, pero ahora estoy aquí y el volante paga las consecuencias de mi frustración mientras lo golpeo en repetidas ocasiones.

—¡Hija de puta!

Jadeo como un crío después de una carrera y no lo puedo evitar mientras mi mente recuerda las secuencias de lo que acaba de suceder.

La he encontrado, sí, pero se siente mucho más doloroso y frustrante que cuando la buscaba.

¡Esta mierda me desquicia!

Elevo los dedos que estuvieron en su interior hasta mi rostro y los observo como lo que soy en este momento, un maldito perturbado.

«No, por favor, soy virgen. Si lo haces así, me harás muchísimo daño. Me destrozarás la vida».

—Más te vale no haber permitido que alguien pusiera las manos encima de lo que es mío. Mi tesoro, joder. Me pertenece.

¡Mierda!

Imaginé una y otra vez este reencuentro, estaba dispuesto a ser cualquier cosa que ella quisiera que fuera, quien ella necesitara, con tal de que me quisiera a su lado, de que me dijera que todo había sido un error, un malentendido y que ella me buscaba con la misma ansia con la que yo la busqué durante estos trece años.

He sido capaz de mentir, matar, torturar y traicionar con tal de encontrarla. Hubiera sido capaz incluso de morir.

Pero sigo sin ser suficiente para ella.

No.

Estoy harto de conformarme con lo que deciden los demás y suprimir lo que verdaderamente quiero. Estoy harto de la medicación y de esta supuesta estabilidad, de las normas sociales que me impiden secuestrar a Zoey en un barco y obligarla a que cumpla su promesa.

—Amas tanto esta nueva vida como para fingir que no recuerdas la anterior, tesoro. Entonces tendré que destruir todo lo que la compone hasta que no te quede más remedio que reconocer que siempre he sido tú única jodida opción.

Abro la guantera de mi camioneta y saco la botella que tiene dentro el barco pirata, lleva ahí cuatro años, desde que me compré este coche con mi primer contrato como jugador profesional.

Antes estaba en el escritorio de mi habitación, en ese pequeño altar que tengo destinado a mi tesoro.

Observo el souvenir de Miami y su color amarronado, noto que una nueva humedad me baña las mejillas y me las limpio con un par de manotazos hostiles.

Odio llorar, y he de reconocer que ya ni siquiera recordaba el sabor salado que tienen las lágrimas, pero sabe como el mar, ese al que me lancé para morir en nombre de una maldita traidora y mentirosa.

No había podido volver a llorar, no desde esa noche en la que me dijeron que la había perdido, en la que aprovecharon que estaba inconsciente para poder arrebatármela, en la que dijeron que ella quiso dejarme por su propia voluntad después de que había prometido que no lo haría.

Dijeron que nunca podría encontrarla, que prefería iniciar una nueva vida y mantener contacto cero con el pasado, ¡conmigo!

Han pasado trece años, ocho horas y treinta y un minutos, y odio comprobar que esas palabras que me rompieron eran… verdad.