Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO #3
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CAPÍTULO #3

El árbitro pita una falta al número veintiocho y, como una recompensa, el grandullón es expulsado del partido durante dos minutos mientras que el chico agredido vuelve a patinar, cojeando y con mucho esfuerzo. Estoy segura de que tiene algo roto, debe de dolerle una barbaridad, ese crujido…

—¿Solo dos minutos? —pregunto mientras miro a mis amigas incrédula, Taylor es la primera en asentir—. Debe de ser una broma. —Esta vez niegan al compás y entiendo que no lo es.

¿Solo dos minutos de sanción por hacer daño a una persona? ¿Por casi partirle un hueso?

Lo dicho, el hockey es un deporte para brutos en el que la violencia se penaliza de forma ridícula.

Me hierve la sangre debido a la indignación y no soy capaz de evitar mis actos, ni siquiera lo pienso una segunda vez, solo miro al hielo, localizo a ese salvaje mientras entra en el cubículo de penalización y grito.

—¡Ya era hora! ¡Eres un salvaje! —digo, y entonces él desvía su atención de los fans a los que intimida y me mira de forma directa.

¿Alguna vez has sentido que el mundo pierde su gravedad y caes en picado sin siquiera moverte del sitio? ¿O que se te para el corazón mientras que, al mismo tiempo, todo se detiene?

La ira que no deseo sentir, la indignación, el nerviosismo, todo. Todo se ve reducido a nada cuando esos ojos marrones y agresivos, ahora al descubierto del todo, se centran en los míos y parecen diseccionarlos.

Entonces siento una nueva clase de temor, uno que no sabría cómo describir, y un nudo que me oprime el tórax hace que respirar sea difícil y duela.

Un ligero temblor se adueña de mis labios mientras estos se entreabren por sí solos y comprendo que he cometido un grave error. Creo que lo he cabreado, me he puesto en el punto de mira de ese maníaco y eso no puede ser bueno.

No soy de las personas capaces de manejar este tipo de situaciones, no sé cómo enfrentar ira con ira, agresividad con agresividad, o nada con nada, soy de las que se agazapan y se esconden, de las que huyen de los problemas o evitan generarlos, por lo cual, trago el nudo en mi garganta y hago lo que mejor se me da, me encojo sobre mí misma, corto el contacto visual y rezo por haberle demostrado con ello que no represento una amenaza.

Mi cerebro me traiciona y mis ojos regresan en busca de los suyos demasiado deprisa.

Cuando los encuentro, todo parece distinto, el depredador tiene los ojos muy abiertos, también la boca y ya no me parece un tornado de arena enfurecida en pleno movimiento, sino, más bien, alguien…

sorprendido, vulnerable. Incluso diría que palidece bajo las luces del estadio, como si hubiera visto un fantasma en vez de a la única chica en todo el lugar capaz de poner una mínima objeción a su comportamiento.

No creo, ni por asomo, ser la primera persona que hace algo así, entonces, ¿por qué está tan sorprendido?

Juro que la forma en la que me mira me produce escalofríos.

—Zoey —farfulla Martina en tono de reprimenda, pero no puedo mirarla, soy incapaz de apartar los ojos de esos abismos marrones que me engullen como si fueran las puertas hacia el mismísimo infierno.

Me encojo aún más sobre mí misma, intento hacerme más pequeña, menos visible, pero él no cede.

No debí gritarle nada, ni atraer su atención, porque no la quiero.

Quiero que deje de mirarme, así que pruebo a apartar los ojos primero y miro a Martina.

—Es un salvaje —sentencio y ella me hace una mueca de entendimiento.

—Van totalmente a por ellos —contradice Taylor con indignación—. Lucien solo responde, a eso lo llamo yo remontar, ¡vamos, Bloodhawks! La sexta línea es lo mejor.

Lucien.

Mi mirada vuelve a él sin que pueda evitarlo y, para mi desgracia, sus ojos desquiciados permanecen fijos en mí. Esta vez, vuelve a parecer molesto y eso me inquieta.

—No me gusta esto —farfullo.

No me gusta nada, ni estar aquí, ni la forma en la que ese loco me mira, de hecho, lo odio y empieza a agobiarme.

Sus ojos malvados me recorren entera, como si viera algo suyo, algo que le pertenece y que tiene permiso de destrozar, me abrazo a mí misma en un intento inútil por cubrirme, por hacerme invisible, pero no funciona, más bien, atrae la mirada del salvaje a mis hombros, donde su número brilla muy claro debajo de las luces.

Odio esta camiseta. Odio llevarla y que él crea que soy su fan, que estoy aquí por su juego o porque me agrada lo que hace, no es así. Su personalidad es horrible y llevar algo en su honor se siente demasiado pesado, no quiero hacerlo, no puedo llevar puesta esta camiseta ni un solo segundo más.

—No sé cómo me habéis convencido de ponerme esto —replico y toco los bordes de la tela—. Encima es la de ese jugador endemoniado, me pica la piel solo de llevar encima su apellido y necesito quitármela.

A Briella se le escapa una carcajada baja y me mira con condescendencia.

—¿Quieres que te acompañe al baño y te la cambio?

Niego en respuesta, puedo apañármelas sola, buscar otra camiseta en la tienda del equipo, o conformarme con alguna de las interiores que llevo debajo.

Tengo que ser más independiente de ellas, dejarlas en paz, aunque, la verdad, es que sí me gustaría que viniese.

Siempre, me gusta que ellas estén conmigo, pero eso no es sano para ninguna de nosotras.