CAPÍTULO #3
—¿Por favor? —se burla con una risa seca—. Yo también recuerdo haber dicho esa palabra un millón de veces cada vez que me despertaba sin ti a mi lado, pero no sirvió de nada.
Mis gritos rompen el silencio del aire y me cubro el rostro con las manos en actitud defensiva, mientras él me raja la camiseta como un puto endemoniado.
—¡¿Por qué llevas esta camiseta si no me conoces?! ¡¿Para qué coño has venido si no estás aquí por mí?!
Creo que voy a morir. Ya esta, es mi fin y noto el sabor amargo del terror en el fondo de mi garganta.
Entonces escucho como gruñe y estoy lista para recibir una estocada final, cierro los ojos, noto como me rodea el cuello con la mano, reclina su cuerpo sobre mí y, un segundo después, su boca engulle la mía, su lengua accede a lo más profundo de mi garganta y su corazón late contra mi piel, desbocado.
Su polla se mueve certera entre mis piernas y, aunque no es lo que deseo, mi cuerpo reacciona a ello bajo su propia voluntad.
Esto es obsceno, salvaje, cruel y, simplemente, surrealista.
Él me folla en seco con la intensidad de un animal mientras me besa y me muerde con rabia y voracidad.
Sus manos, ávidas, crueles y desesperadas, me recorren entera con caricias dolorosas que me roban sollozos y luego se hunden en mi cuero cabelludo.
A la vez, lo escucho bufar y maldecir, desesperado.
Me suplica que lo reconozca. Mi cuerpo se calienta, mis labios arden y lucho por seguirle el ritmo en un acto de desesperación para que sea menos doloroso.
Soy incapaz de abrir los ojos, jadeo cuando me levanta la camiseta y se me abren de golpe cuando me sube el sujetador y deja mis pechos al aire.
Solo veo su cabello oscuro desde este ángulo, él desciende ataviado por mi cuello, succiona, lame y marca con los dientes toda la zona antes de prenderse a uno de mis pezones.
Chillo porque es demasiado intenso, es brusco, es doloroso e impredecible.
—Haré que me recuerdes, joder —bufa mientras me hace un chupetón.
Grito y él me agarra ambas muñecas con fuerza, tira de mí, apenas puedo resistirme y lo veo todo oscuro al cerrar los ojos e intentar reunir más fuerza, pero él me puede sin esfuerzo, me obliga a ponerme en pie, me eleva los brazos por encima de la cabeza y, con la mano que tiene libre, me da una palmada sobre los pechos desnudos antes de volver a acomodarse la máscara en su lugar sin permitirme ver su cara.
Tiene lógica, ¿qué criminal a punto de cometer un delito quiere dejar pruebas para que lo reconozcan?
—Por favor —lloriqueo—, tengo novio. No es así como quiero que pase esto…
Recibo un gruñido atemorizante cargado de desprecio, e identifico una ira diabólica que se apodera de sus movimientos, estampa mi espalda contra la pared y cuela su mano gigantesca en el interior de mis bragas.
—No, ¡¿qué haces?!
Mi cuerpo se arquea por sí solo cuando inicia un movimiento circular e infame en contra de mí clítoris y grito debido a la electricidad repentina.
—¡Para ya! —gimoteo mientras lucho por neutralizar la lluvia de sensaciones que ahora me invade.
—Eso de que tienes novio —gruñe—, es pasado, porque, como me entere de que has hablado con él solo una vez más, encontraré a ese hijo de puta, le daré caza, lo mataré muy despacio y lo enterraré con mis propias manos mientras te obligo a mirarlo.
¡¿Qué?!
Eso es enfermizo, es… Oh, Dios.
No sé cómo resistirme a lo que me hace sentir, aunque lo odio. Es la primera vez que alguien me toca ahí. Nunca me he tocado a mí misma y no entiendo si lo que noto es correcto, o si puedo evitar sentirlo de alguna manera.
He hablado con las chicas sobre la masturbación tropecientas veces, o, más bien, las he escuchado hablar mientras me lo recomendaban y me daban la brasa con lo que experimentaría, pero yo nunca…
nunca he sido capaz de llevarlo a cabo y ahora mismo me arrepiento.
Quizá si conociera la sensación, si tuviera un mejor control sobre mi cuerpo ¿sería capaz de detenerla?
Soy demasiado vergonzosa para tocarme y, sin embargo, aquí estoy, conteniendo la respiración y apretando las piernas para lidiar con una sensación que me invade todo el cuerpo y me llena de tal forma que me noto a punto de estallar, a punto de partirme en dos mientras un hijo de puta mueve los dedos entre mi raja húmeda sin ningún tipo de clemencia.
Húmeda, ¿en qué momento yo…?
—Por favor —suplico y se me agranda la mirada al sentir que introduce un dedo en mi interior y lo curva dentro. Niego con una súplica silenciosa—. Por favor, para, ¿qué haces?
—Comprobar si decías la verdad sobre tu virginidad. Ese novio tuyo acaba de obtener su derecho a la vida.
Parece tan molesto, pero, aún así, me saca los dedos, me envuelve con su cuerpo y me los frota sobre el clítoris con mayor suavidad.
No, joder.
No sé si lo que siento es la respuesta biológica a la estimulación que él ejerce o si mi cerebro se ha vuelto majareta, pero apoyo la frente en su hombro, se me ponen los ojos en blanco, ahogo un jadeo y, cuando la palma de su mano me amasa un pezón yo… me deshago.