CAPÍTULO
La batalla más difícil que libro es entre mi nuevo y mi antiguo yo.
No me gusta el hockey.
Lo tenía bastante decidido antes de posar el culo en esta silla, pero no, como siempre, no he podido escucharme a mí misma a la primera. He tenido que ser una obstinada y convencerme de la idea de comprobarlo, de demostrar a mis amigas que le daba una mínima oportunidad.
Mala idea, pero tengo un lema en la vida al que me gusta ser fiel, y es que todo merece, al menos, una oportunidad antes de ser juzgado.
Lo tengo desde los nueve años, cuando una pareja de extraños que temblaba, lloraba y se aferraba el uno a la mano del otro como si su vida dependiera de ello, entró en mi habitación de hospital y dijeron que eran mis padres adoptivos, que estaría segura con ellos, que sería feliz y que me llevarían a casa.
No los recordaba de nada, sentí muchos recelos e incluso me negué a acompañarlos, pero me pidieron una oportunidad, todos en el hospital lo hicieron, y se las di.
Hoy en día son los mejores padres del mundo.
Quería decidir si el hockey merecía la pena, vivir la experiencia en vivo y en directo antes de juzgarlo del todo y encajonarlo para siempre con la etiqueta roja de «no volver a mirar jamás».
Creí que sentiría algo distinto al estar aquí, que empatizaría con los hinchas, comprendería el objetivo del juego y me focalizaría en los pros del deporte en lugar de en los contras o, quizá solo encontraría algo bueno en medio de todo este caos y me dejaría llevar por ello.
Spoiler: este deporte no tiene pros, carece del todo de ellos, y cada segundo que paso aquí sentada presenciando esta barbarie mi alma muere un poco más.
Sin embargo, podría escribir una lista larga y muy detallada de todos y cada uno de los contras, de hecho, la visualizo ahora mismo, parpadea en mi cabeza con el brillo de una señal radioactiva y el sonido de una planta nuclear con amenaza de catástrofe:
➔ Los jugadores e hinchas son agresivos y hostiles.
➔ El nivel de competitividad es cruel e insano.
➔ La masculinidad tóxica casi se puede respirar.
➔ Y hay cero asertividad deportiva o admiración entre rivales.
En definitiva, esto es un cóctel molotov cargadito de problemas, removido a tope y a punto de volar por los aires.
La verdad es que no me apetece ni siquiera un poco encontrarme dentro de su radio de expansión.
Es incómodo de ver, es agobiante y… quiero irme.
Miro a ambos lados de forma disimulada y estudio a mis amigas para comprobar que tan respaldada podría llegar a ser esa petición: Briella parece aburrida, así que lo tengo claro, ella no sería un problema, nunca lo es, siempre es mi punto fácil, pero Martina…
Martina está demasiado concentrada en los jugadores, los mira casi con inquisición, y me pregunto si intenta identificar emociones en sus rostros para luego comentarlas en sus sesiones.
Mi última opción es Taylor, pero, al verla, caen en picado todas mis esperanzas.
Parece una fan loca, de esas que están demasiado obsesionadas con el culo de los jugadores, ¿cómo dijo Martina que las llamaban?
Ah, si, una Puck Bunny , Taylor parece una, y más cuando se queda con los ojos vidriosos y fijos sobre el gigante de dos metros y ojos de colores diferentes.
No sería amable comentarlo, así que me lo reservaré.
Sea como sea, las chicas parecen mucho más entusiasmadas con este partido que yo, y eso es lo único que me impide agarrarlas de la mano, suplicar un poquito y pedirles que nos marchemos.
Eso y el hecho de que me he propuesto demostrarles que soy mucho más que un animalito asustadizo al que le gusta permanecer oculto en el interior de su madriguera, huir de los estímulos, o sufrir ataques de pánico por razones inexplicables.
No puedo continuar siendo un lastre en la diversión de mis amigas.
Un grito ahogado por parte del público me asusta de tal forma que salto en mi asiento, agacho la cabeza de inmediato y centro la mirada en las zapatillas de Taylor, que son preciosas, unas Vans de un color lila pastel casi tan claro como el de los mechones de su cabello y repletas de libros en miniaturas.
Sé que a Taylor le gusta leer novelas románticas, Martina lo mencionó al presentarnos, y sé que también tiene cuentas en las redes sociales en las que se dedica a hablar sobre esas novelas.
Debería ver alguno de sus videos, o pedirle recomendaciones, quizá eso me distraiga y me ayude a menguar la angustia que se me anida en el pecho.
Eso es lo que me digo mientras intento que el pánico retroceda, que mis respiraciones se acompasen y que mi ritmo cardiaco recupere la normalidad.
Elevo la mirada con la única intención de ubicar mi bolso y sacar el móvil del bolsillo delantero, pero mis ojos se desvían al estruendo en la pista y me encuentro con la escena de una cacería.
Ese jugador… Madre del amor hermoso, sí es que es un animal.
Entre la marabunta de hombres fornidos y descerebrados que pelean por hacerse con el disco cual chacales hambrientos, destaca uno.
Mis ojos no paran de buscarlo entre los demás y mi cerebro me dice que, aunque no entiendo por qué, él posee un magnetismo demasiado insano que no me permite ignorar su presencia, así como una letalidad terroríficamente salvaje que me obliga a cubrirme la espalda.
Su presencia atrae mi atención y eso me desquicia, pero no soy capaz de apartar la mirada de su trayectoria, a pesar de que no quiero seguirla en absoluto.
Él es el doble de mortífero que el resto, mucho más hostil que los demás y también más peligroso.
Se me instala un nudo cargado de horror en la garganta y soy incapaz de tragarlo mientras observo cómo ese bruto persigue a un pobre chaval cuyo único delito en la vida ha sido robarle el disco a su compañero.
Tiene cara de ase… de querer asesinarlo, literalmente.
No entiendo por qué, pero una voz en mi cabeza me dice que él sería capaz.
No, Zoey, para. No debes juzgar de esa manera a las personas, eso está fatal, y tu madre no te educó de esa forma.
No lo hizo, es cierto, pero es imposible no deducir algo así cuando te encuentras a solo unos metros de distancia de esa cantidad de fijación homicida.
Esto no me gusta, me repito, pero mi cerebro, sin que yo pueda entenderlo, se enfoca aún más en ese jugador y ralentiza sus movimientos.
Se me entreabren los labios y respiro con cierta dificultad mientras él se queda con cada detalle: la forma en la que flexiona los músculos en cada impulso, la fuerza que ejerce, el acecho.
Es como si realmente se tratara de un halcón que cae en picado directo a una presa que no tiene ninguna posibilidad.
Sé lo que va a suceder cuando lo atrape, le clavará sus garras hasta hacerlo sangrar, y quiero apartar la mirada, pero, por alguna razón extraña, soy incapaz.
Bom.
Aprieto los dientes y cierro los ojos antes de que el jugador de los Serpents caiga al suelo con un golpe seco y grite a pleno pulmón.
Los jaleos de algarabía de los aficionados de los Bloodhwks no tardan en resonar por todo el estadio, mientras que los abucheos de los del equipo contrario se pierden entre ellos.
Por el amor de Dios, esto es una salvajada, y los jugadores del equipo para el que trabaja Martina, unos bárbaros.
Se desplazan por el hielo con cero deportividad, como si su único objetivo fuera destrozar a los rivales en lugar de jugar un partido: los intimidan, los bloquean, los desafían e incluso les golpean los cascos como si fueran neandertales.
Mirarlos es demasiado intenso, asfixiante, desagradable y hostil.
Para mí, este deporte carece totalmente de sentido, aparte del de ser violento y exhumar toxicidad.
No soporto la idea de tener a Martina tan lejos de casa y rodeada por este tipo de personas, saber que pasa tiempo cerca de ellos, en especial del más bruto de todos, el número veintiocho, Hale, que vuelve a la carga con otra jugada intimidante que debería costarle el tiempo en el hielo y considerarse ilegal.
Empuja con tal fuerza a un rival que este se desliza varios metros sobre la pista aún después de la caída y no es capaz de detenerse por sí mismo sin llevarse por delante a otro compañero.
Tiemblo y jadeo de miedo al ver lo cerca que la cuchilla del patín de ese otro jugador le pasa por la cara al pobre chico, y vuelvo a centrar la mirada en Hale, en busca de algo de remordimiento; me da un vuelco el estómago al verlo mofarse de su acto y el modo en que lo celebra, como si fuera un gran logro.
¿Lo peor de todo? La gente enloquece y lo alaba, le sigue la corriente, impulsa su ego y lo anima.
Emiten para él una oda por su pésimo juego, en lugar de una reprimenda, y eso no puede ser bueno en absoluto para su cabeza, para su control de la realidad y su discernimiento sobre los límites.
Sin pretenderlo, mis ojos permanecen sobre él más tiempo del políticamente correcto, lo observo de lleno mientras mi cerebro lo analiza y noto una sesión extraña, es como si fuera conocido para mí, como si lo hubiera visto en algún otro lugar.
Nah, debo de haberme quedado con su cara de verlo aparecer en las redes sociales del equipo mientras hacía un poco de trabajo de investigación.
No podía dejar a una de mis mejores amigas marchar tan lejos de casa si no sabía con exactitud todos los detalles del lugar al que se dirigía.
Le comentaré que se mantenga lo más alejada posible de ese abusón.