Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 8 — Mateo
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Capítulo 8 — Mateo

Las tres semanas siguientes fueron, sin exagerar, las más felices que recuerdo desde hace mucho tiempo.

Valentina y yo nos veíamos todos los días que podíamos encajar entre su horario de ICADE, el mío de la ETSAM, mis turnos en el café y mis tutorías, robándole minutos al tiempo de cualquier manera posible: un café rápido entre clases, un paseo por el Retiro al anochecer, mensajes que se alargaban hasta las tantas de la madrugada aunque los dos tuviéramos que madrugar al día siguiente.

Lo manteníamos en secreto, al menos de su entorno.

Bruno lo sabía, por supuesto —Bruno lo supo prácticamente antes que yo mismo—, y mi madre había empezado a sospechar algo al verme llegar a casa con una sonrisa que, según sus palabras, "no era normal en un estudiante de Arquitectura en época de exámenes".

Pero del lado de Valentina, nadie sabía nada, ni siquiera Renata, aunque Valentina me contaba que su amiga sospechaba desde la fiesta de cumpleaños y que solo era cuestión de tiempo que se lo confesara del todo.

—No es que tenga miedo de que Renata lo sepa —me explicó una tarde, mientras esperábamos en la cola de un cine de barrio, uno pequeño y destartalado que yo conocía desde niño y que a ella le pareció, para mi sorpresa, "el sitio más auténtico en el que había estado en años"—.

Es mi padre el que me preocupa. Si se entera antes de que yo esté preparada para contárselo, va a ser mucho peor.

No le pregunté por qué pensaba que sería peor, porque en el fondo ya lo sabía, con la misma certeza incómoda con la que Bruno me lo había advertido semanas atrás: nuestros mundos no estaban hechos para encajar sin fricción, y tarde o temprano esa fricción iba a manifestarse de una manera que ninguno de los dos podría controlar del todo.

Mientras tanto, el proyecto de Sierra Gorda avanzaba mejor de lo esperado.

La subvención que Valentina había encontrado terminó siendo aprobada, en principio, por el ayuntamiento, lo que duplicaba el presupuesto disponible y nos permitía plantear una rehabilitación mucho más completa de la que habíamos imaginado al principio: no solo arreglar la instalación eléctrica y las humedades más graves, sino también mejorar el aislamiento térmico del edificio entero, algo que reduciría de manera notable la factura de la calefacción para las dieciséis familias que vivían ahí.

Doña Pilar, cuando se lo contamos en una de nuestras visitas, se echó a llorar, algo que no había visto hacer a una persona mayor delante de mí desde el funeral de mi abuelo, y nos abrazó a los dos —a Valentina y a mí— con una fuerza que no esperaba de una mujer de su edad.

—No sabéis lo que esto significa —dijo, con la voz quebrada—. Llevo trece años sintiéndome invisible para todo el mundo que tiene el poder de arreglar esto. Y ahora vienen dos chavales de veinte años y lo consiguen en un semestre.

Valentina, a mi lado, también tenía los ojos húmedos, y en ese momento, viéndola ahí, en el salón de doña Pilar, con las manos entrelazadas con las de la anciana, entendí que lo que sentía por ella no era simplemente atracción o la emoción del secreto compartido, sino algo mucho más profundo y mucho más aterrador: la certeza tranquila de que quería que esa persona formara parte de mi vida durante mucho, mucho tiempo.

· · ·

La crisis llegó, como suelen llegar estas cosas, en el momento más inesperado.

Fue un martes por la tarde, a mitad de mi turno en el café, cuando recibí una llamada de mi madre que no esperaba, con una voz que reconocí al instante como la voz que reserva para las malas noticias, esa voz controlada y demasiado calmada que usa cuando algo va realmente mal.

—Mateo, cariño, no te asustes, pero tu padre ha tenido un accidente en el trabajo. Está en el hospital. No es grave, dicen, pero necesito que vengas.

Pedí permiso en el café —mi jefa, Sole, una mujer que llevaba el negocio con su marido desde hacía veinte años, me dejó salir sin dudarlo un segundo, algo por lo que le estaría eternamente agradecido— y cogí el metro hacia el hospital 12 de Octubre con el corazón latiéndome tan fuerte que lo sentía en los oídos.

Mi padre trabaja en la construcción, subcontratado por distintas empresas según la obra, sin ningún tipo de estabilidad ni de red de seguridad más allá de lo mínimo legal.

Ese día, una plataforma elevadora había fallado en una obra en las afueras de Madrid, y mi padre se había caído desde poco más de dos metros de altura, lo suficiente para romperse la muñeca y fisurarse dos costillas, pero no lo suficiente, gracias a algún milagro que nunca terminé de entender del todo, para que fuera mucho peor.

Cuando llegué al hospital, mi madre estaba en la sala de espera, todavía con el uniforme del trabajo, con una expresión de agotamiento que envejecía su cara diez años de golpe.

—Va a estar bien —me dijo, abrazándome con fuerza—. Pero no va a poder trabajar durante al menos seis semanas. Y la empresa no tiene ninguna obligación de pagarle nada, porque el contrato es de obra y servicio, así que en cuanto termine la baja médica...

No terminó la frase, pero no hacía falta.

Los dos sabíamos exactamente lo que significaba: seis semanas, como mínimo, sin el sueldo de mi padre, que era, junto con el de mi madre, lo único que mantenía la casa a flote.

Seis semanas que se traducían, en números concretos que ya empezaba a calcular en mi cabeza mientras esperábamos a que nos dejaran pasar a verlo, en un agujero económico que no sabía cómo íbamos a tapar.

Pensé, casi de manera automática, en dejar la universidad ese mismo semestre para trabajar más horas.

Lo pensé con una claridad fría, práctica, la misma con la que planificaba cualquier otra cosa en mi vida, sin apenas espacio para el drama, porque el drama es un lujo que la gente como yo no siempre se puede permitir.

Le escribí a Valentina esa noche, tarde, cuando ya había vuelto a casa después de pasar horas en el hospital y de tener la primera de muchas conversaciones incómodas con mi madre sobre cómo íbamos a arreglárnoslas.

"Mi padre ha tenido un accidente en el trabajo. Está bien, pero va a estar sin poder trabajar un tiempo. Las cosas se van a poner difíciles en casa."

No esperaba nada en concreto al mandar ese mensaje, más que quizás algo de consuelo, unas palabras amables antes de dormir.

Lo que no esperaba era que, veinte minutos después, sonara el timbre del portal de mi casa, y que al asomarme por la ventana viera a Valentina ahí abajo, en la calle, a las once de la noche, sin previo aviso, con una bolsa de comida para llevar de un restaurante que reconocí porque había pasado por delante mil veces sin poder permitírmelo nunca.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, bajando corriendo las escaleras, todavía sin creerme del todo que estuviera ahí, en mi barrio, sola, a esas horas.

—No podía quedarme en casa sabiendo que estabas mal —dijo, tendiéndome la bolsa—. He pensado que igual no habíais cenado, con todo el lío del hospital.

Mi madre, cuando la vio, la abrazó como si la conociera de toda la vida, y aunque Valentina se quedó solo una hora, sentada en nuestra cocina pequeña, comiendo con nosotros de la misma bolsa de comida que había traído, hablando con mi madre sobre el hospital y con mi padre —al que fuimos a ver brevemente al día siguiente— con una naturalidad y un respeto que no esperaba de alguien criado entre inversores catalanes y cenas de aniversario en el Villa Magna, entendí, con una claridad que se me quedó grabada para siempre, que Bruno se había equivocado en algo fundamental.

No todos los mundos son incompatibles. Algunos, simplemente, necesitan a alguien dispuesto a cruzar la distancia entre ellos con una bolsa de comida a las once de la noche, sin que nadie se lo pida.

· · ·

Los días siguientes al accidente de mi padre, la casa entera pareció encogerse alrededor de las cuentas: cuánto podíamos ahorrar en la compra, si se podía retrasar el pago del recibo de la luz un par de semanas, si mi madre podía pedir algún turno extra en el hospital sin desatender del todo el cuidado de mi padre, que necesitaba ayuda para las cosas más básicas con la muñeca escayolada y las costillas fisuradas.

Valentina se convirtió, sin que nadie se lo pidiera, en una presencia constante durante esas semanas, aunque procurando siempre no invadir demasiado, consciente de que aquel no era su terreno y de que cualquier gesto mal calculado podía sentirse más como caridad que como apoyo genuino.

—¿Puedo ayudar en algo? —me preguntó una tarde, mientras yo hacía cuentas en un cuaderno, intentando encontrar la manera de cuadrar el mes—. No me refiero a dinero, sé que eso no lo aceptarías. Me refiero a algo práctico.

—No hace falta, de verdad.

—Mateo. Déjame ayudar.

Al final, entre los dos, organizamos un sistema de tutorías extra los fines de semana, aprovechando que Valentina conocía a varias familias de su entorno que buscaban profesores particulares de matemáticas y física para sus hijos menores, dispuestas a pagar bastante más de lo que yo cobraba normalmente en Vallecas.

No era caridad, me aseguré de dejarlo claro desde el principio: era trabajo real, bien remunerado, que además me permitía moverme en un ambiente completamente distinto al que estaba acostumbrado.

La primera de esas tutorías fue con un chico de catorce años, hijo de unos conocidos de la familia de Valentina, en un piso de la calle Velázquez tan grande que mi casa entera habría cabido, calculé mentalmente, dentro de su salón.

El chico, que se llamaba Nico, resultó ser bastante más simpático de lo que había anticipado, y aunque el contraste con mis tutorías habituales en Vallecas era evidente —la casa, los materiales, la falta total de preocupación económica de fondo—, descubrí que la enseñanza en sí misma no cambiaba tanto de un mundo a otro: seguía siendo, en esencia, la misma paciencia, la misma satisfacción al ver que un concepto por fin hacía clic en la cabeza de alguien.