Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 5 — Valentina
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Capítulo 5 — Valentina

La cena de aniversario de Grupo Cross se celebra cada año en el mismo salón del Hotel Villa Magna, con el mismo florista, el mismo cuarteto de cuerda tocando versiones instrumentales de canciones que nadie baila, y la misma lista de invitados que apenas varía de un año a otro: socios, arquitectos colegiados de renombre, un par de concejales según de qué color político gobierne ese año, y la crema de lo que mi madre llama, sin ironía, "la sociedad civil madrileña".

Este año tocaba el aniversario número setenta y dos, una cifra que a nadie le importaba especialmente pero que servía, como cada año, de excusa para reunir en un mismo salón a la gente cuyo favor mi padre necesitaba cultivar.

—Ponte el vestido verde —me dijo mi madre esa tarde, asomando la cabeza en mi habitación mientras yo terminaba de arreglarme el pelo—. Va a venir el hijo de los Aldecoa. Se ha incorporado hace poco al despacho de abogados de su padre.

—Mamá.

—Solo digo que estaría bien que hablarais un rato. Es un chico agradable.

No contesté. Llevaba veintiún años recibiendo variaciones de esa misma frase —"es un chico agradable", "viene de muy buena familia", "sería bonito que os llevarais bien"— sobre un desfile intercambiable de hijos de socios de mi padre, ninguno de los cuales, hasta la fecha, me había hecho sentir absolutamente nada, más allá de un aburrimiento educado.

El salón, cuando llegamos, estaba exactamente como lo recordaba de todos los años anteriores: manteles blancos, centros de flores blancas y verdes, camareros circulando con bandejas de canapés que ninguno de los presentes comería más de dos, porque comer de verdad en esas cenas se consideraba, por algún motivo, ligeramente vulgar.

Mi padre, con esa versión suya de esmoquin que solo saca tres o cuatro veces al año, me presentó a un grupo de inversores catalanes con los que estaba negociando la financiación de una nueva promoción en la Costa del Sol, y yo sonreí, estreché manos, y dije las frases correctas sobre lo emocionante que era el proyecto y lo orgullosa que estaba del legado de mi familia, mientras por dentro seguía dándole vueltas a algo que llevaba toda la semana ocupándome la cabeza más de lo que debería: la última conversación con Mateo, frente al edificio de Sierra Gorda, cuando me había hablado de su hermana pequeña y del moho en la pared de su habitación.

—Valentina, qué alegría verte. —Renata apareció a mi lado con dos copas de champán, una de las cuales me pasó sin preguntar—. Te he estado buscando por toda la ciudad esta semana. Has estado rarísima.

—No he estado rara.

—Has cancelado dos planes y has llegado tarde a clase de francés por primera vez en la historia. Eso, en tu caso, es "rarísima".

Le di un trago al champán, buscando tiempo antes de contestar. Renata me conocía desde los seis años, desde el colegio, y tenía un radar para las mentiras que yo nunca había conseguido burlar del todo.

—Es el proyecto de Vallecas —le dije, al final—. Me está afectando más de lo que esperaba.

—¿El proyecto, o el arquitecto? —Renata sonrió con esa expresión suya de quien acaba de descubrir un cotilleo delicioso —. Porque Andrea me ha contado que hay un chico de la ETSAM bastante interesante en tu grupo.

—No sé de qué me hablas.

—Val. Te conozco desde que llevábamos coletas iguales al colegio. Tienes exactamente la misma cara que ponías cuando te gustaba Rodrigo en segundo de bachillerato.

Iba a negarlo otra vez, con más firmeza, cuando mi padre me llamó desde el otro lado del salón, agitando la mano para que me acercara al grupo donde estaba conversando con el que sin duda era el hijo de los Aldecoa: alto, rubio, con una sonrisa perfectamente entrenada y un traje que probablemente había costado lo mismo que el presupuesto mensual entero del edificio de Sierra Gorda.

—Valentina, te presento a Pablo Aldecoa —dijo mi padre, con ese tono suyo de quien está montando una escena sin que parezca que la está montando—. Acaba de incorporarse al bufete de su padre. Estábamos hablando precisamente de la nueva ley de vivienda.

Pablo me estrechó la mano con la firmeza justa, ni floja ni excesiva, la que enseñan en algún curso de habilidades sociales para hijos de familia bien.

—Un placer, Valentina. Tu padre me ha contado que estás metida en un proyecto social muy interesante.

—Algo así.

—Cuéntame. —Sonrió, con ese interés cortés que no llega a interés de verdad—. ¿Vivienda protegida, no?

—Rehabilitación de un edificio en Vallecas. Dieciséis familias con problemas graves de estructura y de instalación eléctrica.

—Qué importante, lo que hacéis. —Le dio un trago a su copa—. Aunque, entre nosotros, esos barrios llevan así desde siempre, ¿no? Al final es un problema estructural del sistema, difícil que cuatro estudiantes lo solucionen en un semestre.

Sentí que algo se me tensaba por dentro, la misma sensación que había notado la primera vez que Mateo me miró como si ya supiera de qué estaba hecha, solo que esta vez el desprecio implícito venía de alguien de mi propio mundo, alguien que hablaba de "esos barrios" con la misma ligereza con la que hablaría del tiempo.

—Una vecina del edificio, doña Pilar, lleva trece años pidiendo que le arreglen una grieta en el techo del salón —dije, con un tono más cortante del que solía usar en esas conversaciones—.

Paga ciento ochenta euros al mes de alquiler.

No creo que el problema sea que "esos barrios llevan así desde siempre".

Creo que el problema es que nadie con el poder de arreglarlo se ha molestado en intentarlo de verdad.

Pablo levantó las cejas, sorprendido, y mi padre me lanzó una mirada de advertencia que reconocí perfectamente, la de "no montes una escena delante de los inversores". Pero, para mi sorpresa, uno de los inversores catalanes, un hombre mayor con gafas de pasta, sonrió y asintió.

—Tiene razón la niña —dijo—. Con perdón, Ricardo, pero tu hija tiene más sentido común que la mitad de mi consejo de administración.

Mi padre forzó una sonrisa, incómoda pero contenida, y cambió de tema rápidamente hacia la nueva promoción de la Costa del Sol. Pablo Aldecoa, por su parte, se disculpó al cabo de unos minutos para ir a saludar a otro grupo, y no volví a cruzarme con él en toda la noche.

Renata, que había presenciado toda la escena desde un par de metros de distancia, se acercó de nuevo con una sonrisa que no supe si era de admiración o de preocupación.

—Eso —dijo— ha sido nuevo.

—¿El qué?

—Tú, defendiendo a gente que no conoces de nada delante del hijo de los Aldecoa. La Valentina de hace dos meses habría sonreído y habría cambiado de tema.

No supe qué contestarle, porque tenía razón, y porque no estaba del todo segura de querer examinar demasiado de cerca por qué había cambiado tanto en tan poco tiempo, ni cuánto tenía que ver ese cambio con un chico que llevaba una sudadera gastada y hablaba de amperios con la misma pasión con la que otros hablan de fútbol.

· · ·

Mi padre me buscó al final de la cena, cuando ya la mayoría de los invitados empezaban a despedirse y el cuarteto de cuerda tocaba su última pieza del repertorio.

—¿Se puede saber qué te ha pasado esta noche? —me preguntó, con ese tono suyo que no es exactamente de enfado, sino de una decepción contenida que siempre me ha resultado más difícil de sobrellevar que un enfado directo.

—He dicho lo que pienso, papá.

—Delante de un inversor que puede aportarnos financiación para tres proyectos el año que viene.

—Y también delante de un hombre que me ha dado la razón, por cierto.

Mi padre suspiró, se aflojó ligeramente la pajarita, y por un momento pareció mucho más cansado de lo habitual, más humano de lo que solía permitirse mostrar en público.

—No entiendo qué te ha dado ese proyecto de repente —dijo—. Hace dos meses no te interesaba nada de esto.

—Hace dos meses no había visto lo que hay detrás de las cifras, papá. Ahora sí.

Se quedó callado un momento, mirándome con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la sorpresa y, quizás, una pizca de orgullo que no estaba acostumbrado a expresar.

—Mándame ese informe cuando lo tengáis —repitió, la misma promesa de la semana anterior—. Y, Valentina... la próxima vez, avísame antes de convertir la cena de aniversario en un debate sobre política de vivienda.

Fue lo más parecido a una disculpa que iba a conseguir de él esa noche, y lo acepté como tal.

· · ·

De vuelta en casa, ya en la cama, cogí el móvil y, después de dudarlo un buen rato, le escribí a Mateo un mensaje que llevaba toda la noche formándose en mi cabeza, aunque no tuviéramos, hasta ese momento, la costumbre de escribirnos fuera de las reuniones del proyecto.

"Hoy he defendido el proyecto de Sierra Gorda delante de un montón de gente que probablemente jamás ha pisado un barrio como Vallecas en su vida. No sé por qué te lo cuento a ti, pero quería que lo supieras."

La respuesta tardó casi veinte minutos en llegar, tiempo durante el cual me arrepentí al menos tres veces de haber enviado el mensaje.

"Me alegro. ¿Y cómo ha ido?"

"Bien. Creo. Mi padre no estaba muy contento, pero un inversor me ha dado la razón delante de todos."

"Eso es más de lo que esperaba, la verdad."

"¿Todavía piensas que voy a desaparecer en cuanto deje de ser interesante?"

Otra pausa larga, más larga que la anterior, durante la cual me quedé mirando la pantalla con una ansiedad que no me pegaba nada, yo que nunca esperaba con nervios la respuesta de nadie a un mensaje.

"Cada vez me cuesta más creerlo, la verdad. Buenas noches, Valentina."

Guardé el móvil, apagué la luz, y me quedé mirando el techo de mi habitación durante un buen rato, con una sonrisa que no conseguía borrarme de la cara y que, si Renata me hubiera visto en ese momento, habría reconocido al instante como la prueba definitiva de algo que yo todavía no estaba del todo dispuesta a admitir ni siquiera a mí misma.

· · ·