Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 9 — Valentina
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Capítulo 9 — Valentina

La presentación final del proyecto de Sierra Gorda se celebró un viernes por la mañana en el salón de actos del ayuntamiento del distrito, ante un tribunal formado por Marisa, dos técnicos municipales, la profesora Iris Moreno y, para sorpresa de todos, un representante del departamento de Responsabilidad Social Corporativa de Grupo Cross, al que mi padre había enviado después de que le mandara el informe completo, tal y como me había prometido.

Mateo y yo presentamos juntos, alternando entre los aspectos técnicos del proyecto arquitectónico y la memoria económica que habíamos construido entre los dos durante los últimos meses, apoyándonos en unas diapositivas que habíamos preparado durante toda la semana anterior, muchas veces hasta la madrugada, en la biblioteca de la ETSAM porque era el único sitio donde podíamos sentarnos juntos sin que nadie hiciera preguntas.

Cuando terminamos, hubo un silencio breve, de esos silencios que en cualquier presentación se sienten eternos, antes de que la técnica municipal levantara la mano.

—Esto es, con diferencia, el proyecto mejor documentado que hemos recibido de la universidad en los últimos cinco años —dijo—. La combinación de la propuesta técnica con la estructura de financiación es exactamente lo que necesitábamos para poder aprobar esto con garantías.

El representante de Grupo Cross, un hombre de mediana edad con gafas y un traje mucho menos ostentoso que los que solía ver en las oficinas de mi padre, añadió que la empresa estaba dispuesta a cubrir la diferencia que quedara después de la subvención municipal, como parte de su compromiso de responsabilidad social, algo que ni siquiera yo me esperaba del todo, a pesar de haber insistido tanto en ello.

Doña Pilar, que había venido a la presentación acompañada de dos vecinas más del edificio, se levantó al final, con lágrimas en los ojos, y dijo unas palabras que se me quedaron grabadas para siempre:

—Llevo trece años sintiéndome como si mi casa no le importara a nadie. Gracias a estos dos chicos, este invierno voy a dormir sin miedo por primera vez en mucho tiempo.

Cuando salimos del ayuntamiento, todavía con la adrenalina de la presentación corriéndonos por las venas, Mateo me cogió de la mano en plena calle, algo que jamás habíamos hecho en público, ni siquiera en los sitios menos frecuentados del barrio, y me miró con una expresión de felicidad tan pura que sentí que el pecho se me llenaba de algo cálido y ligero al mismo tiempo.

—Lo hemos conseguido —dijo, casi sin creérselo del todo—. De verdad lo hemos conseguido.

—Lo hemos conseguido —repetí, y en ese momento, en plena calle, delante de Marisa y de la profesora Moreno y de cualquiera que quisiera mirar, lo besé, sin importarme absolutamente nada más que la felicidad del momento.

· · ·

Esa noche, para celebrarlo, Mateo me llevó a un sitio que él llamaba "mi lugar favorito de todo Madrid", que resultó ser la azotea del edificio donde vivía Bruno, seis pisos sin ascensor hasta una terraza comunitaria improvisada con sillas de plástico y macetas de tomates que cultivaba un vecino jubilado, desde donde se veía, sorprendentemente, una panorámica preciosa de todo el sureste de la ciudad.

Bruno se unió a nosotros un rato, con una caja de cervezas y una sonrisa que ya no escondía ninguna reticencia hacia mí, después de meses viéndonos crecer como pareja y, supongo, después de comprobar por sí mismo que yo no era exactamente lo que había temido al principio.

—Tenía razón en algo, al menos —me dijo Bruno, en un momento en que Mateo había bajado a buscar más hielo—. Dije que no eran mundos hechos para encajar. Pero no dije que fuera imposible que alguien se esforzara en construir el puente.

—¿Y crees que lo hemos construido?

Bruno se quedó pensativo un momento, mirando hacia las luces de la ciudad.

—Creo que estáis en el proceso —dijo—. Y creo que Mateo no ha sido tan feliz en años. Así que, por mí, adelante.

Cuando Mateo volvió con el hielo, nos sentamos los tres en esa azotea improvisada, hablando de todo un poco, riéndonos de anécdotas del barrio que yo no entendía del todo pero que empezaba a disfrutar de todas formas, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que había encontrado un lugar donde de verdad encajaba, aunque ese lugar no tuviera absolutamente nada que ver con el que me habían asignado desde el día en que nací.

· · ·

Fue exactamente una semana después, en la peor de las coincidencias posibles, cuando todo empezó a torcerse.

Mi madre había organizado una comida familiar en casa, una de esas comidas de domingo con toda la familia extendida —tíos, primos, mi abuela materna incluida— para celebrar el sesenta cumpleaños de mi padre, con un catering elegante y fotógrafo incluido, porque en mi familia hasta los cumpleaños privados terminan pareciendo eventos de relaciones públicas.

Mateo no estaba invitado, por supuesto —nadie en mi familia sabía todavía de su existencia—, pero habíamos quedado en vernos esa misma tarde, un par de horas después de que terminara la comida, en un parque cercano a mi casa donde solíamos encontrarnos cuando él venía a mi barrio, que era mucho menos frecuente que al revés, pero que ocurría de vez en cuando.

Lo que no había calculado bien era el horario.

La comida familiar se alargó más de lo previsto, y cuando por fin conseguí escaparme, con la excusa de que había quedado con Renata, ya llegaba con casi cuarenta minutos de retraso, y Mateo, esperándome en el parque, había decidido acercarse hasta la puerta de mi casa para ver si me encontraba, algo que jamás había hecho antes precisamente para evitar cualquier posibilidad de que alguien de mi familia lo viera.

La mala suerte quiso que llegara justo en el momento en que los últimos invitados se despedían en la puerta, entre ellos mi tía Cecilia, la hermana mayor de mi padre, una mujer que se precia de conocer, literalmente, a todo el mundo que importa en Madrid, y que se quedó mirando a Mateo con una curiosidad que no auguraba nada bueno.

—¿Y tú quién eres, jovencito? —le preguntó, con ese tono suyo entre amable y examinador que usaba siempre con cualquiera que no reconociera de inmediato.

—Soy... un compañero de Valentina —respondió Mateo, visiblemente incómodo, sin saber muy bien qué más decir.

—¿Compañero de qué, exactamente?

Salí en ese momento, justo a tiempo para escuchar la pregunta, y mi tía Cecilia se giró hacia mí con una expresión que ya conocía de sobra, la expresión de quien está a punto de convertir un dato inocente en el cotilleo de la temporada.

—Valentina, cariño, no sabía que tenías compañeros de universidad en...

—se detuvo, mirando de nuevo a Mateo de arriba abajo, evaluando su ropa, su forma de hablar, todo lo que su instinto social entrenado durante décadas le decía que no encajaba con el resto de la fiesta que acababa de terminar— ... bueno, en fin. Un placer, jovencito.

Se despidió y se fue, pero supe, con una certeza fría e inmediata, que aquella no sería la última vez que oyera hablar del tema. Mi tía Cecilia no dejaba pasar un dato así sin comentarlo, sin indagar, sin convertirlo en la comidilla de la próxima cena familiar.

—Lo siento —me dijo Mateo, cuando por fin nos quedamos solos, con la voz cargada de una tensión que no le había oído antes—. No debí haber venido hasta aquí.

—No es culpa tuya.

—¿Va a ser un problema?

No supe qué contestarle, porque en el fondo ya conocía la respuesta, y esa respuesta me llenaba de un miedo que llevaba semanas evitando enfrentar de verdad: tarde o temprano, mi familia iba a enterarse de todo, y cuando eso pasara, la burbuja tranquila en la que Mateo y yo habíamos estado viviendo iba a estallar de una manera que ninguno de los dos estaba del todo preparado para afrontar.

—No lo sé —admití, finalmente—. Pero prefiero no pensarlo todavía.

Fue, mirando atrás, la primera mentira de verdad que me dije a mí misma en toda la relación. Y como todas las mentiras de ese tipo, tardó exactamente el tiempo necesario en desmoronarse.

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Los preparativos para la presentación final ocuparon casi por completo la última semana antes del acto, con Mateo y yo reuniéndonos cada tarde en la biblioteca de la ETSAM, un edificio que había llegado a conocer casi tan bien como mi propia facultad, con sus mesas de madera gastada y sus ventanales enormes que dejaban entrar una luz dorada durante las últimas horas de la tarde.

—Creo que deberíamos empezar la presentación con la historia de doña Pilar —le dije a Mateo, mientras revisábamos por enésima vez el orden de las diapositivas—. Los números importan, pero lo que de verdad va a convencer al tribunal es que entiendan que hay personas reales detrás de cada cifra.

—Estoy de acuerdo. —Sonrió, con esa mirada que ya reconocía como suya, mezcla de cansancio y de una determinación tranquila—. Se nota que has aprendido algo en estos meses.

—He aprendido mucho más que "algo", Mateo Rueda. He aprendido más en este proyecto que en dos años enteros de carrera.

No exageraba. Aquel proyecto me había enseñado cosas que ningún libro de texto de Empresariales había conseguido enseñarme: la diferencia real entre un presupuesto en una hoja de cálculo y el impacto concreto que ese presupuesto tenía en la vida de dieciséis familias; la satisfacción de ver una idea, trabajada con esfuerzo genuino, convertirse en algo tangible; y, sobre todo, la certeza tranquila de que el tipo de trabajo que de verdad me llenaba no tenía nada que ver con lo que mi familia llevaba toda la vida planeando para mí.

Esa noche, mientras ensayábamos la presentación por última vez en la biblioteca casi vacía, con los últimos rayos de sol entrando oblicuos por los ventanales, sentí una certeza extraña instalarse en mi pecho: fuera cual fuera el resultado de la presentación del día siguiente, fuera cual fuera el camino que mi vida tomara después de aquel semestre, ya nunca volvería a ser la misma persona que había entrado, con desgana, en aquella primera reunión del centro social hacía apenas unos meses.

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