Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 6 — Mateo
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Capítulo 6 — Mateo

Bruno me lo dijo claro, sin rodeos, un sábado por la tarde mientras le ayudaba en el taller de su padre a cambiar el embrague de un Seat viejo, con las manos manchadas de grasa hasta los codos y la radio puesta en la emisora de siempre, la que solo pone coplas y algún que otro éxito ochentero.

—Llevas tres semanas hablando de ella cada dos frases —dijo, sin levantar la vista del motor—. "Valentina dijo esto", "Valentina preguntó lo otro". Tío, ni que fuera tu novia.

—No es mi novia. Es una compañera del proyecto.

—Ya. —Bruno se limpió las manos en un trapo que ya no limpiaba nada, solo redistribuía la grasa—. Y yo soy el rey de España.

No le contesté, porque no tenía manera de rebatirle sin mentir descaradamente, y Bruno, que me conoce desde que teníamos ocho años y compartíamos pupitre en el colegio público de la esquina, sabe distinguir perfectamente cuándo estoy mintiendo.

—Mira, Mateo. —Se sentó en el capó del coche de al lado, con esa seriedad suya que solo saca para los temas que de verdad le importan—.

No te digo que no te guste. Te digo que tengas cuidado.

Esa chica, cuando el proyecto se acabe, vuelve a su mundo.

Boda con algún abogado de bufete, casa en Salamanca, veranos en Marbella.

Y tú te quedas aquí, en Vallecas, con la beca que renuevas cada año con el corazón en la boca.

No son mundos que encajen, tío. Y prefiero decírtelo yo ahora, con cariño, a que te lo enseñe la vida más adelante, con hostias.

Sabía que tenía razón. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el embrague del Seat necesitaba un disco nuevo y no solo un ajuste.

Pero saber algo con la cabeza y sentirlo con el resto del cuerpo son cosas completamente distintas, y llevaba ya varias semanas descubriendo, con cierta alarma, que mi cuerpo llevaba la delantera con bastante ventaja sobre mi cabeza en todo lo relacionado con Valentina Cross.

—Solo te pido que tengas cuidado —repitió Bruno, más suave esta vez—. No quiero verte hecho polvo por una tía que dentro de un año ni se va a acordar de tu apellido.

No le dije que ella ya se acordaba de mi apellido perfectamente, ni que las últimas dos semanas nos habíamos estado escribiendo casi todas las noches, mensajes cada vez más largos, cada vez menos relacionados con el proyecto de Sierra Gorda y más con cosas que no le había contado a casi nadie —la vez que mi padre estuvo tres meses en el paro y tuvimos que pedir ayuda a Cáritas para pagar la luz, el miedo constante a suspender una asignatura y perder la beca, el peso de ser el primero de mi familia en ir a la universidad—, y que ella, a su vez, me había contado cosas que sospechaba que tampoco le había contado a Renata: el vacío de crecer con todo resuelto de antemano, la sensación de que su vida entera ya estaba decidida desde antes de nacer, el sueño de estudiar Arquitectura que su padre le había arrebatado con una sola conversación en una cena de Navidad.

No se lo dije a Bruno porque, en el fondo, temía que tuviera razón en todo lo demás.

· · ·

El martes siguiente, en la reunión del proyecto, Marisa nos anunció que el ayuntamiento había aceptado, en principio, revisar la partida presupuestaria si presentábamos la memoria con el argumento de la subvención de rehabilitación energética que Valentina había encontrado.

Era la primera buena noticia de verdad desde que habíamos empezado, y la sala entera —Andrea, Lucía, Marisa, incluso yo, que llevaba semanas convencido de que este proyecto acabaría como todos los anteriores, en agua de borrajas— se llenó de un entusiasmo que no habíamos sentido hasta entonces.

—Esto hay que celebrarlo —dijo Andrea, y por primera vez en todo el semestre sonó genuinamente emocionada, no solo educadamente interesada.

Marisa propuso que fuéramos todos a tomar algo al bar de la esquina, uno de los pocos locales del barrio que seguía abierto entre semana por la noche, y para mi sorpresa Valentina aceptó sin dudar, sin ese titubeo que había notado las primeras semanas cada vez que se planteaba alargar el tiempo en el barrio más allá de lo estrictamente necesario.

El bar era pequeño, con las paredes forradas de azulejos amarillentos y una máquina tragaperras en la esquina que llevaba encendida, sospechaba, desde los años noventa.

Nos sentamos todos alrededor de una mesa demasiado pequeña para seis personas, pedimos unas cañas y unas bravas, y durante un rato la conversación fluyó con una naturalidad que no habíamos tenido hasta entonces, hablando de todo menos del proyecto: de series, de música, de los profesores más temidos de cada facultad.

En algún momento, Andrea y Lucía se levantaron para irse —tenían que coger el último tren de cercanías hacia sus casas en la sierra— y Marisa se despidió poco después, dejándonos, sin que nadie lo hubiera planeado exactamente así, solos en la mesa a Valentina y a mí.

—¿Otra caña? —le pregunté, más por decir algo que porque me quedara mucho dinero suelto en el bolsillo, aunque no se lo dije, claro.

—Invito yo esta vez —dijo ella, ya levantándose hacia la barra antes de que pudiera protestar.

Volvió con dos cañas y una ración de tortilla que no habíamos pedido.

—Le he preguntado al camarero qué es lo mejor de la casa —explicó, sentándose de nuevo—. Ha dicho que la tortilla. Espero que no sea mentira.

No lo era. Era, de hecho, mejor tortilla que la que hacía mi propia madre, cosa que jamás le confesaría a ella en voz alta.

—¿Sabes? —dijo Valentina, después de un rato de silencio cómodo, mientras jugaba con el tenedor sobre el plato—.

Es la primera vez en mucho tiempo que salgo a tomar algo a un sitio así.

Normal, quiero decir. Sin que nadie me mire raro, sin que el camarero sepa quién es mi padre, sin cámaras de ningún tipo.

—¿Y qué tal la experiencia?

—Me gusta. —Sonrió, con una sinceridad que no me esperaba—. Me gusta mucho, la verdad.

Nos quedamos hablando casi dos horas más, hasta que el camarero empezó a poner las sillas encima de las mesas de alrededor con esa sutileza universal de "es hora de cerrar", y en algún momento de esas dos horas, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, dejamos de hablar del proyecto por completo y empezamos a hablar, simplemente, de nosotros.

Me contó de su abuela, la que fundó la tradición familiar de no hacer nunca cola en ningún sitio, y de cómo esa misma abuela, en privado, le había confesado una vez que echaba de menos la época en que su marido construía casas para obreros y no áticos de lujo.

Le conté de mi hermana pequeña, que ahora tenía catorce años y quería ser médico, y de lo mucho que me aterraba no poder ayudarla económicamente cuando llegara su turno de ir a la universidad.

Hablamos de música —descubrimos, para sorpresa de los dos, que compartíamos el mismo gusto extraño por un grupo de indie folk gallego que ninguno de nuestros amigos conocía—, y en algún momento, sin que mediara ningún plan, nuestras manos terminaron casi tocándose sobre la mesa, separadas apenas por un par de centímetros que ninguno de los dos se atrevió a cerrar.

—Tengo que irte diciendo la verdad sobre algo —le dije, cuando ya el camarero nos estaba mirando con impaciencia clara.

—¿Qué verdad?

—Que me equivoqué contigo. El primer día. Pensé que eras exactamente lo que esperaba, y no lo eres. Para nada.

Valentina sonrió, esa sonrisa pequeña y auténtica que ya había aprendido a reconocer como distinta de todas las demás que ponía en público.

—Yo también me equivoqué contigo —dijo—. Pensé que eras un borde con complejo de superioridad moral.

—¿Y ahora qué piensas?

Se quedó callada un momento, mirándome con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la ternura y el miedo.

—Ahora pienso que eres la primera persona en mucho tiempo que me hace sentir que puedo ser alguien distinta de la que todos esperan que sea —dijo, finalmente, en voz baja, casi como si le costara decirlo en voz alta—. Y no sé muy bien qué hacer con eso.

No supe qué contestar. O, mejor dicho, sabía perfectamente qué quería contestar, pero el recuerdo de la advertencia de Bruno, mezclado con mi propio miedo a estropear algo que apenas empezaba a existir, me hizo tragarme las palabras.

—Yo tampoco sé muy bien qué hacer con esto —admití, al final.

Salimos juntos del bar, caminando despacio por la calle vacía, con ese silencio cómodo que solo se da entre dos personas que ya no necesitan llenar cada segundo con palabras.

Cuando llegamos a la esquina donde solía esperarla Ramón, ella se paró y me miró de una manera que hizo que el corazón se me acelerara de una forma que no me pasaba desde hacía años.

—Buenas noches, Mateo —dijo, y por un segundo, un segundo entero que se me quedó grabado con una claridad casi dolorosa, pensé que iba a besarme.

No lo hizo. Se dio media vuelta y caminó los últimos metros hasta el coche que ya la esperaba, dejándome ahí plantado, con las manos en los bolsillos y una sensación en el pecho que no sabía si llamar esperanza o directamente terror.

Cuando llegué a casa, Bruno me había vuelto a escribir: "¿qué tal la noche?". Esta vez no le contesté con evasivas.

"Creo que estoy metido en un lío", le escribí.

"Ya lo sabía", contestó él, casi al instante. "Solo espero que sepas lo que haces."

La verdad era que no lo sabía. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me importaba tanto no saberlo.

· · ·

Al día siguiente de la conversación con Bruno en el taller, mi madre me pidió que la acompañara a hacer la compra semanal, algo que solíamos hacer juntos los domingos cuando su turno en el hospital se lo permitía, aprovechando las ofertas del mercadillo cercano a casa.

—Te noto distinto últimamente —me dijo, mientras elegíamos tomates en un puesto que llevaba atendiendo la misma familia desde que yo tenía memoria—. Más contento.

—¿Se nota tanto?

—Se nota, hijo. Hasta el vecino del quinto me ha preguntado si te ha tocado la lotería.