Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 5 — Valentina #3
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Capítulo 5 — Valentina #3

Aquella cena de aniversario, con toda su tensión y su incomodidad, terminó siendo, mirando atrás, el primer capítulo de una negociación mucho más larga y mucho más compleja entre quién yo quería ser y quién mi familia esperaba que fuera, una negociación que el verano que se avecinaba, con Mateo de por medio, estaba a punto de poner a prueba de una manera que yo todavía no era capaz de anticipar del todo.

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Pasadas un par de semanas desde la cena de aniversario, mi padre me pidió, para mi sorpresa, que lo acompañara a visitar una de las obras nuevas de Grupo Cross, algo que no hacíamos juntos desde que yo era niña y él intentaba, sin mucho éxito, despertar en mí algún interés temprano por el negocio familiar.

Durante el trayecto en coche hasta las afueras de Madrid, donde se estaba construyendo una nueva promoción de viviendas de lujo, mi padre, de manera poco habitual en él, sacó el tema del proyecto de Sierra Gorda sin que yo lo mencionara primero.

—He estado pensando en lo que dijiste en la cena —me confesó, mirando fijamente la carretera—. Sobre esa vecina, doña Pilar. Sobre los ciento ochenta euros de alquiler.

—¿Y qué has pensado?

—Que quizás llevo demasiado tiempo mirando esta empresa solo a través de balances y rentabilidad, y se me ha olvidado algo que mi propio padre, tu abuelo, siempre repetía: que un negocio de construcción, en el fondo, no vende ladrillos, vende hogares.

Y un hogar no debería depender solo de cuánto dinero tenga quien lo necesita.

Aquellas palabras, viniendo de mi padre, me sorprendieron más de lo que esperaba, y durante el resto del trayecto hablamos, con una sinceridad poco habitual entre nosotros, sobre la posibilidad de que Grupo Cross destinara, de manera más estructural y no solo puntual, parte de sus recursos a proyectos de vivienda social, no como un gesto aislado de responsabilidad corporativa, sino como una línea de negocio paralela con sentido propio.

No llegamos a ninguna conclusión definitiva esa tarde, pero aquella conversación sembró una semilla que, con el tiempo, terminaría germinando de maneras que ninguno de los dos podía anticipar en aquel momento, y que me hizo entender que, quizás, mi padre no era tan inflexible como yo había asumido siempre, sino simplemente un hombre que necesitaba que alguien, en algún momento, le recordara las razones originales por las que su propia familia se había dedicado a este negocio.

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Renata, que había presenciado de cerca buena parte de mi transformación durante esos meses, me confesó, semanas después, que aquella noche de la cena de aniversario había sido el momento exacto en que había empezado a sospechar que lo mío con Mateo iba mucho más en serio de lo que yo misma estaba dispuesta a admitir en ese momento.

—Nunca te había visto defender algo con esa pasión —me dijo—. Ni siquiera cuando discutíamos de política en clase de filosofía. Supe, en ese momento, que ese chico te estaba cambiando de una manera que ningún otro novio anterior había conseguido.

Tenía razón, por supuesto, como casi siempre.

Aquella conversación con mi padre en el coche, camino a la obra, se convirtió en el primer indicio real de que, quizás, no todo estaba perdido en la relación con mi familia, aunque el camino por recorrer siguiera siendo largo e incierto.

Aquella promoción en la Costa del Sol que mi padre estaba negociando esa noche con los inversores catalanes terminaría, meses después, incluyendo por primera vez en su historia una cláusula de porcentaje reservado a vivienda protegida, un cambio pequeño pero simbólico que muchos en la empresa atribuyeron, en privado, a una conversación de coche entre un padre y su hija.

Mi tía Cecilia, ajena por completo a lo que se avecinaba semanas después con el episodio de la puerta de casa, seguiría siendo, durante ese tiempo, la comidilla amable de la familia por su papel accidental como testigo del cambio de actitud de mi padre hacia los proyectos sociales, sin sospechar todavía el papel muy distinto que le tocaría jugar más adelante.

Renata, con su radar infalible para los cotilleos, terminaría enterándose de la existencia de Mateo apenas unos días después de aquella cena, aunque tardaría todavía varias semanas en conocerlo en persona, un encuentro que, cuando por fin ocurrió, resultó ser mucho más cálido y sencillo de lo que Valentina había anticipado con tanta ansiedad.

Pablo Aldecoa, el joven abogado que había protagonizado aquel breve y tenso intercambio con Valentina durante la cena, terminaría, años después, convertido en un conocido más entre los muchos que su familia frecuentaba, sin que aquel episodio incómodo llegara jamás a repetirse ni a convertirse en algo más allá de una anécdota curiosa contada, de vez en cuando, en alguna cena familiar posterior.

Mi abuela materna, testigo silenciosa y cómplice de aquellos primeros meses de relación secreta, guardaría siempre con orgullo especial el recuerdo de haber sido la primera de toda la familia en dar, sin saberlo del todo Valentina en aquel momento, su bendición tácita a una historia de amor que desafiaba abiertamente todas las convenciones en las que ella misma había sido educada décadas atrás.