Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3) CAPÍTULO #2
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CAPÍTULO #2

Los Toronto Bloodhwks meten un gol, cosa que no me extraña después de ver cómo esa bestia dejó a cualquiera de los rivales sin ninguna posibilidad, y la bestia en cuestión lo celebra en mitad de la pista con el capitán del equipo.

Me pierdo en él más tiempo del que comprendo y analizo cada uno de sus detalles: es enorme, de los más altos y anchos que corren por la pista con diferencia, y también con músculos muy trabajados que se marcan en su camiseta empapada en sudor a pesar de las protecciones.

Veo sus labios a través de la rejilla del casco, están curvados en una mueca de desprecio absoluta que dedica de lleno al número trece de los Serpents, mientras este pasea cerca del número diecinueve, el de los rizos bonitos.

Sé su nombre, Martina me los mencionó, pero no lo consigo recordar.

Veo su cabello, el del número veintiocho, algunos mechones color azabache se escapan a través de la rejilla y brillan con gotas de sudor bajo las luces intensas.

Creo que eso le da un aspecto aún más hostil, o quizá más delicado, la verdad es que no estoy del todo segura, y no debería estarlo, ¿a mí qué más me da?

Esa duda no tiene por qué intrigarme, pero, aunque lo tengo tan claro, de repente, me descubro inclinada hacia adelante para tener un mejor campo de visión de sus movimientos, como si estuviera sumida en un trance, de esos en los que suelo caer cuando estoy demasiado metida en la realización de un boceto, o en añadir detalles a mis obras.

Noto un cosquilleo en los dedos y estos se mueven por sí solos, de un segundo a otro. Siento el olor del acrílico, el modo en que impregna el ambiente y distingo el tacto del pincel entre mis dedos, del carboncillo, del papel rugoso de una buena libreta.

Dibujaría muchísimas sombras. Sí, llenaría el boceto de sombras a su alrededor y, aún así, creo que me quedaría bastante corta al representar la oscuridad que le rodea.

De repente, el chico al que disecciono con la mirada mientras patina con brío, descarga el peso de su cuerpo sobre un rival que se acerca para quejarse por su acción y lo hace retroceder, lo empuja con tal agresividad que lo arrincona y grita delante de su rostro.

El rival lucha por aguantar el tipo de una pieza, no cae al suelo y, lejos de minimizarse, se yergue y crece ante él para camuflar su miedo con actitud de desafío.

Eso parece disgustar al número veintiocho, y su reacción en respuesta me roba el aliento.

Agarra la camiseta del contrario, lo eleva en el aire como si fuera un muñeco de trapo en lugar de un jugador de hockey de cien kilos y metro ochenta de altura, y lo lanza contra el plexiglás.

Grito sin poder evitarlo, el estruendo es horrible y hay algo dentro de mí que se fracciona al escuchar ese sonido.

No sé por qué me parece tan familiar; o, más bien, no sé cómo o por qué lo recuerdo.

Quizá es solo por el hecho de que la violencia siempre ha sido uno de mis desencadenantes o, porque, desde hace un par de años, mis episodios de ansiedad y los flashbacks de recuerdos borrados de mi cabeza han empeorado.

Mi cuerpo tiembla, me doy cuenta de ello porque derramo un poco de mi bebida sobre las personas de la fila de abajo y estas me miran mal y protestan.

No sé en qué momento cogí el refresco, o si ya lo tenía entre las manos, si he bebido algo de él o si permanece intacto, pero pido disculpas y lo dejo sobre el posavasos del asiento de la mejor manera que soy capaz.

A lo lejos, escucho las voces de mis amigas mientras dicen mi nombre, y entonces sé que todo va mal, porque están a mi lado.

Nos sentamos juntas, y sé que no me dejarían ni siquiera un segundo a solas.

Me obligo a respirar más despacio, a centrar mi vista en un punto fijo y a luchar por aplacar el miedo.

Para mi desgracia, el punto fijo elegido por mi cerebro, vuelve a ser el dichoso jugador número veintiocho, y ahora presencio de lleno como esa bestia en el hielo sigue acorrala e intimida a su presa.

Es mucho más alto que él, más fuerte, más letal.

La pelea parece escalar y el chaval del suelo intenta ponerse de pie y enfrentar al salvaje, como si tuviera alguna posibilidad, que no la tiene.

Él le hará daño. Y los demás no parecen avanzar lo suficientemente rápido como para llegar hasta ellos.

Lo que está a punto de pasar no es bueno, lo sé, y aún así el público a mi alrededor enloquece del todo por ello en lugar de condenarlo o intentar detenerlo.

Algo me dice que es el momento ideal para apartar al fin la mirada, pero no lo hago.

Es algo casi mágico, su rabia, su ímpetu, su imponencia, quiero decir.

Ojalá pudiera plasmar esa letalidad, esa forma de moverse, esa ira desatada encima de un papel en blanco, o inmortalizarla en un lienzo para el resto de la eternidad.

No veo su rostro, pero seguro que también sería digno de pintar.

El chico acorralado no consigue ponerse de pie esta vez, sus compañeros tampoco llegan a tiempo y el estadio, que grita y jalea en apoyo a su bestia, se queda en completo silencio cuando se escucha un crujido seguido de un grito de dolor desgarrador.

Mi mente se traslada a otro lugar de forma instantánea y me sobresalto, es solo un flashback más, un par de segundos de imágenes inconexas y carentes de sentido, pero, para mí, dura una eternidad.

Me vuelvo a ver a mí misma, en un cuerpo pequeño, en el interior de un coche mientras este se estrella y da vueltas, escucho ese mismo crujido, y lo sé, solo lo sé, ese es el sonido de los huesos cuando se parten.

Grito muy fuerte sin poder evitarlo y eso atrae hacia mí un cúmulo de miradas, miradas que enseguida pierdo porque Briella hunde mi rostro en el hueco de su cuello y me acaricia el cabello mientras me chista y me calma.

No necesito calmarme, solo no volver a ver nada como esto, ¿en qué demonios pensaba al acceder a venir aquí?

La violencia es uno de mis desencadenantes, y odio con todas mis fuerzas el hecho de tener que experimentar escenas fugaces en mi memoria sin tener la mínima esperanza de reconocerlas.

Hay mucho ruido a mi alrededor, mucho movimiento, pero yo solo veo oscuridad mientras huelo el dulce perfume de Briella.

—¡Dejadme en paz, hijos de puta!

—¡Lucien!

—¡Apártate de mi camino, joder!

Mi incertidumbre es superior a mi miedo y, aunque sigo sin entender el porqué, decido hacer caso a mis instintos.

Levanto la cara y miro de nuevo a la pista de hielo, donde el chico agredido es auxiliado por sus compañeros, mientras el salvaje intenta librarse de los suyos y encararlos.

Enseguida se forma un enfrentamiento entre otros jugadores y los aficionados se gritan improperios los unos a los otros.

¡Es desquiciante! Se levantan de sus asientos, gritan y se empujan, yo cierro los ojos un segundo y me preparo para lo peor, para permanecer en medio de esta marabunta junto a mis valiosas amigas cuando inicie la batalla campal que auguro que está a punto de comenzar a nuestro alrededor, de engullirnos.

Noto el pulso en la garganta y el miedo a flor de piel, estoy a punto de gritar por ayuda cuando, de repente, todo se disuelve.

En cuestión de segundos la batalla campal se queda en nada, el árbitro hace sonar el silbato y los jugadores se dispersan, cosa que imitan los fanáticos, esos que, hace solo un par de segundos, parecían tan dispuestos a matarse.

—Madre mía, qué tensión —farfullo temblorosa mientras me juego con las manos y Martina esboza una media sonrisa culpable—. Espero que no tengas que ver esto todos los días.