Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 5 — Valentina #2
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Capítulo 5 — Valentina #2

Antes de bajar al salón para la cena de aniversario, me quedé un rato frente al espejo de mi habitación, con el vestido verde que mi madre había sugerido, sintiéndome, por alguna razón que no supe explicar del todo, como una impostora dentro de mi propia vida.

Llamé a Renata por videollamada, más que nada para tener compañía mientras terminaba de arreglarme.

—Estás guapísima, como siempre —me dijo ella, desde la pantalla, ya vestida también para la misma cena—. ¿Por qué esa cara?

—No sé. Cansada, supongo.

—Val, llevas semanas rarísima. Y no me refiero solo a esta noche. —Se quedó mirándome fijamente a través de la cámara, con esa perspicacia suya que tanto me exasperaba como me tranquilizaba—. ¿De verdad no hay nada que quieras contarme?

Dudé un segundo, con la tentación de contárselo todo —Mateo, el proyecto, los mensajes de madrugada, la sensación extraña de estar viviendo, por primera vez, una vida que sentía genuinamente mía— pegada a la garganta.

Pero al final me contuve, no porque no confiara en Renata, sino porque no estaba preparada todavía para poner en palabras algo que ni yo misma terminaba de entender del todo.

—Todo bien —le dije—. Nos vemos allí.

Colgué la llamada con un nudo extraño en el estómago, la misma sensación que llevaba notando cada vez que estaba a punto de mencionar a Mateo y decidía, en el último momento, callarme.

No era vergüenza, exactamente. Era más bien la conciencia de que, en cuanto pronunciara su nombre en voz alta delante de alguien de mi círculo, la burbuja tranquila en la que estábamos viviendo empezaría a resquebrajarse, y no me sentía preparada todavía para afrontar lo que viniera después.

· · ·

Días después de la cena de aniversario, mi abuela materna me llamó para invitarme a comer, algo que hacíamos con cierta regularidad, siempre en su piso del barrio de Salamanca, decorado con antigüedades que había ido coleccionando durante décadas de viajes por medio mundo.

—Me ha contado tu madre lo de la cena —me dijo, mientras me servía una copa de vino que, técnicamente, yo todavía no tenía edad legal para beber en casi ningún otro contexto familiar—. Lo del inversor catalán, y lo que le dijiste al hijo de los Aldecoa.

—¿Estás enfadada?

—Al contrario. —Sonrió, con esa expresión pícara que la caracterizaba, la misma que mi madre insistía en que yo había heredado, aunque yo rara vez me lo permitiera mostrar en público—.

Estoy encantada. Llevo esperando años a que alguien de esta familia recuerde de dónde venimos de verdad, antes de que el dinero nos hiciera olvidar lo que de verdad importa.

Le hablé entonces, con más detalle del que le había contado a nadie más, salvo Mateo, sobre el proyecto de Sierra Gorda, sobre doña Pilar y su grieta en el techo, sobre la sensación extraña de haber descubierto, en un barrio a apenas media hora en metro de mi propia casa, un mundo entero que había existido siempre sin que yo lo supiera.

—Tu bisabuelo estaría muy orgulloso de ti —me dijo mi abuela, cuando terminé de contarle todo—. Él siempre decía que el verdadero lujo no era tener más de lo que necesitas, sino asegurarte de que nadie a tu alrededor tenga menos de lo que merece.

No le mencioné nada de Mateo esa tarde, aunque estuve tentada varias veces durante la comida.

Pero guardé esa conversación, con todo su cariño y su sabiduría inesperada, como un pequeño tesoro al que sabía que volvería en las semanas siguientes, cuando necesitara recordar que no toda mi familia pensaba de la misma manera rígida que mis padres.

· · ·

Meses después de aquella cena de aniversario, ya en pleno desarrollo de mi relación con Mateo, entendí con mayor claridad por qué aquella noche había supuesto un punto de inflexión tan importante en mi manera de ver a mi propia familia.

No era solo que hubiera defendido el proyecto de Sierra Gorda delante de desconocidos importantes; era que, por primera vez en mi vida, había antepuesto lo que yo consideraba justo a lo que mi padre consideraba estratégicamente conveniente, y esa pequeña rebelión, aunque en su momento me pareciera insignificante, resultó ser el primer paso de un camino que ya no tenía marcha atrás.

Recordé, muchas veces después, la expresión de mi padre esa noche, esa mezcla de sorpresa y de orgullo contenido que no supo bien cómo procesar en el momento, y me pregunté si, en el fondo, una parte de él admiraba en secreto la firmeza que yo había mostrado, aunque su versión pública de esa noche fuera únicamente de reproche por el momento y el lugar elegidos.

Esa dualidad —el reproche público, la posible admiración privada— se convirtió, con el tiempo, en una constante en mi relación con mi padre durante los meses siguientes: cada vez que yo defendía una postura que no coincidía con lo que él esperaba de mí, aparecía primero la reprimenda automática, seguida, casi siempre unos días después, de algún gesto pequeño que sugería que, en el fondo, respetaba más mi criterio del que estaba dispuesto a admitir abiertamente.