Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 10 — Valentina / Mateo #3
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Capítulo 10 — Valentina / Mateo #3

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Valentina

La noche antes de que mi familia partiera hacia La Moraleja para pasar el mes de agosto, mi abuela materna me llamó, como si presintiera, con esa intuición suya casi mágica, que necesitaba escuchar algo reconfortante antes de enfrentarme a un verano lleno de incertidumbre.

—He oído que las cosas están complicadas con tus padres —me dijo, sin rodeos, en cuanto descolgué el teléfono—. Tu madre me lo ha contado todo, con su versión, claro, pero yo conozco a mi hija lo suficiente como para leer entre líneas.

—Está siendo difícil, abuela.

—Lo sé, cariño. Y va a seguir siendo difícil un tiempo, no te voy a mentir.

Pero quiero que sepas algo: yo estuve enamorada, una vez, de un hombre que mi familia jamás habría aprobado.

Un profesor de instituto, hijo de un panadero, sin un euro a su nombre pero con más pasión por la vida de la que he visto en cualquiera de los pretendientes "adecuados" que mis padres me presentaron después.

—¿Y qué pasó?

—Que me faltó el valor que a ti te sobra, hija.

Cedí a la presión familiar, y me casé con tu abuelo, un buen hombre, no me malinterpretes, pero no era el amor de mi vida.

Han pasado casi cincuenta años y todavía pienso, de vez en cuando, en qué habría sido de mi vida si hubiera tenido el coraje que tú estás teniendo ahora.

Aquella confesión, la primera de ese calibre que mi abuela me hacía en toda mi vida, se me quedó grabada con una fuerza que ninguna otra conversación de aquel verano consiguió igualar, convirtiéndose en un ancla emocional a la que me aferraría, una y otra vez, cada vez que la distancia con Mateo o la presión de mis padres amenazaran con hacerme flaquear en los meses siguientes.

Mateo

El primer día de vacaciones sin clases ni proyecto de por medio, aumenté mis turnos en el café al máximo posible, aprovechando el verano para ahorrar todo lo que pudiera de cara al curso siguiente, consciente de que la ayuda económica de mi familia seguía siendo limitada tras el accidente de mi padre.

Bruno, viéndome trabajar sin descanso, me insistió varias veces en que me tomara al menos un par de días libres, algo que finalmente acepté hacia mediados de julio, aprovechando para hacer una escapada de un día a la sierra con él, lejos de la ciudad, lejos de las preocupaciones constantes sobre dinero, sobre distancia, sobre un futuro que se presentaba, cada día que pasaba sin ver a Valentina, más incierto de lo que me habría gustado admitir.

—¿Sigues pensando en ella todo el tiempo? —me preguntó Bruno, mientras subíamos un sendero de montaña bajo un sol de justicia.

—Todo el tiempo.

—Pues entonces vale la pena, tío. Lo que sea que tengáis, vale la pena, aunque el camino sea cuesta arriba como este sendero.

Terminamos aquel día agotados pero satisfechos, con la sensación reparadora de haber recargado fuerzas para lo que quedaba de verano, un verano que, ambos lo sabíamos, sería solo el primero de muchos obstáculos que Valentina y yo tendríamos que superar juntos si de verdad queríamos que nuestra historia llegara a buen puerto.

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Y así, con esa mezcla de esperanza cautelosa y determinación tranquila, Valentina Cross y Mateo Rueda se despidieron aquella tarde de julio, sabiendo que el verano que tenían por delante sería solo el primer capítulo de una historia mucho más larga, mucho más complicada, y mucho más hermosa de lo que ninguno de los dos había imaginado el día que se conocieron, bajo la lluvia, en un pequeño centro social de Vallecas.

Aquel primer libro de nuestra historia, si algún día alguien decidiera contarla, terminaría aquí, en un banco del Retiro, con dos jóvenes enamorados enfrentándose a un verano incierto, sin saber todavía que lo más difícil de su historia, con toda probabilidad, estaba todavía por llegar.

Bruno, semanas después, resumiría todo aquel primer año con una frase que se convertiría en broma recurrente entre los tres durante mucho tiempo: "Empezasteis intentando arreglar un edificio, y terminasteis reconstruyendo vuestras propias vidas enteras. No está mal para un semestre de universidad."

Aquel verano de incertidumbre que se abría ante ellos, con toda su distancia y sus dudas, terminaría siendo, contra todo pronóstico, el verano en que la relación entre Mateo y Valentina se fortalecería de maneras que ninguno de los dos podía anticipar aquella última tarde de julio en el Retiro, sentando las bases de todo lo que estaría por venir en los años siguientes de su historia juntos.

Y aunque ninguno de los dos podía saberlo todavía aquella tarde de julio, sentados en su banco favorito del Retiro, aquel primer año de universidad no había sido más que el prólogo de una historia mucho más larga, con más obstáculos, más alegrías y más descubrimientos de los que cualquiera de los dos habría podido imaginar el día que la lluvia los reunió, por primera vez, en un pequeño centro social de Vallecas.

Fin de un primer capítulo de vida compartida, y comienzo silencioso de todos los que estaban aún por escribirse.