Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO
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CAPÍTULO

¿Cómo saber si mi pasado es mi ancla si no lo recuerdo?

Mientras me alejo del bullicio y camino por pasillos azules infinitos del estadio en busca del baño más cercano, noto los atisbos de la ansiedad que aún hacen estragos en mi mente.

Los identifico a la perfección, siempre están ahí, agazapados y a la espera de la primera oportunidad para manifestarse.

Normalmente, lo primero que escucho son las voces, esas que susurran en el interior de mis oídos y van en escala, me dicen cosas como que no debería estar sola ni un solo segundo, o que mi mente es un desastre, que soy una persona débil, que no soporto la idea de que mis mejores amigas se den cuenta de lo prescindible que soy y me abandonen.

Tengo que detenerme un segundo, me sostengo en la barandilla de la pared y respiro profundo, como me enseñó mi terapeuta: detenerse, hacer contacto seguro con tu entorno, respirar y recuperar la calma.

El miedo a que Martina y Briella se alejen de mí es mi mayor temor, siempre está ahí, nunca desaparece, pero no solo ese, en general, soy un recipiente repleto de miedos camuflados de pensamientos autodestructivos, de taquicardias, de sudores fríos y de nudos en el pecho imposibles de disipar.

Terrores que caminan junto a mí desde que tengo nueve años, y con los que, por primera vez en mi vida, estoy dispuesta a luchar solo por el bienestar de mis amigas.

«Los grandes cambios se inician por actos pequeños», me recuerdo.

Esas fueron las palabras que dijo el terapeuta después de aconsejarme que, por el bien de las tres, debía plantar cara y encontrar una solución paulatina a la gran dependencia emocional y el apego ansioso que sufro hacia mis amigas, y que a ellas les pasa mucha factura.

Quiero no tener miedo, lo juro, quiero poder ser más independiente y no sufrir ataques de pánico o alucinaciones cada vez que me encuentro a solas.

Soy la primera que desea mejorar, pero ¿cómo podría hacerlo?

¿Cómo se puede luchar en contra de un monstruo invisible que vive en el interior de tu cabeza desde que tienes nueve años?

Desde que, una mañana gris y lluviosa, despertaste en la cama de un hospital sin ningún recuerdo, sin siquiera reconocer el nombre por el que todos te llaman, pero sintiendo que te faltaba algo, algo demasiado importante, algo que lo era todo, en realidad.

Con un vacío tan profundo en el alma que ni siquiera hoy en día has sido capaz de llenar, y ese es el vacío del que se aprovechan los miedos, por el que se cuelan y me obligan a ver cosas que no existen.

Es imposible.

Y, sin embargo, parte de ese vacío se llenó el verano en que mis padres adoptivos me presentaron a la pareja de vecinos, vinieron acompañados por una niña de mi edad, y ella caminó hasta mí con desparpajo, me sonrió con una seguridad cegadora, me agarró de la mano y me arrastró por mi propia casa para que le mostrara mi habitación.

Ella guio el camino, abrió cinco puertas antes de que yo pudiera siquiera hablar y dijo cosas graciosas sobre las decoraciones en todas ellas, mientras meneaba al viento su cabello rizado.

Martina fue mi salvavidas cuando sentía que me ahogaba, fue el espejo en el que quería mirarme.

Me reflejé en sus ojos verde azulados, me contagié de su cálida sonrisa y no quise alejarme nunca más de su energía.

Ella me salvó, y luego sentí que ese salvavidas se transformaba en una barca cuando, al día siguiente, vino a casa para jugar sin que yo me hubiera atrevido a invitarla y trajo consigo a su mejor amiga, Briella. Ambas me hicieron sentir tan feliz, tan incluida, protegida, y… normal.

Mis amigas son una parte esencial de mi vida, y las amo como a nada, pero sé que, a veces, soy el mayor de los lastres para ellas.

Lo he intuido siempre, pero lo vi con mayor claridad hace un par de meses; cuando Martina se fue de Boston escuché una conversación que me rompió un poco más por dentro: el chico con el que Brie salía de forma intermitente la desechó por completo solo porque no quiso dejarme sola y asistir a una cena.

Yo no le pedí que se quedara, nunca lo habría hecho, pero fue culpa mía que lo hiciera.

Para nadie es un secreto que no se me da bien gestionar mis emociones y me encontraba demasiado triste, dolida, frustrada y rota por el hecho de que la chica que era como mi hermana tuviera que huir de su casa porque sus padres la dañaron y porque Preston, a quien conocíamos de toda la vida, intentara abusar de ella con el consentimiento de los padres de ambos.

También estaba lo del daño causado a su hermana y las lágrimas que eso provocó en Martina, y no era mi dolor, no lo era, pero, aún así, lo sentí como tal, y fue demasiado difícil de digerir.

Hice mía su pena, como hago con la de todas las personas que me importan de verdad.

Pinté tres cuadros encerrada en el estudio sin apenas comer o ver la luz del día mientras lloraba por su ausencia y, aunque no pedí a Briella que se quedara, porque nunca lo hago, siempre sé que es demasiado protectora como para abandonarme a mi suerte.

Ella pensaba que iba a morir de deshidratación o inanición si no me vigilaba cada segundo del día, y yo no hice esfuerzo ninguno en hacerle creer lo contrario.

Me eligió y, aunque la amo por ello y sé que es la persona más noble del mundo, me rompió escuchar, escondida detrás de una puerta, como se mordía el labio para no llorar mientras él, desde el altavoz del móvil, se lo echaba en cara y le decía que estaba harto de su protección enfermiza, que no era mi madre, y que, por tanto, no debía comportarse como tal.

Eso me hizo caer en la cuenta de que es la tercera relación poco formal que Brie pierde por mi culpa, por elegir estar conmigo y acompañarme en mi caos emocional, pero es la primera por la que la vi sentirlo de verdad.

Y, aún así, dejó su dolor a un lado, cogió un Aquarius de limón del frigorífico y entró en el estudio con él y un bol de palomitas de maíz para obligarme a que me alimentara.

No puedo hacerle eso a mi mejor amiga.

Nunca más.

Le agradezco con mi vida, la amo con locura y no sé que haría si no la tuviera, pero mi terapeuta dice que parte de demostrar ese amor, lealtad y agradecimiento es aprender a ser un poco menos dependiente para que ella también viva.

Da miedo pensar en ella sin mí, y no es que me apetezca la idea en absoluto, pero quiero lo mejor para Briella, lo mejor para Martina, y cuidar de mí, como se cuida de un cachorro triste y abandonado, no es, ni de lejos, lo mejor para ellas.

—No me va a pasar nada por ir sola al baño, aunque no conozca este lugar de nada y esté lleno de tíos imbéciles rebosantes de testosterona —me digo en voz baja.

—¡Boo! —grita un idiota de cabello rubio justo delante de mi cara. Ahogo un grito, me llevo la mano al pecho y lo sorteo con toda la rapidez que soy capaz.

—¿Dónde vas tan de prisa, preciosa? —Me asalta otro tío similar y me corta el paso mientras el otro me acorrala por la espalda—.

¿Necesitas compañía? —Ladea la cabeza—. Mi amigo no ha querido asustarte, pero te ha visto algo triste y ha pensado: «anda, pero si tengo aquí un rabo extra largo de acompañamiento emocional ideal para ayudar a esta chica triste y solitaria» —se burla mientras el otro roza su erección en mi trasero y me baña con su asqueroso aliento a cerveza.

Pego un respingo cargado de repulsión y noto las arcadas, pero no me detengo a mirarlos, pensarlo dos veces o darles conversación.

Veo la brecha entre sus cuerpos antes de que se cierre del todo, y me escabullo por y escapo por ella a toda velocidad.

Continúo mi camino y no me detengo hasta estar dentro del baño de chicas.

—Eh, tío, ¡¿qué coño haces?! —Es lo último que escucho y luego creo distinguir gritos masculinos, pero no estoy segura de si son reales, de si están ahí de verdad o si son otra jugada de mi cabeza defectuosa después de vivir un momento traumático.

No me gusta el hockey, ni sus hinchas, ¿lo he dejado ya lo suficientemente claro?