Dulce Obsesión (Sangre bajo el hielo 3)
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CAPÍTULO 1
Romperse sin hacer ruido… ese es el verdadero arte de aquellos que amamos en silencio.
Vivir en mi jodida cabeza es una jodida tortura. Es un suplicio de los gordos, pero este deporte hace que casi lo olvide por completo.
El hielo cruje bajo mis cuchillas mientras retrocedo en una transición defensiva.
Tengo el corazón a toda pastilla, la sien sudada y me tiembla ligeramente el cuerpo cuando me desestabilizo antes de detenerme en seco.
Veo como el hijo de puta de Reese le quita el disco a Sterling y se va de rositas.
Analizo la situación y maldigo en alto sin ningún tipo de reparo.
Dos de los compañeros de Reese lo rodean para protegerlo de nuestro contraataque, que llega tarde, porque nuestro extremo izquierdo es incapaz de seguir nuestro ritmo y patinar a la par del resto de los delanteros.
Voy a moler a palos a ese cabrón hasta que deje de patinar a la velocidad de una puta abuela, pero eso tendrá que ser más tarde.
Clavo la mirada en el hijo de puta pelirrojo de pecas enfermizas y, el muy cabrón, no me mira ni una sola vez.
Está muy concentrado en su jugada, busca un carril central y es rápido como una bala.
Anhela ese gol, lo ve como una satisfacción personal que puede restregarnos por la cara, en especial a Sterling, de quien creo que está enamorado, odia a muerte, o adora su puto tufo porque no se ha separado de su culo desde que inició el jodido partido.
Me da igual si es una atracción mal gestionada o el desprecio más absoluto, no va a dejar en ridículo a ninguno de mis amigos mientras yo esté aquí para evitarlo.
Echo un vistazo rápido por la pista y, no muy lejos de mí, localizo mi objetivo, el gigante de dos metros parece algo aturdido, recupera el ritmo y vuelve a patinar con actitud amenazante mientras que un serpent yace en el suelo y se tambalea sin poder levantarse.
Kirian es más fuerte que veloz y no llegará a tiempo.
Estoy solo en esto y no pienso fallar.
—¡Cierra el ángulo! —le grito e inicio mi jugada.
Kirian es todo músculo, fuerza bruta e ira, es capaz de cerrar un ángulo mejor que nadie, porque a ningún pringao con una pizca de amor propio le apetece estamparse contra él.
Yo soy bastante parecido y, a la vez, soy todo lo contrario.
La mayor parte de mi trabajo de intimidación se desarrolla en la mente del contrincante.
Con Kirian te enfrentas a una nariz rota, una pelea cuerpo a cuerpo en la que no saldrás airoso o un paseo hasta el otro lado del hielo que te dejará un moretón, conmigo…
bueno, digamos que, incluso dentro de mi mal comportamiento, he sabido ser muy generoso.
Creé una fama que me precede, y cuando haces eso, das la oportunidad a tus adversarios de tomar la mejor decisión para ellos mismos.
Los invito a que prioricen el valor de sus huesos, sus músculos o sus piernas con solo poner un pie en el interior de esta pista de hielo y, luego, aun así, se atreven a llamarme salvaje.
El que avisa no es traidor, y una guerra anticipada no debería matar a ningún soldado, o al menos eso dicen en los refranes.
Acelero el paso justo cuando noto en Reese la intención de hacer un regate hacia el interior en busca de Callaghan, el muy cabrón cree tenernos tan controlados que no solo roba el disco a mis compañeros, si no que quiere permitirse dar a otro de los suyos la oportunidad de brillar, en mi puto campo, con mayoría de afición Bloodhawks, y en mis jodidas narices.
Hago un esfuerzo extraordinario en los gemelos y duplico la fuerza y el alcance de mis zancadas, logro mi objetivo y, cuando Logan se gira, se topa de lleno conmigo.
El zanahorio se sobresalta al verme, como si no entendiera de dónde he salido ni a qué jodida velocidad.
Hace el amago de proteger el disco de mí, pero ni siquiera me inmuto, porque no es lo que me interesa.
Con un movimiento brusco pero contundente, flexiono las rodillas e interpongo el hombro en el camino de Logan, que es incapaz de detenerse tan deprisa y acaba con el costado apoyado sobre él.
Entonces me impulso hacia arriba y lanzo su cuerpo contra la valla.
El estruendo resuena en todo el estadio y los fans enloquecen, corean mi nombre, aplauden, gritan y dan golpes en el plexiglás.
Ojalá pudiera detenerme a observar la euforia en sus caras, pero el disco danza suelto por la pista y Callaghan no quiere perder su oportunidad de brillar por una noche.
Inhalo, me lanzo hacia la resbaladiza circunferencia oscura y extiendo el stick en su dirección casi con una precisión quirúrgica.
Mi stick toca el disco solo un segundo antes que el de Callaghan y logo desviar su trayectoria antes de arremeter contra el imbécil con cara de asombro.
Lo tumbo con facilidad y es divertidísimo ver como su culo se desliza varios metros por el hielo antes de llevarse por delante a otro compañero.
Uf, la cuchilla de los patines del otro le pasan peligrosamente cerca de la cara, y solo espero que el susto de verse desfigurado le dure todo el partido. O, mejor aún, toda la puta temporada.
Nadie se interpone en el camino de los Bloodhawks, pero, más importante que eso, nadie jode a mis amigos mientras yo estoy delante. Los jodidos Serpents, y sobre todo Reese, tienen que aprender a respetar esa lección.
Pero no lo hacen, son tercos, joder. Como diría el doctor Hale, huesos duros de roer.
Mientras yo disfrutaba del caos formado, otro hijo de puta se apoderaba de la posibilidad de liderar este juego y burlarse de nosotros.
Busco a Kirian con la mirada y veo cómo se enfrenta a los dos defensas de los Serpents que, casi con caca en los pantalones, intentan aplacarlo.
Mis ojos vuelven a la portería desatendida, a Gideon protegiendo el lugar desde el que el jugador hizo un primer amago, pero lo veo en su expresión, la forma en la que espera a que su compañero se posicione, la jugada que pretenden llevar a cabo.
No me lo pienso un segundo, me suelto la empuñadura de un guante con rabia, patino a toda pastilla y cubro la portería, el hijo de puta ya le ha pasado el disco a su compañero y este se encuentra a punto de disparar, y entonces, un Gideon perplejo entiende lo que pasa, pero no le presto atención a su sorpresa, porque el disco viene hacia mí disparado cual bala de cañón.
No me inmuto, porque es una mierda de tiro, lento, mediocre y predecible, y lo tengo más que controlado.
Ofrezco el acolchado de las grebas al impacto y la afición se queda en un silencio absoluto, este solo se rompe con el estruendo del golpe y la forma en la que el caucho sale disparado en diferentes direcciones.
Es la tercera greba que me cargo esta temporada, y apenas estamos en el jodido diciembre.
—Gracias por la cobertura —murmura Gideon y se posiciona a mi lado—. ¿Estás bien?
—No vuelvas a dejar la red desprotegida —le advierto con tono contundente.
Me importa una mierda si hubo un primer amago, si creía que podría controlarlo, si nos vio demasiado lejos, su trabajo es proteger la red y, el nuestro, protegerlo a él.
Antes de que los rivales puedan reaccionar, yo ya he recuperado el equilibrio del juego, lo tengo claro tan solo por la forma en la que me miran mientras me alejo con el disco y lo protejo con mi cuerpo, lo acerco al medio de la pista y patino con parsimonia mientras mis compañeros se reorganizan.
Entonces, veo a Declan y este asiente con la cabeza, pero escucho un pitido, Sterling también está en posición, ambos quieren el disco, pero yo no tengo ni que pensarlo.
Lanzo al centro y Declan recibe el pase largo a la perfección, se me destensan un poco los hombros y patino para proteger nuestra zona, que es de donde el disco nunca debió haber salido.
Un par de segundos después, suena el marcador y la pista se tiñe con nuestros colores, mientras los fans enloquecen y tararean mi número y el de Declan.
Este patina en mi dirección y chocamos nuestros puños antes de hacerlo con nuestros cascos.
La afición se desborda, los cánticos resuenan en todas partes y los chicos se nos acercan, incluso Gideon.
Entonces nos miramos a los ojos y asentimos contentos mientras escuchamos «La sexta línea vendrá a por ti, los halcones pueden verte desde el cielo, van a encontrarte y, cuando se lancen en picado, nada te podrá salvar.
No tendrás escondite, ni tendrás escapatoria, ni el sonido de tus propios gritos podrá librarte.
Vas a sangrar, porque, cuando el hielo se tiñe de rojo, es cuando sabemos que ellos han estado aquí».
Un día, mientras nuestro mundo se caía a pedazos, soñamos con esto juntos y, ahora, lo estamos consiguiendo.