Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loco por ti, ¿qué me dejas a mí, tesoro, que soy un desquiciado?

Sujeto a uno de los dos hijos de puta por el cuello, y al otro, que aún le mira el culo a Zoey, lo agarro por la nuca. Son fuertes y algo corpulentos, pero no tienen ninguna posibilidad ante mí mientras me encuentro en este estado y tiro de mi puta fuerza bruta.

—Oye, ¡¿qué coño?! —Antes de que se revuelva y luche por escapar, le estrello la frente contra la pared al que sujetaba por la nuca, lo suelto solo un par de segundos y tecleo los cuatro dígitos comunes que abren todas las puertas del jodido estadio.

—Eh, tío, para —murmura asustado el que sujeto del cuello y me llevo el dedo a los labios de la máscara para advertirle que no diga ni media palabra. Lo primero que hice al reincorporarme al partido fue hacer que me expulsaran, correr a por la máscara y seguir a Zoey.

La puerta oculta de mantenimiento se abre ante mí con un pequeño pitido, agarro al imbécil semiinconsciente por el cabello y lo arrastro dentro mientras el otro cede de forma obediente, completamente horrorizado.

—Oye, lo sentimos —farfulla el que agarraba del cuello cuando los estampo a ambos contra las encimeras cargadas de productos químicos—. ¿Era tu hermana? Sentimos haberla ofendido, solo…

Decido que este hijo de puta habla demasiado, me irrita y está demasiado consciente para mi jodido gusto.

Le doy un puñetazo con todas mis fuerzas en la mandíbula, le ladeo la cara del golpe y su boca, demasiado cerca de mi puño como para atreverse a emitir sonido, enseguida empieza a sangrar.

Algo dentro de mí se despierta cuando veo sus labios manchados de rojo, cuando lo escucho jadear de dolor, o escupir sus propios dientes.

Es una bestia a la que prefiero mantener dormida, pero que, cuando despierta, me fascina dejar disfrutar.

Le propino, exactamente, cinco puñetazos, ¿o son diez? Puede que no recuerde cómo contar cuando es la bestia la que asume el control.

—Eh, por favor, para —lloriquea el otro atontao desde el suelo, sigue en la misma posición en que lo dejé al entrar, aturdido como un pajarillo, y eso que solo le di un golpecito en la cabeza. Ni siquiera sangra joder, tengo que ponerle remedio.

No giro el cuerpo, pero si la trayectoria de la descarga de mi puño, acaba en su costado y el muy cabrón berrea como lo que es, un jodido cerdo miedica.

Lo agarro del cabello y tiro de él hasta que su cuello se arquea de forma peligrosa, llora mientras boquea como un pez fuera del agua en un intento patético por aplacar el dolor.

—¿Estás triste ahora?

El muy imbécil frunce el ceño como si no entendiera nada, pero puedo ver el pánico reflejado en sus ojos, así como el rojo de las luces de mi máscara.

—No pienso volver a preguntar, hijo de puta…

—Sí —berrea—, nos avergonzamos de lo que hicimos. Por favor, déjanos marchar.

—Claro que lo haré, no soy un asesino, ¿o sí?

Mierda, puede que esté tan loco que no me acuerde de ese estúpido detalle.

—Río y lo hago de verdad, porque sí que lo recuerdo, soy un asesino, justo como el resto de mis amigos—.

Escucha, para que veas que soy un tío majo, te daré la solución a tu problema de tristeza para que podamos irnos los tres de aquí cuanto antes.

—Tiro con tanta fuerza de su cabello que creo que se le va a despegar del cráneo y sus ojos se alargan mientras posiciono la rodilla sobre su columna vertebral—.

¿No quieres escuchar cuál es esa solución?

—Sí —dice en voz baja en mitad de los lloriqueos.

—No te he escuchado —miento y presiono con más fuerza su espalda.

—Sí, he dicho que sí. ¿Cuál es esa solución?

—Oh, es muy sencilla.  —Lo suelto de golpe y el tío es tan patético que se cae hacia delante sobre las piernas de su amigo, que yace en el suelo sangrando y en un estado de semiinconsciencia—. Por suerte para ti, tu amigo aquí presente, tiene un rabo extralargo de apoyo emocional.

Doy pasos atrás hasta que mi espalda se pega a la puerta, me saco el móvil del bolsillo y me pongo a grabar la escena.

—Bájale los pantalones y chúpale la polla —ordeno—.

Déjame ver como el rabo extralargo del moribundo de tu amigo te consuela, tío, y hazlo deprisa, o al muy imbécil le dará por ahogarse en su propia sangre y palmarla con la polla dura.

¿Sabes lo difícil que será meterlo en un ataúd con semejante percance?

¿O lo incómodo que será para su familia?

Me saco una navaja del bolsillo con la mano que no sostengo el móvil y le doy vueltas delante de él. Disfruto de una manera muy poco sana la forma en la que sus ojos se agrandan, cargados de terror.

—Por no hablar de lo complicado que será para ti explicarle a la policía que le hacías una mamada a tu amigo mientras se moría.

—Tío, por favor…

—Te he dicho antes que no soy de los que repiten las cosas dos veces —le recuerdo—. Tienes la posibilidad de salvarle la vida si haces un trabajo rápido, ya sabes, justo como el que le sugeriste a esa chica que le hiciera.

—Vale, lo pillo, fuimos unos capullos…

—Tres… dos…

—¡Vale, vale, joder! Lo haré, lo haré, tranquilo.

Con manos temblorosas, desabrocha el vaquero de su amigo y lo baja junto al calzoncillo hasta un cuarto de sus muslos. El otro balbucea y mueve la cabeza de un lado a otro, dolorido y afectado.

—No sé que mierdas tengo que hacer, joder —se queja el muy llorica.

—Oh, venga ya, tío, claro que lo sabes. Solo tienes que imaginar que eres esa chica rubia, esa a la que molestasteis.

—No sabíamos que era tu chica…

Abro la navaja, apunto a su mano y la lanzo con fuerza. El tío berrea palabrotas e incoherencias cuando se le hunde bastante profundo.

—Devuélvemela —le ordeno y él me fulmina con la mirada.

—¡Me has apuñalado la mano! ¡Hijo de puta!

—Te cortaré la puta polla de cuajo como no te metas en la boca ahora mismo el falo de tu puto amigo y aprendas a respetar a todas las mujeres en general sin importar de quien cojones sean la chica.

—¡Que te jodan!

—Oh, también puedo hacer eso —confirmo mientras me acerco y recupero la navaja. El muy hijo de puta grita como un neandertal—. Puedo despertarlo a hostias y hacer que te la meta, seguro que él no tendría la compasión de dejarse apuñalar con tal de defenderte.

—No, joder, no. Lo haré, lo haré.

Se presiona la mano ensangrentada contra el costado como un mierdas llorica, la otra le tiembla, pero consigue empuñar la polla de su amigo y, un par de arcadas después, se la mete completa en la boca.

Tiene un ataque de llanto patético, llora, tiembla y babea mientras el otro intenta sostener la cabeza erguida, pero no logra conseguirlo.

—Eso es, joder. Haz que el rabo extralargo de apoyo emocional de tu amigo se ponga del todo duro y trágatelo hasta el final para que te consuele, pedazo de hijo de puta. ¡Más rápido! ¡Más profundo! Hasta la puta coronilla.

Veinte minutos después, el moribundo se corre en su boca y el muy hijo de puta se traga hasta la última gota mientras lo grabo en vídeo y no pierdo detalle.

—Esto no ha pasado. No nos hemos visto y no vais a volver a siquiera o respirar cerca del espacio de esa o ninguna otra chica sin que ella lo suplique antes. ¿Queda claro?

Ambos asienten con los ojos cargados de lágrimas.

—Si habláis de mí, me enteraré, os encontraré y juro que no os daré una oportunidad más de ver la puta luz del día.

Salgo del pequeño cuarto y me acomodo la máscara, me guardo el móvil en el bolsillo del pantalón antes de quitarme y tirar en una de las papeleras mi camiseta ensangrentada.

Que les den a esos hijos de puta, o a todo el que me mira de reojo solo porque llevo una máscara puesta, troto en dirección al baño de mujeres a toda prisa y con el corazón encogido.

Creí que podría ser más rápido, pero esos hijos de puta me han supuesto más tiempo del esperado.

Como haya perdido de nuevo mi tesoro por su culpa pienso volver a ese cuarto de mierda y hacer que se arranquen la polla a mordiscos el uno al otro, joder.