Capítulo 10 — Valentina / Mateo
Valentina
Mi tía Cecilia cumplió su palabra, aunque nunca la había pronunciado en voz alta: en menos de una semana, el comentario sobre "el chico raro en la puerta de casa de Valentina" había llegado, a través de una cadena de conversaciones de sobremesa que no pude rastrear del todo, hasta los oídos de mi madre.
Me lo confrontó un miércoles por la noche, mientras yo terminaba un trabajo en mi habitación, entrando sin llamar —algo que ella jamás hacía— con una expresión que no le había visto en años, una mezcla de preocupación genuina y de algo más duro, más calculador.
—¿Quién es el chico de Vallecas? —me preguntó, directamente, sin rodeos.
No tenía sentido negarlo. Llevaba días esperando esta conversación, ensayándola mentalmente de mil formas distintas, y ninguna de esas versiones ensayadas se parecía a lo que terminé diciendo, que fue simplemente la verdad, entera y sin adornos.
—Se llama Mateo. Es mi compañero del proyecto de Sierra Gorda. Y sí, estamos juntos.
Mi madre se sentó en el borde de mi cama, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito.
—Valentina, cariño, entiendo que te resulte...
interesante, conocer gente de otros ambientes.
Es admirable, incluso, lo que habéis hecho con ese proyecto.
Pero una cosa es hacer un proyecto social y otra muy distinta es plantearte una relación seria con alguien que no tiene absolutamente nada que ver con nuestro mundo.
—¿Nuestro mundo? Mamá, hablas como si fuéramos de otra especie.
—Hablo de realidades prácticas, Valentina.
De un chico que, con todo el respeto, no tiene ni idea de lo que significa moverse en los círculos en los que tú te vas a mover el resto de tu vida.
De una familia que espera que continúes el legado de tu bisabuelo.
De un futuro que llevamos construyendo para ti desde que naciste.
—Ese es el problema, mamá. Es un futuro que habéis construido vosotros. Nadie me ha preguntado nunca qué quiero yo de verdad.
Mi madre se quedó callada un momento, sorprendida quizás por la firmeza de mi respuesta, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un matiz distinto, más parecido a una súplica que a una orden.
—Solo te pido que lo pienses bien, cariño. Que pienses en lo que implica de verdad, a largo plazo, antes de que esto vaya a más. Tu padre... tu padre no se lo va a tomar bien.
No se lo tomó bien, en efecto. Cuando mi padre se enteró, dos días después, la conversación fue mucho más corta y mucho más tensa que la de mi madre, resumida en una sola frase que se me quedó grabada con una precisión dolorosa: "Espero que sepas lo que estás arriesgando, Valentina, porque yo no pienso financiar una rebeldía adolescente el resto de mi vida. "
No le contesté nada esa noche. Simplemente subí a mi habitación, cerré la puerta, y lloré durante casi una hora, no de tristeza exactamente, sino de una rabia sorda que no sabía muy bien hacia dónde dirigir: hacia mis padres, por reducir lo que sentía por Mateo a un cálculo de conveniencia social; hacia mí misma, por no haber tenido el valor de contárselo antes, de frente, en mis propios términos; y, en el fondo, aunque me costara admitirlo, hacia el mundo entero, por estar construido de una manera que hacía que amar a la persona equivocada pudiera convertirse en un problema de esta magnitud.
Mateo
Valentina me lo contó todo esa misma noche, por teléfono, con la voz rota de tanto llorar, y aunque intenté consolarla lo mejor que pude, sentí, mientras la escuchaba, que una parte de mí ya sabía que aquello era solo el principio de algo mucho más grande y mucho más difícil de lo que ninguno de los dos había anticipado.
—Mi padre ha dicho que no va a financiar "una rebeldía adolescente" —me contó, entre lágrimas—. Como si lo nuestro fuera un capricho, Mateo. Como si no fuera real.
—Es real para mí —le dije, con toda la convicción que fui capaz de reunir—. Más real que casi nada que haya sentido en mi vida.
—Lo sé. Lo sé, y por eso me duele tanto.
Quise decirle que todo iba a salir bien, que sus padres terminarían por entenderlo, que el tiempo suavizaría las cosas.
Pero no lo hice, porque no estaba seguro de creérmelo yo mismo, y porque llevaba, en el fondo de mi cabeza, la voz de Bruno recordándome, con esa mezcla de cariño y de crudeza que lo caracteriza, que algunos mundos simplemente no están hechos para encajar sin que alguien salga herido en el proceso.
Los días siguientes fueron extraños, tensos, marcados por una distancia nueva que ninguno de los dos sabía muy bien cómo nombrar.
Valentina seguía viniendo a las últimas gestiones del proyecto de Sierra Gorda —ya en su fase final, con las obras a punto de comenzar gracias a la financiación conjunta del ayuntamiento y de Grupo Cross—, pero notaba en ella una tensión constante, una vigilancia permanente sobre su propio teléfono, sobre quién podía estar viéndola, sobre qué comentario podía llegar de vuelta a oídos de su familia.
La última vez que nos vimos antes del final del semestre fue en la inauguración oficial de las obras, un acto pequeño organizado por Marisa y el ayuntamiento, al que asistieron doña Pilar y el resto de vecinos del edificio, la profesora Iris Moreno, y, para sorpresa de nadie a esas alturas, ni un solo miembro de la familia Cross, a pesar de que la empresa figuraba oficialmente como uno de los patrocinadores del proyecto.
—Mi padre ha mandado a alguien de RSC a hacerse la foto —me dijo Valentina, con una amargura que no le había oído antes—. Ni siquiera ha venido él.
Doña Pilar, al enterarse de la situación —porque Valentina, en un momento de fragilidad, se lo había contado todo mientras esperábamos a que empezara el acto—, la cogió de la mano con una ternura maternal que conmovió a cualquiera que lo presenciara.
—Hija, el amor de verdad siempre asusta a los que tienen algo que perder —le dijo—.
Yo enterré a mi marido hace quince años, y todavía me acuerdo de lo que me costó a mí, con diecinueve años, convencer a mi familia de que un electricista de Vallecas era lo que yo quería para el resto de mi vida.
Al final, el tiempo pone a cada uno en su sitio.
Solo hace falta paciencia y mucha cabezonería.
Aquellas palabras se me quedaron grabadas, y sospecho que a Valentina también, porque durante el resto del acto la vi más tranquila, más decidida, como si hubiera encontrado, en la historia de una anciana desconocida hasta hacía unos meses, la fuerza que necesitaba para afrontar lo que se le venía encima.
Valentina
Terminamos el semestre con el proyecto de Sierra Gorda completado con éxito, con una calificación excelente para todo el grupo, y con una relación que, a pesar de la presión constante de mi familia, seguía adelante, más fuerte incluso que antes, forjada precisamente en el fuego de todo lo que habíamos tenido que atravesar juntos para llegar hasta ahí.
Pero sabía, con la misma certeza fría con la que sabía cualquier otra cosa importante de mi vida, que aquello no había sido más que el primer asalto de una batalla mucho más larga.
Mi padre no había dicho la última palabra, ni mucho menos, y mi madre seguía buscando, con esa sutileza que la caracterizaba, formas indirectas de hacerme entender que aquella relación tenía fecha de caducidad si yo quería seguir siendo, de verdad, una Cross.
La última noche antes de las vacaciones de verano, Mateo y yo nos sentamos en nuestro banco del Retiro, el mismo donde nos habíamos besado por primera vez, y hablamos de todo lo que se nos venía encima: un verano entero por delante, él trabajando el doble de turnos para compensar las semanas que su padre había estado de baja, yo obligada a acompañar a mi familia a la casa de La Moraleja durante buena parte de agosto, un segundo año universitario que se presentaba lleno de nuevos retos, nuevas presiones, y, sospechábamos los dos, nuevos intentos por parte de mi familia de separarnos de manera definitiva.
—¿Vamos a conseguirlo? —le pregunté, con la cabeza apoyada en su hombro, mirando las luces del parque reflejadas en el agua oscura del estanque.
Mateo se quedó callado un momento, y cuando contestó, lo hizo con una sinceridad que agradecí más que cualquier promesa vacía que hubiera podido hacerme.
—No lo sé, Valentina. No te voy a mentir diciendo que va a ser fácil, porque no lo va a ser. Pero sé que quiero intentarlo. Contigo. Pase lo que pase.
—Yo también quiero intentarlo.
Nos quedamos ahí un rato más, en silencio, sintiendo el peso de todo lo que habíamos construido en apenas unos meses y la incertidumbre de todo lo que todavía nos quedaba por enfrentar, conscientes los dos de que el verano que teníamos por delante, lejos de ser un descanso, iba a ser la primera gran prueba real de si lo nuestro tenía la fuerza suficiente para sobrevivir a la distancia, a la presión familiar, y a un mundo entero que parecía empeñado en demostrarnos que Vallecas y Salamanca nunca debieron cruzarse.
Pero mientras caminábamos juntos hacia la salida del parque, con las manos entrelazadas y el silencio cómodo de dos personas que ya no necesitan llenar cada segundo con palabras, sentí, con una claridad que me sorprendió a mí misma, que estaba dispuesta a pelear por aquello con todo lo que tenía, sin importar lo que mi apellido dijera que debía hacer.
*Fin del Libro 1*
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Mateo
El último día antes de las vacaciones, mientras ayudaba a Bruno a cerrar el taller de su padre por la tarde, me quedé pensando en todo lo que había cambiado en mi vida en apenas un semestre.
Hacía unos meses, mi mundo se limitaba a un triángulo casi tan cerrado como el de Valentina, aunque por motivos completamente distintos: la universidad, el trabajo, mi barrio.
Ahora, ese triángulo se había abierto para incluir cenas en el Villa Magna que nunca pisaría por iniciativa propia, tutorías en pisos de la calle Velázquez, y una relación que desafiaba, cada día, todo lo que Bruno y yo habíamos dado por sentado sobre cómo funcionaba el mundo.