Capítulo 7 — Valentina #2
Lo sabía, por supuesto. Llevaba veintiún años conociendo exactamente cómo eran los Íñigos de mi círculo, con su curiosidad disfrazada de interés y su condescendencia disfrazada de cumplido.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí que no me importaba tanto lo que pensaran, porque lo que sentía por Mateo era lo bastante real y lo bastante fuerte como para sostenerse frente a cualquier comentario incómodo que la fiesta pudiera traer consigo.
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Al día siguiente de la fiesta, ya con el sol bien alto y una sensación de felicidad que no conseguía borrarme de la cara por mucho que lo intentara, Renata se presentó en mi casa sin avisar, algo que hacía desde que teníamos doce años cuando tenía algo urgente que discutir conmigo.
—Cuéntamelo todo —me exigió, sentándose en el borde de mi cama con la misma expresión que ponía de pequeña cuando quería que le contara el final de una película antes de que la hubiera visto—.
Desaparecisteis de la fiesta sin decir nada, y hoy tienes la cara de alguien que se ha pasado la noche haciendo algo mucho más interesante que dormir.
Le conté todo, por fin, sin ocultar ningún detalle: el paseo hasta el Retiro, el banco junto al estanque, el beso bajo el cielo que empezaba a clarear. Renata escuchó con una atención que rara vez mostraba, sin interrumpir ni una sola vez, hasta que terminé el relato entero.
—Val —dijo, al final, con una seriedad que no le conocía del todo—, nunca te había visto así. Ni con Rodrigo en el instituto, ni con nadie después. Esto es distinto.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer con tus padres?
Era la pregunta que llevaba días evitando responderme a mí misma, la pregunta que se había colado en cada momento de felicidad de las últimas semanas como una sombra persistente.
—No lo sé, la verdad. Pero sea lo que sea, voy a intentarlo. Merece la pena intentarlo.
Renata me abrazó entonces, con una fuerza que no esperaba, y aunque no dijo nada más sobre el tema, supe, por la manera en que me apretó los hombros antes de soltarme, que estaba de mi parte, pasara lo que pasara con mi familia, pasara lo que pasara con el resto del mundo que, según todas las reglas no escritas en las que habíamos crecido juntas, decía que aquello nunca debería haber pasado.
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Unas semanas después de la fiesta de Renata, decidí devolver el gesto de Mateo de una manera distinta: en lugar de invitarlo a otro evento de mi círculo, le propuse que pasáramos un día entero explorando Madrid como dos turistas cualquiera, lejos de Vallecas y lejos de Salamanca, en terreno neutral.
Elegimos el Rastro, un domingo por la mañana, un lugar que yo conocía solo de pasada, de alguna visita rápida de niña con mi abuela, y que Mateo, para mi sorpresa, tampoco frecuentaba demasiado a pesar de vivir relativamente cerca.
—Nunca vengo los domingos —me confesó, mientras nos abríamos paso entre los puestos de antigüedades y ropa vintage—. Entre semana no tengo tiempo, y los domingos suelo aprovechar para adelantar trabajos de la universidad.
—Pues hoy no vas a adelantar nada. Hoy es día de turistas.
Pasamos la mañana entera curioseando entre puestos de discos de vinilo, de libros de segunda mano, de ropa que ninguno de los dos necesitaba pero que terminamos comprando de todas formas, riéndonos de lo absurdo de algunos objetos que la gente vendía —una colección completa de posavasos de cervezas belgas, un juego de té desparejado, un cuadro que representaba, según el vendedor, "una interpretación abstracta de la М-30 al atardecer"—.
Comimos en un bar pequeño cerca de la plaza de Cascorro, unos callos que Mateo insistió que tenía que probar y que resultaron ser, para mi sorpresa, deliciosos, muy distintos de cualquier cosa que hubiera probado en los restaurantes elegantes que solía frecuentar con mi familia.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar contigo?
—le dije, mientras compartíamos una ración de croquetas—.
Que contigo no tengo que fingir que sé de vinos, ni que me interesa la última exposición de arte contemporáneo, ni ninguna de esas cosas que mi mundo da por sentado que debo saber. Contigo puedo simplemente ser.
—Contigo yo tampoco tengo que fingir que todo me va perfectamente, que no me preocupa el dinero, que no tengo miedo constante a perder la beca.
—Sonrió, con esa media sonrisa suya que ya conocía tan bien—.
Creo que los dos hemos encontrado, en el otro, un descanso de todo lo que se supone que deberíamos ser.
Terminamos el día sentados en las escaleras de la iglesia de San Andrés, viendo pasar a la gente, sin ninguna prisa por volver a nuestras respectivas vidas, disfrutando de esa sensación rara y preciosa de anonimato compartido que ninguno de los dos solía experimentar en sus mundos habituales.
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Unas semanas después de nuestra escapada al Rastro, decidimos organizar algo que llevábamos tiempo posponiendo: presentarme oficialmente a Sole, la jefa de Mateo en el café, y al resto de sus compañeros de trabajo, un pequeño grupo que, según me había contado él mismo, funcionaba casi como una segunda familia dentro de su rutina diaria.
Sole me recibió con un cariño inmediato que no esperaba de una desconocida, invitándome a sentarme en la barra mientras Mateo terminaba su turno, y aprovechando cada minuto libre para hacerme preguntas sobre mí, sobre mi familia, sobre cómo nos habíamos conocido, con una curiosidad genuina que no tenía nada que ver con el juicio silencioso que había sentido en la fiesta de Renata.
—Este chico lleva trabajando aquí desde que tenía diecisiete años —me contó, mientras Mateo atendía a un cliente al otro lado del local—. Nunca ha faltado un solo día, ni siquiera cuando estaba con cuarenta de fiebre. Es de los buenos, ¿sabes? De los que ya no quedan tantos.
—Lo sé.
—Cuídalo bien, ¿eh? Que se merece que alguien, por fin, le cuide a él en lugar de que él tenga que cuidar siempre de todo el mundo.
Aquellas palabras se me quedaron grabadas durante días, porque ponían en palabras algo que yo misma había empezado a notar en Mateo: esa tendencia suya a anteponer siempre las necesidades de los demás —su familia, sus amigos, incluso las familias del edificio de Sierra Gorda— a las suyas propias, una generosidad silenciosa que admiraba profundamente pero que también me preocupaba, porque sospechaba que, en algún momento, aquel desgaste constante terminaría pasándole factura si nadie se preocupaba de cuidarlo a él también.
Aquella tarde en el café, viendo a Mateo moverse con soltura entre las mesas, bromeando con los clientes habituales, tratando a cada uno con una atención genuina que iba mucho más allá de lo que su trabajo exigía estrictamente, entendí con mayor claridad por qué me había enamorado de él de una manera tan profunda: no era solo su inteligencia, ni su determinación, ni siquiera su belleza, sino esa bondad constante y silenciosa que impregnaba cada aspecto de su vida, desde el trato con sus clientes hasta el compromiso incondicional con las familias de Sierra Gorda.
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Aquella noche del Retiro, ya de madrugada, mientras esperábamos el coche de Ramón, Mateo me confesó algo más que llevaba guardándose desde hacía tiempo.
—Bruno me advirtió que tuviera cuidado contigo —me dijo, con una sonrisa tímida—. Que nuestros mundos no estaban hechos para encajar.
—¿Y tú qué piensas ahora?
—Pienso que a veces vale la pena intentar construir un puente, aunque nadie más crea que sea posible.
Lo besé de nuevo, ahí mismo, bajo la luz tenue de la farola, sellando con ese gesto una promesa silenciosa que ninguno de los dos necesitaba pronunciar en voz alta para saber que ambos estábamos dispuestos a cumplir.
Guardamos aquel banco del Retiro como un lugar sagrado dentro de nuestra pequeña mitología compartida, volviendo a él en cada aniversario, en cada momento importante de nuestra relación, convencidos de que aquel rincón concreto del parque guardaba, de alguna manera, la memoria exacta de todo lo que habíamos construido juntos esa primera noche.
El Rastro, con el tiempo, se convertiría también en una tradición dominical ocasional para los dos, un ritual sencillo que repetíamos siempre que el horario nos lo permitía, coleccionando objetos absurdos y recuerdos compartidos que, años después, seguirían decorando, de una manera u otra, cada casa en la que viviéramos juntos.
Íñigo, el chico que había hecho aquel comentario condescendiente sobre "contactos" en la fiesta, se cruzaría de nuevo con Mateo años después, en un contexto profesional muy distinto, y tendría ocasión de comprobar, con cierta vergüenza retrospectiva, cuánto talento genuino había subestimado aquella primera noche en la azotea del hotel.
Aquel día en el Rastro, buscando entre puestos de antigüedades sin ningún objetivo concreto, encontramos también, sin buscarla, una vieja fotografía en blanco y negro de un barrio obrero de Madrid de los años sesenta que, por pura casualidad, Valentina reconocería después como uno de los primeros proyectos de vivienda social que había construido su propio bisabuelo, un hallazgo que ambos interpretaron, medio en broma medio en serio, como una señal del destino.
Aquella cámara réflex gastada que Mateo llevaba siempre en la mochila durante las visitas al edificio terminaría produciendo, con el tiempo, un pequeño archivo fotográfico de todo el proceso de rehabilitación, imágenes que Valentina insistiría en enmarcar y colgar, años después, en la primera casa que compartieran juntos, como recordatorio permanente de dónde había empezado realmente su historia de amor.
Aquella copa de champán que Renata me pasó al inicio de la fiesta, aparentemente insignificante, se convertiría en un pequeño chiste recurrente entre las dos amigas, el símbolo de la última noche en que Valentina había intentado, sin éxito, ocultarle a su mejor amiga de toda la vida lo que de verdad sentía por dentro.