Capítulo 7 — Valentina
La idea se me ocurrió un jueves, mientras repasaba con Renata la lista de invitados para su cumpleaños, que ese año había decidido celebrar con una fiesta en la azotea de un hotel boutique del centro, de esas fiestas con barra libre de gin-tonics de autor y un DJ que cobraba más por dos horas de lo que Mateo ganaba en un mes entero de turnos en el café.
—Tienes que traer a alguien —me dijo Renata, sin levantar la vista de la lista—. Todo el mundo trae a alguien. No puedes venir sola otra vez, Val, la gente empieza a hacerse preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Ya sabes. Si sigues soltera por elección o porque nadie te aguanta.
Puse los ojos en blanco, pero la idea ya se me había instalado en la cabeza antes de que Renata terminara la frase: ¿y si traía a Mateo?
No como pareja, exactamente —no habíamos hablado de eso, ni siquiera nos habíamos besado todavía, aunque los dos sabíamos, sin decirlo, que algo se estaba cociendo entre nosotros desde aquella noche en el bar de Vallecas—, sino como amigo.
Como alguien a quien quería enseñarle, por una vez, mi mundo, de la misma manera que él me había enseñado el suyo.
Se lo propuse esa misma noche, por mensaje, con más nervios de los que estaba dispuesta a admitir.
"Mi mejor amiga cumple años el sábado. Va a haber una fiesta en la azotea de un hotel. ¿Te apetecería venir?"
La respuesta tardó más de lo habitual en llegar, y cuando llegó, no era exactamente un sí.
"No sé si encajo mucho en ese tipo de planes, Valentina."
"Ven de todas formas. Quiero que conozcas a mi mundo, ya que yo he conocido el tuyo."
Otra pausa larga.
"Vale. Pero si me pongo raro, es cosa tuya por invitarme."
Sonreí al leerlo, con una sonrisa que Renata, si me hubiera visto en ese momento, habría reconocido al instante.
· · ·
El sábado por la noche, Mateo llegó a la puerta del hotel con quince minutos de retraso —algo impropio de él, que solía ser de una puntualidad casi militar— y con una camisa que claramente no era suya, porque le quedaba un poco ancha de hombros.
—Es de Bruno —me confesó, mientras subíamos juntos en el ascensor de cristal hacia la azotea, con Madrid extendiéndose abajo en un mar de luces—. La mía tenía una mancha que no conseguí quitar a tiempo. No tengo muchas camisas de estas, la verdad.
Lo dijo con un tono desenfadado, casi de broma, pero noté en su voz una vulnerabilidad que no le había visto hasta entonces, y sentí una punzada de culpa por haberle pedido que viniera a un sitio así sin pensar bien en lo que eso podía suponer para él.
—Estás genial —le dije, y lo pensaba de verdad.
La azotea, cuando llegamos, estaba ya llena de gente que reconocía de toda la vida: compañeros del colegio, primos segundos de Renata, algún que otro chico del círculo de mi padre que se había colado en la lista de invitados por motivos que no me molesté en indagar.
Las luces eran cálidas, la música sonaba a un volumen exactamente calculado para permitir conversación sin gritar, y los camareros circulaban con bandejas de cócteles con nombres que sonaban más a poesía que a bebida.
Presenté a Mateo a Renata primero, que lo miró de arriba abajo con una discreción que no era del todo discreta, y después a un grupo de conocidos que fueron acercándose poco a poco, atraídos por la curiosidad natural de ver una cara nueva.
—¿Y tú a qué te dedicas? —le preguntó alguien, un chico llamado Íñigo que había ido al colegio conmigo y que ahora trabajaba en el negocio familiar de su padre, algo relacionado con seguros.
—Estudio Arquitectura. En la ETSAM.
—Ah, qué bien. ¿Y tienes ya algún proyecto en mente? Mi padre siempre dice que la arquitectura es un negocio de contactos, más que de talento.
Vi cómo la mandíbula de Mateo se tensaba ligeramente, ese gesto que ya reconocía en él cuando algo le molestaba pero decidía no responder de inmediato.
—Estoy trabajando en un proyecto de rehabilitación de vivienda social en Vallecas, la verdad —contestó, con una calma que admiré profundamente—. No es muy glamuroso, pero es el trabajo que me importa.
—Qué bonito eso —dijo Íñigo, con un tono que sonaba a condescendencia más que a admiración genuina, antes de cambiar rápidamente de tema hacia algo relacionado con su último viaje a Ibiza.
Durante la siguiente hora, seguí notando pequeños gestos de ese tipo: preguntas hechas con curiosidad más de exhibición que de interés real, comentarios sobre "lo refrescante" que era conocer a alguien "tan distinto", miradas rápidas hacia su ropa, hacia sus zapatos, evaluándolo de una manera que yo misma habría hecho, sin darme cuenta, hace apenas dos meses.
Mateo aguantó todo con una entereza que me sorprendió, contestando con humor cuando podía, con seriedad cuando la situación lo requería, sin dejarse avasallar ni una sola vez, pero hacia la medianoche noté que empezaba a estar cansado de una manera distinta al cansancio físico, un agotamiento más parecido al de quien lleva horas actuando en un escenario que no es el suyo.
—¿Quieres que nos vayamos un rato de aquí? —le pregunté, acercándome a él junto a la barandilla de la azotea, desde donde se veía el skyline entero de Madrid iluminado.
—¿A dónde?
—A cualquier sitio que no sea esto.
Sonrió, con un alivio que no intentó disimular, y bajamos juntos en el ascensor, escapándonos de la fiesta sin que casi nadie se diera cuenta, salvo Renata, que me lanzó una mirada desde el otro lado de la azotea que decía, sin necesidad de palabras, "ya hablaremos de esto mañana".
· · ·
Caminamos sin rumbo fijo durante un buen rato, por las calles del centro ya casi vacías a esa hora, hasta que llegamos al Retiro y nos sentamos en un banco cerca del estanque, donde solo se oía el rumor lejano del tráfico y, de vez en cuando, alguna gaviota despistada.
—Perdona por lo de antes —le dije—. No pensé bien en cómo iba a ser esto para ti.
—No pasa nada. —Se encogió de hombros, mirando hacia el agua oscura del estanque—.
Ya me lo esperaba, más o menos. Es raro, ¿sabes?
Es exactamente el mismo sentimiento que tuviste tú el primer día en Vallecas, solo que al revés.
La sensación de estar en un sitio donde todo el mundo sabe las reglas menos tú.
—Lo siento mucho.
—No lo sientas. Quería venir. Quería ver tu mundo, de verdad, aunque me haya sentido como un pez fuera del agua casi toda la noche. —Se giró para mirarme, con una expresión seria que me hizo contener la respiración—. Lo único que ha merecido la pena ha sido estar contigo.
No supe qué decir. O, más bien, sabía exactamente qué quería hacer, pero llevaba semanas conteniéndome, con el miedo constante a estropear algo que se sentía tan frágil y tan real al mismo tiempo.
—Mateo...
—Dime.
Iba a decir algo —no sé exactamente qué, porque nunca llegué a formar la frase del todo— cuando él se acercó, despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería, y me besó, ahí, en un banco del Retiro a las dos de la madrugada, con el rumor lejano de Madrid como único testigo.
Fue un beso breve, casi tímido al principio, y luego más seguro, más real, de esos besos que se recuerdan durante años enteros con una claridad que ningún otro recuerdo consigue igualar.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos dijo nada durante un rato, como si hablar pudiera romper el hechizo de lo que acababa de pasar.
—Llevo queriendo hacer eso desde la noche del bar —confesó él, al final, con una sonrisa que no le había visto nunca, una sonrisa completamente desarmada, sin ninguna de sus defensas habituales.
—Yo desde el primer día, cuando me dijiste que era "solo información" —bromeé, y él se rio, una risa sincera que resonó en el silencio del parque.
—Qué idiota fui.
—Un poco, sí.
Nos quedamos ahí, en ese banco, hasta que el cielo empezó a clarear ligeramente por el este, hablando de todo y de nada, sin ninguna prisa por terminar la noche, conscientes los dos, sin necesidad de decirlo en voz alta, de que algo había cambiado de manera irreversible entre nosotros, y de que ese cambio traía consigo tantas preguntas como certezas.
Cuando por fin llamé a Ramón para que viniera a buscarme —ya con el sol asomando tímidamente sobre los tejados—, Mateo me acompañó hasta la esquina donde solíamos despedirnos, y antes de que llegara el coche, me besó una vez más, más despacio esta vez, como si quisiera memorizar la sensación para poder evocarla después, durante las horas en que no estuviéramos juntos.
—Buenas noches, Valentina Cross —dijo, con una sonrisa que llevaría grabada en la memoria durante mucho, mucho tiempo—. Creo que me he enamorado de la persona menos indicada del mundo entero.
—Yo también, Mateo Rueda —contesté—. Yo también.
· · ·
Los días previos a la fiesta de Renata, me descubrí a mí misma más nerviosa de lo que había estado en mucho tiempo, revisando el armario entero buscando algo que no resultara "demasiado" de ninguna manera concreta, aunque no sabría explicar con precisión qué era exactamente lo que temía que resultara excesivo.
—Es solo una fiesta, Val —me dijo Renata, por teléfono, cuando le confesé mis dudas sobre qué ponerme—. No es la boda del siglo.
—Ya lo sé. Es que quiero que se sienta cómodo.
—¿Quién?
Me quedé callada un segundo de más, y Renata, al otro lado de la línea, soltó una carcajada que reconocí perfectamente.
—Lo vas a traer, ¿verdad? Al chico de Vallecas.
—Se llama Mateo.
—Lo sé, Val, todo el mundo en el colegio ya lo sabe, gracias a mi radar infalible para estas cosas. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su tono era más suave, más sincero—. Me alegro, ¿sabes? Llevas meses distinta. Mejor. Más tú, si eso tiene sentido.
—Tiene sentido.
—Solo prepárate para las preguntas incómodas de Íñigo y compañía. Ya sabes cómo son.