Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 4 — Mateo #2
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Capítulo 4 — Mateo #2

—Ya. Y yo soy el rey de Saba. —Apretó un tornillo con más fuerza de la necesaria—.

Mira, Mateo, sé que no es asunto mío, pero llevas toda la semana con la cabeza en las nubes, y la última vez que te vi así fue con Carla, en segundo de bachillerato, y aquello no acabó especialmente bien, si mal no recuerdo.

Carla había sido mi novia durante casi un año, en el instituto, hasta que su familia se mudó a otra ciudad por motivos de trabajo y la distancia terminó con algo que, en su momento, me había parecido que iba a durar para siempre.

No era exactamente la misma situación, pero entendía por qué Bruno hacía la comparación: la misma sensación de vértigo, la misma dificultad para concentrarme en nada que no fuera pensar en la otra persona.

—No es lo mismo —le dije, aunque no estaba del todo seguro de creérmelo yo mismo.

—Vale. Tú sabrás.

Seguimos trabajando en silencio un rato, hasta que Bruno, sin levantar la vista de la estantería, añadió algo que se me quedó grabado durante días:

—Solo te pido una cosa. Si de verdad te está pasando algo con esa chica, no te cierres en banda por miedo a que salga mal.

Te conozco desde que teníamos ocho años, tío, y llevas toda la vida protegiéndote de todo, calculando cada riesgo antes de darlo, como si la vida fuera una ecuación que puedes resolver con cuidado suficiente.

Pero esto no funciona así. Algunas cosas hay que vivirlas sin cuentas previas.

No supe qué contestarle, porque Bruno, como casi siempre, tenía razón en algo que yo llevaba semanas evitando reconocer: llevaba toda mi vida calculando, midiendo cada decisión en función de su coste y su beneficio, porque el margen de error que me habían dado las circunstancias siempre había sido mínimo.

Y ahora, por primera vez, algo se estaba abriendo paso en mí que no obedecía a ningún cálculo, que simplemente ocurría, sin pedirme permiso.

· · ·

La profesora Iris Moreno me llamó a su despacho esa misma semana, algo que no era del todo infrecuente, dado que llevaba dos años colaborando con ella en distintos proyectos del taller social, pero que esa vez tenía un motivo distinto al habitual.

—He estado revisando los avances del proyecto de Sierra Gorda —me dijo, señalándome una silla frente a su escritorio, cubierto de planos y libros apilados en un orden que solo ella parecía entender—.

El trabajo conjunto con la compañera de ICADE está dando resultados excelentes.

La propuesta de financiación es la mejor que he visto presentar a un grupo de estudiantes en años.

—Ha sido cosa de los dos, la verdad.

—Lo sé. Y por eso quería hablar contigo.

—Se quitó las gafas, limpiándolas con un pañuelo que sacó del bolsillo de su chaqueta, un gesto que solía preceder a sus comentarios más directos—.

Mateo, llevas dos años en mi taller y siempre te he visto trabajar con una entrega admirable, pero también con una cierta...

rigidez. Como si tuvieras miedo constante de fallar, de no estar a la altura.

En este proyecto he visto algo distinto.

Más soltura. Más disfrute del proceso, no solo del resultado.

No supe qué contestarle, porque en el fondo sabía exactamente a qué se refería, aunque no estuviera del todo preparado para reconocerlo en voz alta delante de una profesora.

—Sea lo que sea lo que está pasando —añadió ella, con una sonrisa cómplice que no esperaba de alguien normalmente tan seria—, sigue así. Es la mejor versión de tu trabajo que he visto hasta ahora.

Salí de su despacho con una sensación extraña, mezcla de orgullo profesional y de una vulnerabilidad que no me gustaba del todo sentir, la sensación de que hasta la gente que me conocía solo en el ámbito académico había notado el cambio que Valentina había provocado en mí, un cambio que ya no podía seguir fingiendo que no existía.

· · ·

Un par de semanas más tarde, invité a Valentina a conocer el taller de Bruno, algo que hasta entonces había evitado deliberadamente, no porque me avergonzara de mi amigo, sino porque temía, en el fondo, que las reticencias de Bruno hacia ella se hicieran demasiado evidentes en persona.

—Así que tú eres la famosa Valentina —dijo Bruno, limpiándose las manos manchadas de grasa antes de estrechar la suya, con una cortesía calculada que no lo caracterizaba especialmente—. Mateo no habla de otra cosa últimamente.

—Espero que sean cosas buenas.

—Depende del día. —Bruno sonrió, y por primera vez desde que le había hablado de ella, sentí que su tono contenía algo más parecido a la curiosidad genuina que a la desconfianza pura—. ¿Sabes algo de coches?

—La verdad es que no mucho.

—Pues hoy es tu día de suerte. Ven, te voy a enseñar cómo se cambia un filtro de aceite. Si vas a estar cerca de este por mucho tiempo, más te vale aprender algo útil.

Para mi sorpresa, Valentina se arremangó la camisa sin dudarlo y pasó la siguiente hora aprendiendo, con una atención genuina que impresionó incluso a Bruno, los rudimentos básicos de mecánica que él le fue explicando con una paciencia que rara vez mostraba con nadie que no fuera de mi absoluta confianza.