Capítulo 9 — Valentina #2
Después del acto de inauguración de las obras, Marisa nos invitó a Mateo y a mí a un pequeño almuerzo de agradecimiento con el resto del equipo de la ONG, en un restaurante sencillo cerca del centro social donde habíamos tenido nuestra primera reunión meses atrás.
—Quiero deciros algo a los dos —nos dijo Marisa, ya con el café servido, mirándonos con una calidez que no le había visto mostrar antes en un contexto tan personal—.
Llevo diez años haciendo este tipo de proyectos con estudiantes, y la mayoría de los grupos cumplen, hacen su trabajo correctamente, y se van sin mirar atrás.
Vosotros dos habéis sido diferentes. Se nota que esto os ha importado de verdad, más allá de la nota o el expediente.
—Ha sido un proyecto especial —dije yo, sin poder evitar mirar a Mateo de reojo, sabiendo perfectamente que "especial" se quedaba corto para describir todo lo que aquel semestre había significado para los dos.
—Espero que sigáis colaborando con nosotros, cada uno desde vuestro campo —añadió Marisa—. La ONG siempre necesita gente con vuestra combinación de talento técnico y sensibilidad social. Y, entre nosotros, no es habitual ver esa combinación en la misma sala.
Mateo y yo nos miramos, con una sonrisa cómplice que no pasó desapercibida para Marisa, que sonrió también, con la discreción elegante de quien ha visto lo suficiente de la vida como para reconocer una historia de amor cuando la tiene delante, aunque decida no comentarla en voz alta.
De vuelta a casa esa tarde, con el sol ya bajo sobre los tejados de Madrid, sentí que aquel proyecto, que había empezado como un simple trámite académico, se había convertido en el eje alrededor del cual había girado, en realidad, toda una transformación mucho más profunda de quién era yo y de quién quería llegar a ser, una transformación que no había hecho más que empezar.
· · ·
La noche antes de la presentación final, no pude dormir bien, dando vueltas en la cama con los nervios acumulados de meses de trabajo concentrados en las próximas veinticuatro horas.
Cerca de la una de la madrugada, todavía despierta, le escribí a Mateo, sin esperar realmente respuesta a esas horas.
"¿Estás despierto? No puedo dormir."
Para mi sorpresa, contestó casi al instante.
"Tampoco yo. Llevo repasando la presentación en mi cabeza como quince veces."
"¿Y si algo sale mal mañana?"
"No va a salir mal. Pero si sale mal, seguirá siendo el mejor proyecto en el que he trabajado nunca, y eso no depende de lo que diga un tribunal."
Sonreí, sola en mi habitación, con el teléfono iluminando la oscuridad, y le contesté algo que llevaba días queriendo decirle pero que nunca había encontrado el momento adecuado.
"Gracias por enseñarme a ver el mundo de una manera distinta, Mateo. De verdad."
"Gracias a ti por atreverte a mirar."
Nos quedamos escribiéndonos un rato más, sobre nada en particular, sobre todo a la vez, hasta que finalmente el sueño nos venció a los dos casi al mismo tiempo, cerca de las tres de la madrugada, apenas unas horas antes de la presentación que iba a determinar, en gran medida, el futuro del proyecto al que habíamos dedicado un semestre entero de nuestras vidas.
Me desperté esa mañana con una mezcla de nervios y de una calma extraña, la calma de quien sabe que ha hecho todo lo posible y que, a partir de ahí, el resultado ya no depende enteramente de uno mismo.
Me vestí con cuidado, eligiendo un conjunto que fuera profesional sin resultar excesivo, consciente de que aquella presentación no era solo un examen académico más, sino la culminación de algo que había cambiado, de manera fundamental, la persona en la que me estaba convirtiendo.
· · ·
Aquel viernes de la presentación, mientras esperábamos en el pasillo del ayuntamiento a que nos llamaran para entrar en la sala, Mateo me cogió la mano con una firmeza tranquila que me ayudó a calmar los nervios que llevaba acumulando desde primera hora de la mañana.
—Pase lo que pase ahí dentro —me dijo, mirándome directamente a los ojos—, quiero que sepas que estos meses trabajando contigo han sido de los mejores de mi vida.
Y no lo digo solo por lo que ha pasado entre nosotros, sino por el proyecto en sí.
Nunca había trabajado con nadie que se implicara con esta intensidad en algo que, técnicamente, no le tocaba directamente a ella.
—Me tocaba a mí tanto como a ti, Mateo. Puede que no viva en Sierra Gorda, pero después de estos meses, ese edificio se ha convertido en parte de mi vida tanto como de la tuya.
Nos llamaron poco después, y entramos juntos en la sala donde nos esperaba el tribunal, con las diapositivas preparadas, los datos revisados hasta el último detalle, y una confianza mutua que se había ido forjando, mes a mes, a través de cada dificultad que habíamos superado juntos.
La presentación en sí, que ya he contado, salió mejor de lo que ninguno de los dos habíamos anticipado en nuestros sueños más optimistas.
Pero lo que más se me quedó grabado de aquella mañana no fue tanto la aprobación del proyecto ni el reconocimiento del tribunal, sino la mirada de Mateo justo antes de entrar en la sala, esa mezcla de nervios y de confianza absoluta en lo que habíamos construido juntos, una mirada que se convirtió, con el tiempo, en uno de mis recuerdos más preciados de todo aquel primer año de universidad.
· · ·
Días después de la presentación, cuando ya la euforia inicial había dado paso a una satisfacción más tranquila y asentada, Mateo y yo decidimos visitar juntos, una última vez antes del verano, a cada una de las dieciséis familias del edificio, para contarles en persona los detalles concretos de cómo y cuándo empezarían las obras.
Fue un recorrido lento, cargado de emoción, en el que cada puerta que tocábamos se abría con una mezcla de sorpresa y de gratitud que nunca me cansaría de recibir.
Familias enteras nos invitaban a pasar, nos ofrecían café, nos hacían preguntas detalladas sobre plazos y sobre qué esperar durante las obras, y en cada conversación sentía crecer, un poco más, la certeza de que aquel proyecto había significado, para toda esa gente, mucho más que una simple mejora estructural en sus viviendas: significaba, en el fondo, la sensación de haber sido, por fin, vistos y escuchados por alguien con el poder de cambiar algo real en sus vidas.
—Nunca olvidaré esto —me dijo Mateo, mientras caminábamos hacia la última puerta del recorrido, ya casi de noche—. Pase lo que pase en mi carrera después de esto, este proyecto va a ser siempre el que de verdad me recuerde por qué elegí esta profesión.
—A mí me ha cambiado la vida entera, Mateo. No solo el rumbo profesional. Todo.
Nos abrazamos en el rellano de aquella última escalera, rodeados del mismo olor a humedad que me había impactado tanto la primera vez que había pisado aquel edificio, meses atrás, y sentí, con una claridad absoluta, que fuera cual fuera el camino que tomara mi vida después de aquel verano, aquel edificio y aquel chico de sudadera gastada habían dejado en mí una marca que ya nunca podría borrarse del todo.
· · ·
Aquel verano que se avecinaba, con toda su incertidumbre, pesaba menos sobre mis hombros después de aquel recorrido final por el edificio de Sierra Gorda.
Habíamos cumplido nuestra promesa a dieciséis familias, y esa certeza, sólida y tangible, era algo que ni la distancia ni la presión de mi familia podrían arrebatarme jamás.
Doña Pilar, meses más tarde, cuando las obras del edificio por fin concluyeron, insistiría en colocar una pequeña placa artesanal en la entrada del portal, agradeciendo a "los estudiantes que no se olvidaron de nosotros", un gesto sencillo que Mateo y yo guardaríamos siempre como uno de los reconocimientos más valiosos de toda nuestra vida juntos.
El representante de Grupo Cross que había asistido a la presentación resultaría ser, con el tiempo, un aliado inesperado dentro de la propia empresa de mi padre, defendiendo internamente la ampliación de proyectos similares al de Sierra Gorda, convencido, según nos confesaría más adelante, de que aquella tarde había presenciado el futuro que la responsabilidad social corporativa debería tener en cualquier empresa seria.
Andrea y Lucía, las otras dos compañeras de ICADE del grupo, confesarían meses después que aquel proyecto había sido, sin lugar a dudas, la experiencia universitaria que más las había marcado hasta entonces, aunque ninguna de las dos hubiera vivido la transformación tan profunda que Valentina experimentó a lo largo de aquel semestre inolvidable.
Aquella placa que doña Pilar insistió en colocar en la entrada del edificio, meses después de terminadas las obras, llevaría grabados, junto a los nombres de Mateo y Valentina, una pequeña frase que la propia vecina había elegido personalmente: "Aquí, dos jóvenes nos enseñaron que nadie debería sentirse invisible en su propia casa", un homenaje sencillo que ambos guardarían siempre como uno de los reconocimientos más sinceros de toda su vida juntos.
Marisa, la coordinadora de la ONG que había supervisado todo el proyecto desde el principio, escribiría, años más tarde, un pequeño artículo para una revista especializada en trabajo social citando el caso de Sierra Gorda como ejemplo destacado de colaboración interuniversitaria exitosa, mencionando expresamente a Mateo y Valentina como los estudiantes que, según sus propias palabras, "restauraron su fe en las nuevas generaciones".
Aquella tortilla imperfecta, aquel primer beso en el Retiro, aquella bolsa de comida a las once de la noche: todos esos pequeños momentos, aparentemente insignificantes por separado, terminarían componiendo, con el paso de los años, el mosaico completo de una historia de amor que ni Mateo ni Valentina habrían podido imaginar, aquel primer martes lluvioso de otoño, que estaban a punto de empezar a escribir juntos.