Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

La vida es, a pesar de todo, casi maravillosa.

Vincent Van Gogh

Intento darme ánimos mientras me miro al espejo, pero soy incapaz de controlar la forma en la que me tiemblan las piernas.

Esos tíos me asustaron mucho, muchísimo, en realidad, y no puedo pensar en hacer el camino de vuelta sin visualizarlos agazapados y esperando por mí.

Sé que van a volver a aparecer de la nada, me bloquearán el paso y, esta vez, no me dejarán escapar. Solo lo sé, mi cerebro me lo dice.

—No puedo salir ahí fuera sola —sollozo y me doy un par de palmadas en la cabeza—. Tengo que molestar a Briella, como siempre, porque para lo único que existo es para ser un puto estorbo en la vida de los demás.

Cierro los ojos con fuerza y flashbacks carroñeros se aprovechan de mi debilidad.

Esta vez no veo las mismas secuencias irreconocibles que siempre me atormentan, sino la imagen de ese jugador endemoniado, él se ha hecho dueño de mi mente y no entiendo por qué me afecta de esta manera.

Su imagen no pasa mucho tiempo sola, enseguida acuden a su lado esas molestas, dolorosas e inconexas visiones cargadas de recuerdos que no poseo, esas que siempre encuentran la manera de arruinar mi paz: el accidente de coche.

Los dos niños corriendo en un muelle, él tiene el cabello oscuro y un parche de pirata; y ella rubio, le vuela al viento, corre a toda velocidad y se adelanta, no escucha que el niño la llama, desesperado, que le pide que pare.

Y luego el agua, muchísima agua, y una mancha de sangre que lo tiñe todo de rojo.

Por último, llega el dolor, intenso, lo siento en la parte derecha de la cabeza y en la parte baja del abdomen, como si formase parte de la realidad en lugar de, únicamente, el galimatías de un recuerdo.

Siempre es la misma escena, la misma secuencia, un golpe fuerte en la cabeza, y luego… nada.

Nada.

Odio cada vez que paso por esto, y odio mucho más aún saber que nunca lograré dominarlo.

Nunca podré recordar, y es una tortura revivir a trozos un pasado del que no tengo ni idea.

No sé por qué esos fragmentos están ahí, qué significan o si son reales.

Es una barbarie que me provoco a mí misma porque tengo miedo, mi yo de nueve años también lo tuvo y, por eso, eliminó todo su pasado y decidió iniciar de cero.

Pero tengo que luchar con todas mis fuerzas, lograr dominarlo, no permitir que me paralice.

No sé por qué, pero siempre recuerdo esa frase dicha por la voz infantil de un niño, y es como un mantra, uno que me ayuda a recordar que el miedo no se rehúye, sino que se domina.

Escucho risas y jaleo proveniente del baño de chicos y me tenso de inmediato, me tiento el bolsillo trasero y acuno el móvil en la mano mientras lucho con mi propia vergüenza y mi necesidad de llamar a Briella.

Hoy no he podido conseguir no recurrir a ella, pero lo he intentado, he luchado para ser más independiente y conseguir dejarla en paz, y eso ya es un avance.

Todo es culpa de esos chicos. Odio a los hombres como ellos y lo idiotas que son.

La mayor parte son imbéciles, y sí, eso lo he aprendido a lo largo de los años sin necesidad de lidiar con ninguno dentro de una relación. Solo hay que fijarse en lo que le pasó a Martina con el chico que creía su amigo de toda la vida y, con el que, por esa misma razón, aceptó fingir una relación.

Los chicos y sus estupideces siempre serán otra de las cosas a las que prefiero no enfrentarme, y para la que siempre encuentro refugio en mis amigas, porque, con solo una mirada, saben cuando quitármelos de encima.

Las risas en la estancia de al lado se convierten en gritos y los escucho a la perfección a pesar de que me cubro los oídos con las manos.

Noto cómo se me acelera el pulso y lo veo todo borroso, apenas puedo respirar, escucho un zumbido molesto en los oídos y, cuando dejo caer las manos, los gritos vuelven a ser risas, pero de una voz infantil.

Veo a la niña y el niño de siempre, giran agarrados de la mano delante de la playa, él llena una botella con arena y conchas para ella.

La niña lleva una corona en la cabeza y creo que soy yo, mientras que él, con su cabello oscuro y sus preciosos ojos color whiskey , hace una mueca de desprecio mientras lleva un parche de pirata… Ojalá pudiera recordar su identidad, su nombre, algo.

Abro el grifo, me lavo la cara para lograr disipar el calor y el agobio mientras que, a la vez, inhalo grandes bocanadas de aire para regular la respiración.

Nunca funciona para ayudarme a mejorar y esta vez no es la excepción porque, al elevar la vista y mirar mi reflejo, una imagen que no debería estar ahí llena del todo mi cabeza.

Para mi sorpresa, no es la de ese niño al que me muero por recordar, ojalá lo fuera, porque él siempre me tranquiliza, es la de ese horrible jugador, el número veintiocho.

—Pero ¡¿qué demonios me pasa?!

La violencia es uno de mis desencadenantes, y es el que me provoca las peores crisis, pero nunca había tenido una tan fuerte como esta.

—Tienes que calmarte, Zoey. —Me digo mientras agacho la mirada, me coloco una mano sobre el pecho y me centro en la forma en la que cae el agua del grifo, su constancia, su volumen, su sonido—.

Estás en un lugar seguro, haces todo lo posible para lidiar con esto sola, te esfuerzas, justo como dijo el terapeuta, ¿recuerdas?

Ni Briella ni Martina son una pelota antiestrés siempre a mi disposición, son personas, mis amigas y se merecen disfrutar del partido, tener una vida.

Cierro el grifo y levanto la mirada, pero no es mi reflejo el que encuentro, sino una versión mía mucho más pequeña, casi irreconocible.

Ella se encuentra mojada, ensangrentada y llora desesperada en busca de ayuda.

La imagen sustituye la mía por apenas un segundo, pero es una visión tan cruda que se me escapa un sollozo, mi cuerpo salta y retrocede de forma instintiva, se me resbala el móvil de la mano, pero no pienso en recuperarlo, sino que clavo la mirada en mis pies, reticente a volver a mirar el espejo y desatar de nuevo el horror.

—No, no, no, no, no, no, no…

¿Qué me sucede?

Respiro profundo y, una vez creo que puedo dar un paso sin caerme de bruces, me giro en dirección a la puerta dispuesta a huir de mi propia mente, que es mucho más aterradora que los posibles matones que me puedan esperar fuera.

Un paso. Eso es lo único que doy antes de que las luces del baño desaparezcan y se quede por completo a oscuras.

Me paralizo de inmediato, miro a mi alrededor y compruebo que no puedo ver nada. Las luces de emergencia repiquetean antes de parpadear, cobran vida, y oscilan a mi alrededor como si de una sala del terror se tratara.

Lucho por lograr respirar, pero es de lo más complicado cuando sientes como se te restringe la faringe. El dolor en el pecho se vuelve pesaroso, me cuesta una barbaridad elevarlo, y los pulmones me arden, reclaman poder ensancharse.

Estoy sola, o al menos eso creo, porque, a pesar de ello, me siento observada.

—Vamos, Zoey, tienes que salir de aquí. Tienes que ser más fuerte que el miedo, dominarlo…

Me froto los ojos, nerviosa, y me obligo a dar el primer paso en dirección a la puerta.

De nuevo, solo soy capaz de dar uno, porque, al mismo tiempo, resuena uno mucho más fuerte proveniente de la entrada.

Me atemorizo mucho más al pensar que, sea quien sea el dueño de ese paso, me ha bloqueado la salida.

—¿Hola? —farfullo con pánico, aunque, en realidad, no quiero obtener una respuesta.

El baño es muy grande, pero iluminado solo con las luces oscilantes de emergencia y bajo la amenaza de ser una fortaleza sin salida, tiene un aire aterrador que me pone la piel de gallina.

—Yo… —Lloriqueo y me obligo a aclararme la garganta.

¿Quién mierdas me va a tomar en serio con esta voz de pusilánime asustadiza que se me corta en cada respiro?

—. Siento mucho si te he asustado con mi numerito, no soy una pirada, lo prometo —intento parecer un poco bromista—, solo tengo un día raro.

—No obtengo respuesta alguna y eso me provoca mayor ansiedad—. Ya… ya me iba…

Hablo a la nada, pero estoy segura de que hay alguien, le he escuchado entrar, incluso diría que he oído como ponía el pestillo.

Agradezco solo un par de segundos que no quiera mostrarse y decido ser un poco más valiente.

Doy un par de pasos adelante y, entonces, la figura alta, ancha e imponente de una bestia con el dorso descubierto aparece de la nada y me bloquea el camino de escape.

Se me seca la boca, doy un paso atrás por puro instinto y noto la forma en la que mi corazón, desbocado, se salta unos cuantos latidos antes de volver a galopar a un ritmo del todo insano.

¡No!

El desconocido separa las piernas ante mí, aprieta los puños y adopta una actitud desafiante.

Mis ojos descienden por su pecho, ya que me niego a mirarlo directo a esa horrible máscara y, aunque deberían hacerlo de forma rápida y centrarse en sus zapatos, puesto que es lo que siempre hago cuando estoy demasiado nerviosa, no lo hacen, se detienen en cada detalle de ese torso dorado, como si disfrutaran de las vistas.

Me convenzo a mí misma de que solo se trata de un mecanismo de defensa para reunir información sobre la persona que me intimida, para saber si logro reconocerla o, en el peor de los casos, si podré hacerlo después de que me destroce por completo la vida.

Nadie con buenas intenciones encierra a una chica en el baño de mujeres mientras lleva el torso desnudo salpicado de sangre y una máscara roja con luces de neón le oculta el rostro.

Espera… ¿qué?

Creí que lo había imaginado, pero ¿por qué demonios lleva una máscara?

Es el momento exacto en el que mi cuerpo decide temblar sin control.

Se me escapan los sollozos y las lágrimas.