Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO #2
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CAPÍTULO #2

Me fijo en su piel y decido que el tamaño de sus bíceps debería ser ilegal. También me fijo de forma meticulosa en los trazos de sus tatuajes, intento memorizarlos, capturar todos los detalles. La mayoría son de temática pirata.

No sé por qué lo hago, pero entiendo que mi cerebro se centra en ello para no lidiar con el hecho de mirarlo a la cara.

Él da un paso adelante y mi corazón pega un salto.

Se acabó el tiempo de gracia y creo que voy a sufrir un ataque cardíaco. Algo se me quiebra dentro cuando caigo en la cuenta de que no tengo ninguna posibilidad de escapar, luchar o salir airosa delante de esta persona.

Él parece demasiado rudo, sádico, amenazante y letal. Además, lleva una máscara aterradora y me provoca mucho más miedo del que me daban los otros dos tíos juntos.

—No deberías estar aquí —digo y me siento patética.

«Como si eso le importara, Zoey», se burla de mí la voz en mi cabeza. «Nadie se pone una puta máscara como esa para salir a hacer amigos con el dorso al aire en el puto pleno diciembre».

—Seguro que enseguida vienen los de seguridad para arreglar el corte de luz…

Ni siquiera estoy segura de si lo que digo tiene sentido y por eso distingo a la perfección la inseguridad en mis palabras.

El brillo rojo neón de su máscara es espeluznante, pero lo son mucho más los detalles perversos y rebuscados que adornan ese maldito trozo de plástico negro que le cubre del todo el rostro ladeado.

Mi cerebro cortocircuita, el miedo que lo apabulla es tanto que lo noto incluso en la piel, se me eriza y, aunque no me veo ni con la más mínima posibilidad de ganar esta batalla, me digo a mí misma que, los grandes cambios, inician con actos pequeños.

No soy testaruda como Briella, osada como Martina, ni enérgica como Taylor, soy de las que tienen miedo, miedo de verdad, pero también tengo claro que, en momentos como este, soy de las que luchan por su vida.

—Socorro —musito despacio entre sollozos mientras busco un tono de voz más alto—.

¡Socorro! —grito varias veces y con todas mis fuerzas mientras me lanzo a correr en dirección a la puerta, la misma que bloquea el desconocido y que sé no tengo la más mínima posibilidad de alcanzar—. ¡No! ¡No me toques!

Reculo cuando intenta agarrarme y, por un segundo creo que tengo una oportunidad de escabullirme bajo su brazo y conseguir huir, pero toda esa esperanza desaparece, él me sujeta con tanta fuerza el pelo que mis pies abandonan el suelo, mi cuerpo se ladea, mi espalda recae apoyada sobre su pecho y él me envuelve la cintura con un brazo tosco que me aprisiona como una cárcel.

Tiemblo de arriba a abajo. Sollozo y carraspeo mientras su olor a sándalo viola mis fosas nasales. El plástico de su máscara está a centímetros de mi rostro y es tan aterrador que, durante un instante, creo que soy capaz de orinarme encima.

Extiendo las manos hacia atrás y le empujo el pecho tan fuerte que me hago daño en las uñas y en los dedos.

No tengo ninguna posibilidad ante una bestia de esta magnitud, me hace muchísimo daño en el pelo y eso que siento que apenas aprieta con una pequeña parte de su fuerza.

—No te asustes, tesoro. —El timbre ronco de su voz grave me hace estremecer y me paraliza de tal manera que dejo de luchar y busco su mirada—. Soy yo, soy tu pirata.

¿Mi pirata? ¿Tesoro?

—No puedo creer que, después de haberte buscado tanto, seas tú la que me encuentre.

¿Qué hice qué?

—¡Quítame las manos de encima! —grito con mayor fuerza y noto cómo se tensa su agarre.

El contraste de la luz rojo neón y las sombras, el parpadeo de las luces de emergencia, la fuerza con la que late mi corazón y el dolor en mi cabello, todo en esta situación, todo me hace sentir que estoy en el infierno.

—Te he buscado muchísimo —musita con voz grave, y me da la sensación de que está enfadado—. Zoey —recita mientras me deja despacio sobre el suelo y desprende la mano de mi cráneo.

No me lo pienso dos veces, vuelvo a gritar con todas mis fuerzas e intento correr, pero esta vez, está mucho más preparado para atraparme.

Me envuelve la cintura con un brazo y tira de mí hasta que me levanta en volandas y mi espalda acaba, de nuevo, contra su pecho.

Chillo y lanzo patadas, le araño la piel del brazo mientras grito y lloriqueo con todo lo que tengo.

Entonces, una mano áspera, enorme, callosa y apabullante me silencia sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Me cubre la mitad de la cara, apenas me permite respirar y creo que es muy capaz de destrozarme si eso es lo que se propone.

Podría apretarme la mandíbula hasta aplastarla, podría estampar mi rostro contra la pared, podría hacer un montón de cosas para hacerme el peor de los daños, pero solo hunde su rostro enmascarado en la curva de mi cuello e inhala mi aroma de una forma tan invasiva que no me deja un ápice de control.

Debería sentir muchísima repulsión ahora mismo.

—Deja de actuar como si quisieras huir de mí o pensaré que es lo que quieres —gruñe molesto y se me escapan varios sollozos de desesperación—. Mírate, princesa, joder, has crecido muchísimo. Ni siquiera te imaginas lo mucho que me alegro de verte.

¿Que se alegra de verme?

¿Se burla de mí?

—Te quitaré la mano de la boca, pero deja de gritar como una desquiciada, Zof, soy tu pirata.

—¡No eres ningún pirata! —grito en cuanto su mano me lo permite—. Suéltame de una vez, ¡me das asco!

Noto como su agarre sobre mi cintura se tensa todavía más, se vuelve rígido, doloroso. Su respiración cambia, se hace menos profunda, más superficial y, por tanto, su pecho mece mi cuerpo de forma más acelerada.

—Ni siquiera te conozco, por favor, déjame ir…

El gruñido que emite es ensordecedor, y las acciones que lleva a cabo a continuación, impredecibles.

El brazo con el que me cubría la boca se mueve por mi cuerpo de forma despiadada, indecorosa.

Es una caricia casi infantil, pero, a la vez, obscena, indecente y mal intencionada.

Ni siquiera sé lo que pretende. Me recorre cada tramo del cuerpo con intensidad, como si necesitara percatarse de que soy de carne y hueso.

Lloriqueo en consecuencia y eso no le gusta, lo noto en el movimiento de su pecho y el sonido de su respiración agitada.

—¿Qué te deje ir? ¿Tienes idea de lo mucho que te he buscado? He pensado en tu paradero cada maldito segundo de cada maldito día de cada maldito mes de cada maldito año.

—No es verdad, no te conozco, déjame ya. ¡Socorro!

Otro gruñido sordo me perfora el tímpano antes de que lance mi cuerpo, literalmente.

No tengo control sobre nada y aterrizo con el culo sobre la encimera del baño y la espalda y la nuca contra el espejo.

Chillo de puro dolor, pero antes de que pueda reaccionar o llevarme la mano a la parte trasera de la cabeza para comprobar si sangro, alguien toca la puerta.

El desconocido se abalanza sobre mí, se mete entre mis piernas, me cubre la boca con la mano, me mira directa a los ojos y me chista.

Puedo ver la severidad de su orden a través de las rendijas de esa máscara y, aunque el reflejo de las luces rojo neón y la crueldad de la pesadilla en la que vivo ya me hacen sentir en el infierno, me lo confirma mucho más ver mis lagrimas reflejadas en ese iris de color wiskey.

Esos ojos. Casi juraría que ya los he visto antes.

—Oh, venga ya, joder, id a follar a otra parte —ruge la persona tras la puerta antes de darle una patada y… alejarse.

¡No! No, por favor no te vayas, ¡vuelve!

No soy lo suficientemente fuerte como para luchar contra esta bestia, me hará mucho más daño si alguien no me ayuda.

—Suéltame, por favor. —Lloriqueo cuando desliza la mano de mi boca despacio, pero la deja muy cerca—. Déjame en paz, no me hagas esto...

Entonces noto que algo se mueve entre mis piernas y mi mundo se cae en pedazos mientras identifico el grosor de su erección que presiona contra mi sexo.

¿Él está… está empalmado?

Me remuevo con toda la fuerza que soy capaz de encontrar y lloro mientras intento cerrar las piernas-. Él se resiste y, en lugar de alejarse o detenerse, contonea las caderas y presiona un poco más fuerte, como si me estuviera follando en seco, pero con una calma casi maníaca.

—¡No hagas eso! No, por favor, para.

La bestia enfurece, me agarra con mayor fuerza del cabello y ladea el rostro enmascarado a centímetros de mi cara. Su presión es extrema, tanto que temo que me arranque el pelo de cuajo. Se me escapa un grito de dolor y él pega su pecho al mío.

—¿Qué pasaría si te follo aquí y ahora mientras te recuerdo quien soy, tesoro?

¿Follarme?

—No, por favor, soy virgen. Si lo haces así, me harás muchísimo daño. Me destrozarás la vida.

Parpadea, relaja un poco la presión y me habla al oído.

—Has dicho que no me conoces, tesoro —replica como si eso le doliera—. Pero yo conozco cada detalle de ti, Zoey, no he podido olvidar ni siquiera el más insignificante.

—No sé quién eres, de verdad, por favor, lo juro.

—¿Estás segura de que no sabes quien soy, tesoro? —gruñe molesto y asiento todo lo que soy capaz, desesperada—. Entonces te lo recordaré. Soy la vida que finges haber olvidado. Soy el accidente en el que murieron tus padres, el orfanato, las playas de Florida.

Pierdo la respiración mientras mi cerebro procesa esas palabras, ¿cómo sabe todo eso? ¿Cómo? ¡¿Quién es?!

Antes de ser adoptada vivía en Miami, mis padres biológicos murieron en un accidente de coche una madrugada de tormenta y pasé cinco años de mi vida en un orfanato.

—Por favor, creo me confundes con otra persona. —Lloriqueo, aunque ya ni siquiera estoy segura de mis propias palabras. Sus ojos, a través de la rendija de la máscara, triplican su tamaño.

—¡¿Que te confundo con otra persona?! —grita con indignación. Me suelta el cabello e intento erguirme, pero me agazapo al instante y grito cuando se saca un cuchillo del bolsillo y lo blande delante de mi pecho.

—¡No! Por favor…