Capítulo 10 — Valentina / Mateo #2
—¿Sigues pensando que no van a durar? —le pregunté a Bruno, mientras bajábamos la persiana metálica del taller.
Se quedó pensativo un momento, con las llaves en la mano, mirando hacia la calle donde ya empezaban a encenderse las farolas.
—Sigo pensando que va a ser muy difícil —dijo, con esa sinceridad suya que nunca suavizaba las cosas más de lo necesario—. Pero también he visto cómo te mira esa chica, Mateo, y he visto cómo la miras tú. Y eso no es fácil de fingir. Si alguien puede conseguir que esto funcione, sois vosotros dos.
No era la garantía que me hubiera gustado escuchar, pero viniendo de Bruno, que rara vez concedía nada sin reservas, era más de lo que esperaba, y me fui a casa esa noche con una sensación de esperanza cautelosa que llevaba meses sin sentir con tanta claridad.
Valentina
Las vacaciones de verano llegaron cargadas de una incertidumbre que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo en voz alta: dos meses de distancia forzada, con mi familia insistiendo en pasar buena parte de agosto en La Moraleja y Mateo trabajando el doble de turnos en el café para compensar las semanas perdidas durante el accidente de su padre.
La última tarde antes de que mi familia se fuera a la casa de verano, quedé con Mateo en nuestro banco del Retiro, el mismo lugar donde todo había empezado de verdad meses atrás, y nos quedamos ahí hasta que el sol se puso del todo, hablando de todo lo que nos esperaba, prometiéndonos llamadas diarias, mensajes constantes, visitas siempre que pudiéramos organizarlas a pesar de la distancia.
—Esto es solo el principio, ¿verdad? —le pregunté, con la cabeza apoyada en su hombro, sintiendo el peso agridulce de la despedida.
—Solo el principio —confirmó él, besándome la frente con una ternura que se me quedó grabada durante todo el verano que teníamos por delante—. Pase lo que pase este verano, pase lo que pase el año que viene, quiero que sepas que esto, lo nuestro, es lo más real que he sentido en mi vida.
Me aferré a esas palabras durante las semanas siguientes, cada vez que la distancia se sentía demasiado grande, cada vez que mi madre insinuaba, con su sutileza habitual, que quizás el verano serviría para "poner las cosas en perspectiva".
Porque sabía, con una certeza que ni la distancia ni la presión familiar habían conseguido debilitar todavía, que lo que Mateo y yo habíamos construido durante aquel semestre en Vallecas merecía la pena pelear por ello, costara lo que costara, durara lo que durara la batalla que teníamos por delante.
· · ·
Valentina
Los días que siguieron a la confrontación con mis padres fueron, sin duda, algunos de los más difíciles de toda mi vida.
Mi madre optó por una estrategia de distanciamiento frío, hablándome solo de lo estrictamente necesario, mientras que mi padre directamente evitaba cualquier conversación conmigo que no fuera indispensable, comunicándose a través de mi madre incluso para asuntos tan triviales como preguntar a qué hora llegaría a cenar.
Renata se convirtió en mi principal apoyo durante esas semanas, escuchándome desahogarme cada vez que la presión en casa se volvía insoportable, recordándome, cada vez que las dudas amenazaban con hacerme flaquear, que lo que sentía por Mateo era real y que merecía la pena defenderlo.
—Tus padres van a necesitar tiempo —me dijo, una tarde, mientras merendábamos en su casa, uno de los pocos lugares donde todavía me sentía completamente cómoda—.
No esperes que cambien de opinión de la noche a la mañana.
Pero tampoco dejes que su resistencia te haga dudar de lo que tú sientes de verdad.
Aquellas palabras se convirtieron en una especie de mantra durante las semanas siguientes, repetidas en mi cabeza cada vez que la tentación de ceder a la presión familiar se volvía demasiado fuerte para ignorarla.
Mateo
Del lado de mi familia, la situación era radicalmente distinta.
Mis padres, lejos de oponerse, se volcaron con Valentina de una manera que a veces resultaba casi excesiva, invitándola a cenar cada vez que la ocasión lo permitía, preguntando por ella cuando pasaba unos días sin aparecer por casa, tratándola, en definitiva, como a una parte más de la familia mucho antes de que ninguno de los dos hubiéramos hablado siquiera de un futuro a largo plazo.
—Es que se nota que te quiere de verdad, hijo —me dijo mi madre, una noche, mientras recogíamos juntos la cocina después de que Valentina se hubiera ido—. Y eso, en esta vida, vale más que cualquier apellido o cualquier cuenta bancaria.
El contraste entre ambas familias —la mía, abrazando la relación con los brazos abiertos a pesar de no tener nada material que ofrecer; la suya, rechazándola precisamente por tener demasiado que perder— se convirtió, con el tiempo, en una de las paradojas más dolorosas y a la vez más reveladoras de toda nuestra historia juntos, una paradoja que ninguno de los dos sabía todavía cómo resolver del todo, pero que, de alguna manera, hacía que lo que sentíamos el uno por el otro resultara todavía más valioso, precisamente por lo difícil que resultaba sostenerlo.