Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 4 — Mateo #3
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Capítulo 4 — Mateo #3

—Vale —me dijo Bruno, más tarde, cuando Valentina se había alejado un momento para lavarse las manos—. Reconozco que me equivoqué en algo. No es lo que yo pensaba.

—¿Y qué pensabas?

—Pensaba que sería una niña pija jugando a ser interesante durante un semestre. —Se encogió de hombros, con una honestidad que agradecí—. Pero se ha arremangado la camisa sin pensárselo dos veces para aprender a cambiar un filtro de aceite. Eso dice algo de una persona, tío.

Aquella tarde en el taller se convirtió, con el tiempo, en uno de mis recuerdos favoritos de todo el semestre: el momento exacto en que las dos personas que más me importaban en el mundo, aparte de mi familia, encontraron una manera genuina de conectar entre ellas, tendiendo un pequeño puente más entre dos mundos que, hasta entonces, parecían destinados a permanecer completamente separados.

· · ·

En una de las últimas tardes que pasamos juntos en la biblioteca de la ETSAM antes de que el proyecto empezara a acaparar la mayor parte de nuestro tiempo, Valentina me preguntó algo que llevaba tiempo queriendo preguntarme, según confesó ella misma, pero que no había encontrado el momento adecuado hasta entonces.

—¿Alguna vez te has planteado dejarlo todo? —me dijo, mientras yo revisaba unos cálculos estructurales—. Me refiero a la carrera, la beca, toda la presión. ¿No te agota, a veces, la sensación de que un solo tropiezo puede tirarlo todo por tierra?

Me quedé pensando la respuesta un momento, porque no era una pregunta que me hiciera a menudo en voz alta, aunque la llevara rondando la cabeza con más frecuencia de la que admitía.

—Todos los días —confesé, al final—. Pero dejarlo no es una opción real para mí, Valentina.

No tengo un plan B con red de seguridad detrás.

Si lo dejo, no vuelvo a un colegio privado ni a un trabajo esperándome gracias a los contactos de mi familia.

Vuelvo, simplemente, a menos oportunidades de las que ya tengo.

—Eso suena agotador.

—Lo es. Pero también es lo que me hace valorar cada pequeño avance mucho más de lo que probablemente lo valoraría alguien que nunca ha tenido que preocuparse por perderlo todo.

Valentina se quedó callada un momento, y cuando volvió a hablar, su voz tenía un matiz de vulnerabilidad que no le había escuchado hasta entonces.

—A veces envidio esa claridad que tienes —dijo—. Yo nunca he tenido que luchar de verdad por nada, y eso, en lugar de darme seguridad, me hace sentir todo el tiempo que no sé quién sería si me quitaran todo lo que tengo. Tú, en cambio, sabes exactamente quién eres, con o sin dinero.

No supe qué contestarle, pero aquella conversación se convirtió, con el tiempo, en una de las bases más sólidas de nuestra relación: la comprensión mutua de que, a pesar de partir de puntos completamente opuestos, los dos cargábamos con nuestras propias versiones de presión y de miedo, y que quizás, juntos, podíamos ayudarnos a encontrar un punto medio entre su falta de certeza sobre quién era y mi exceso de certeza sobre lo poco que podía permitirme fallar.

· · ·

Aquella tarde en el taller de Bruno terminó de convencerme de que, quizás, con paciencia y con la voluntad genuina de ambas partes, los puentes entre mundos aparentemente opuestos sí eran posibles de construir, ladrillo a ladrillo, como cualquier otra estructura sólida que mereciera la pena.

Con el paso de las semanas, Bruno y Valentina desarrollarían una relación de amistad genuina, salpicada de bromas constantes sobre coches y sobre la vida en general, una amistad que a mí, personalmente, me llenaba de una alegría difícil de explicar, la certeza tranquila de que las dos partes más importantes de mi vida podían, después de todo, coexistir en armonía.

La profesora Iris Moreno, meses después, mencionaría aquel proyecto de Sierra Gorda en varias conferencias sobre arquitectura social, citándolo como ejemplo perfecto de lo que podía conseguirse cuando estudiantes de disciplinas distintas colaboraban con auténtica pasión más allá de los límites estrictos de sus asignaturas respectivas.

Bruno, con el paso de los años, terminaría bromeando con que había sido él, sin saberlo, el primer Cupido involuntario de aquella historia, al insistir tanto en advertir a Mateo sobre los peligros de enamorarse de Valentina que, según su propia teoría exagerada, no había hecho más que acelerar lo inevitable.

Aquel libro sobre urbanismo obrero que Valentina le regaló a Mateo en la librería se convertiría, con los años, en una de sus lecturas de referencia constante, citado más tarde en su propio proyecto final de carrera como una de las influencias fundamentales en su manera de entender la arquitectura social.

Bruno, con los años, terminaría estudiando por fin una formación profesional de electricidad, animado en parte por las conversaciones técnicas que mantenía cada vez más a menudo con Mateo sobre el proyecto de Sierra Gorda, encontrando en aquella experiencia compartida una motivación que nunca había sentido durante su breve paso anterior por la universidad.