Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 6 — Mateo #2
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Capítulo 6 — Mateo #2

Me reí, un poco avergonzado, y mi madre, con esa sabiduría silenciosa que la caracterizaba, no insistió más de lo necesario, dejando la puerta abierta para que yo hablara si quería, sin presionar.

—Hay una chica —le confesé, al final, mientras esperábamos la vez en la pescadería—. Del proyecto de Sierra Gorda. Se llama Valentina.

—¿La de la familia Cross? —Mi madre levantó una ceja, con una expresión que no supe interpretar del todo—. He oído hablar de esa familia en el hospital. Donan bastante dinero para la unidad de pediatría, si no recuerdo mal.

—Esa misma.

Mi madre se quedó pensativa un momento, sopesando la noticia con la misma cautela práctica con la que sopesaba cualquier decisión importante de la familia.

—Ten cuidado, Mateo. No por ella, que por lo que cuentas parece buena chica. Sino por lo que viene después. Esas familias tienen sus propias reglas, y esas reglas no siempre dejan espacio para gente como nosotros.

—Lo sé, mamá.

—Lo sé que lo sabes. Solo quiero que también lo sientas, para que no te pille por sorpresa si las cosas se complican.

Terminamos la compra en un silencio cómodo, cargados con las bolsas de camino a casa, y aunque no volvimos a hablar del tema esa tarde, sentí que algo se había asentado entre los dos, una comprensión tácita de que mi madre, a pesar de sus advertencias, estaba de mi parte, pasara lo que pasara.

· · ·

Esa misma semana, Valentina me invitó a acompañarla a una librería pequeña cerca de su facultad, un local independiente que, según me contó, era uno de sus pocos escondites secretos en el centro de Madrid, un sitio donde nadie de su círculo social solía aparecer porque, en sus propias palabras, "no queda lo bastante exclusivo para su gusto".

Pasamos casi dos horas entre las estanterías, recomendándonos libros el uno al otro con un entusiasmo que ninguno de los dos había mostrado hasta entonces delante del otro, descubriendo gustos compartidos que iban mucho más allá de la música: novelas de ciencia ficción que a ella le apasionaban en secreto, ensayos sobre urbanismo que yo devoraba en mis pocos ratos libres, poesía que ninguno de los dos había compartido jamás con nadie de su entorno cercano por miedo a parecer demasiado sensible, demasiado vulnerable.

—Nunca había hablado de esto con nadie de mi círculo —me confesó, mientras hojeábamos un poemario en la sección de fondo—. En mi mundo, admitir que te importa la poesía se considera casi una debilidad. Prefieren hablar de arte contemporáneo, de subastas, de cosas que se puedan monetizar o presumir.

—En el mío no es tan distinto, la verdad, aunque por motivos diferentes. Entre mis amigos del barrio, leer poesía se considera de pijos, algo que no tiene sentido práctico en una vida donde cada hora cuenta para trabajar o estudiar.

—Entonces los dos hemos encontrado, en el otro, el único sitio donde podemos ser quienes de verdad somos.

Lo dijo con una naturalidad que me sorprendió, y sin embargo, al pensarlo después, entendí que tenía toda la razón: en apenas unos meses, Valentina se había convertido en la única persona delante de la cual no sentía la necesidad de fingir ni fortaleza ni indiferencia, la única persona ante la que podía mostrarme completamente vulnerable sin temor a que aquello se usara después en mi contra.

Compramos, cada uno, un libro para el otro —yo le regalé una novela de ciencia ficción que llevaba meses queriendo recomendarle a alguien, ella me regaló un ensayo sobre la historia del urbanismo obrero en Madrid que, resultó, había encargado con antelación al librero al sospechar que aquel día terminaríamos ahí—, y salimos de la librería con esa sensación cálida y tranquila que solo dan los descubrimientos compartidos, la certeza silenciosa de haber encontrado, en la persona equivocada según todo el mundo, exactamente a la persona correcta.

· · ·

Unos días después de la salida a la librería, Valentina me preguntó si podía acompañarla a una tutoría de francés que tenía cada semana con un profesor particular, no porque necesitara mi ayuda con el idioma, sino porque, según me confesó con una sonrisa traviesa, quería presumir un poco de mí delante de su profesor, un hombre mayor y encantador que llevaba dándole clases desde que ella tenía doce años y que, con el tiempo, se había convertido en una especie de confidente para ella, alguien ajeno del todo a la rigidez del círculo social de su familia.

Monsieur Lavigne, como insistía que lo llamáramos, resultó ser un hombre entrañable, con un francés impecable y un español con acento marcado que hacía que cada frase sonara ligeramente teatral, y que, para mi sorpresa, se mostró encantado de conocerme, preguntándome con genuino interés sobre mis estudios de arquitectura y sobre el proyecto de Sierra Gorda, del que Valentina, según me confesó él mismo entre risas, "no paraba de hablar en cada clase, aunque se suponía que debíamos estar practicando subjuntivo".

—Esta chica —me dijo, en un aparte mientras Valentina buscaba algo en su bolso— lleva meses más viva de lo que la he visto en años. Cuídala, joven. Y cuídate tú también, que se nota que ella siente lo mismo por ti.

Aquellas palabras, viniendo de alguien completamente ajeno a nuestro círculo, a nuestras familias, a cualquier interés más allá del bienestar genuino de Valentina, se me quedaron grabadas con una calidez especial, como una validación externa e inesperada de que lo que estábamos construyendo juntos era, en efecto, tan real y tan visible como nosotros mismos sentíamos que era.

· · ·

Una tarde, después de una de nuestras sesiones de trabajo en el proyecto, Valentina me preguntó si podía enseñarle a cocinar algo típico de mi casa, curiosa por aprender algo más allá de los platos elaborados que solía comer en su entorno habitual.

Elegimos hacer una tortilla de patatas, un clásico que, para su sorpresa, nunca había preparado con sus propias manos.

—¿En serio nunca has hecho una tortilla? —le pregunté, mientras pelaba las patatas con una torpeza evidente pero simpática.

—Nunca. En casa siempre hay alguien que cocina por nosotros.

Le enseñé, con paciencia, cada paso: cómo cortar las patatas en láminas finas, cómo controlar el punto exacto del aceite, cómo batir los huevos con la cantidad justa de sal.

Se le quemó un poco el primer intento, y se rio de sí misma con una naturalidad que contrastaba enormemente con la Valentina perfeccionista y controlada que solía mostrar en público.

—Esto es mucho más difícil de lo que parece en los vídeos de cocina —protestó, mientras raspaba los restos quemados de la sartén.

—La práctica hace al maestro. Vamos a intentarlo otra vez.

El segundo intento salió bastante mejor, y cuando por fin nos sentamos a comerla juntos, con mi madre uniéndose brevemente a la mesa antes de irse a su turno de tarde, sentí una satisfacción sencilla y genuina al verla disfrutar de algo tan modesto como una tortilla de patatas casera, con la misma intensidad con la que probablemente disfrutaba de los platos más sofisticados de los restaurantes que frecuentaba habitualmente.

—Sabe mejor que cualquier cosa que haya comido en un restaurante con estrella Michelin —me dijo, con la boca todavía medio llena, y aunque probablemente exageraba, algo en su tono me hizo pensar que, esta vez, no mentía del todo.

· · ·

Aquella tortilla de patatas, imperfecta y ligeramente quemada en su primer intento, se convirtió con el tiempo en una especie de tradición secreta entre nosotros, algo que repetíamos cada vez que necesitábamos recordarnos, en medio de la presión de nuestros mundos respectivos, lo sencillo y genuino que podía ser lo que sentíamos el uno por el otro cuando nos despojábamos de todo lo demás.

Bruno, que había presenciado de cerca la escena de la tortilla quemada gracias a una visita improvisada, no dejó pasar la oportunidad de tomarnos el pelo durante semanas, apodando cariñosamente a Valentina "la incendiaria", un mote que ella, para sorpresa de todos, terminó adoptando con orgullo y buen humor.

Monsieur Lavigne, además, se convertiría con el paso de los meses en una especie de confidente ocasional para mí también, alguien a quien Valentina insistía en llevarme de vez en cuando, no tanto para practicar francés como para disfrutar de la calidez de un adulto ajeno a nuestras familias que, sinceramente, deseaba lo mejor para los dos sin ningún interés oculto detrás.

La librería del centro de Madrid donde compartimos aquella tarde de descubrimientos literarios se convertiría, con el paso de los meses, en nuestro refugio habitual cada vez que el peso de nuestros respectivos mundos se volvía demasiado difícil de sobrellevar, un pequeño oasis de calma compartida en medio de la tormenta que, sin saberlo todavía, se avecinaba.

Aquel volumen de poesía que Mateo le regaló a Valentina en la librería terminaría convirtiéndose en uno de sus objetos más preciados, subrayado con anotaciones a lápiz en los márgenes que, con el paso de los años, documentarían de manera silenciosa y hermosa cada etapa importante de su relación.

El grupo de indie folk gallego que Mateo y Valentina descubrieron compartir como gusto secreto se convertiría, con el tiempo, en la banda sonora oficiosa de toda su relación, presente en cada viaje, en cada momento importante, en cada aniversario que ambos celebrarían juntos a lo largo de los años siguientes.

Aquel filtro de aceite que Bruno le enseñó a cambiar a Valentina en el taller se convertiría, con el tiempo, en una habilidad de la que ella presumiría con cierto orgullo travieso delante de sus amigas del colegio, disfrutando enormemente de la cara de sorpresa que ponían al descubrir esa faceta completamente inesperada de su vida.