Capítulo 4 — Mateo
Hay un dicho que repite siempre mi profesora Iris Moreno, la que lleva dirigiendo el taller de proyectos sociales de la ETSAM desde antes de que yo naciera prácticamente: "un buen arquitecto no diseña para la gente, diseña con la gente".
Lo lleva escrito en un pósit pegado en la pizarra de su despacho, con la tinta ya casi borrada de tantos años, y durante mis dos primeros cursos me pareció una frase bonita pero un poco vacía, del tipo que suena bien en una charla TED y no significa gran cosa en la práctica.
Empecé a entenderla de verdad esa tercera semana de proyecto, cuando Valentina Cross se presentó en el centro social con un cuaderno nuevo —de esos de tapa dura, seguramente carísimo, todavía sin una sola arruga— y una lista de preguntas escritas a mano que no tenían nada que ver con lo que esperaba de alguien de su mundo.
Me quedé mirándola un segundo de más, porque no era la primera vez que alguien de ICADE mencionaba una subvención, pero sí era la primera vez que alguien la mencionaba habiéndose leído de verdad las bases de la convocatoria, con anotaciones en los márgenes y hasta un cálculo aproximado de los plazos.
—¿Has mirado esto tú sola? —le pregunté, sin poder disimular del todo la sorpresa.
—Sí. ¿Por qué te extraña tanto?
—Porque la última vez que alguien de tu grupo me trajo una propuesta de financiación, era literalmente un powerpoint con la palabra "sinergia" repetida siete veces y ningún dato concreto.
Ella sonrió, una sonrisa que no había visto todavía en ella, distinta de la sonrisa educada y algo tensa que ponía en las reuniones grupales. Era una sonrisa más pequeña, más auténtica, la de alguien que sabe que acaba de ganar un punto y está disfrutando de ello.
—Pues esta vez tienes datos concretos —dijo—. De nada.
Bruno, que había venido esa tarde a echar una mano con las mediciones del sótano —tenía mejor mano que yo para el tema eléctrico, herencia de los años que llevaba trabajando con su padre en el taller—, se acercó a la mesa fingiendo que buscaba algo en su mochila, aunque en realidad, lo supe en cuanto vi su cara, venía a curiosear.
—¿Es la del Cabify? —me preguntó después, en voz baja, cuando Valentina se había ido un momento a hablar con Marisa sobre unos formularios.
—Se llama Valentina.
—Ya sé cómo se llama, tío, todo el barrio la vio bajarse del coche la semana pasada como si fuera la reina de Inglaterra. —Bruno sonrió, con esa mezcla suya de burla cariñosa y advertencia real que llevaba usando conmigo desde los doce años—. Solo digo que tengas cuidado.
—¿Cuidado con qué?
—Con la cara que se te está quedando cuando ella habla.
Le dije que se callara, que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, y volví a los planos con más concentración de la estrictamente necesaria, intentando no darle más vueltas de las que ya le estaba dando yo solo, en privado, desde hacía un par de noches.
· · ·
La verdad —y esto es algo que tardé en admitirme a mí mismo, no solo a Bruno— es que Valentina Cross me había desmontado buena parte del guion que tenía preparado para ella.
El guion decía que sería una chica guapa, educada, con buenas intenciones superficiales y cero conocimiento real de lo que significa preocuparse por dinero de verdad.
El guion decía que en cuanto el proyecto dejara de ser una novedad, encontraría una excusa —un examen, un viaje, cualquier cosa— para desaparecer poco a poco, dejando el trabajo real a los que no tenemos la opción de desaparecer porque no tenemos otro sitio al que ir.
Pero llevaba tres semanas apareciendo cada martes, puntual, con más preguntas que la anterior, y esa tarde en concreto se había quedado media hora después de que Andrea y Lucía se fueran, ayudándome a ordenar los planos por fecha para la memoria final, sin que nadie se lo pidiera.
—¿Puedo preguntarte algo? —me dijo, mientras doblábamos juntos un plano del alzado principal.
—Depende de la pregunta.
—¿Por qué arquitectura? Es decir, entiendo por qué te importa este proyecto en concreto, pero, ¿por qué elegiste esta carrera desde el principio?
Nunca me habían hecho esa pregunta con verdadero interés, solo con curiosidad de compromiso, del tipo que ya sabe la respuesta que quiere oír antes de escucharla. Así que me tomé un momento antes de contestar.
—Mi madre trabaja de auxiliar de enfermería en el hospital 12 de Octubre —dije—.
Cuando yo tenía diez años, vivíamos en un piso de alquiler en Entrevías, en un bloque bastante peor que este, la verdad, con una humedad tan mala que yo dormía con la cama pegada a la pared del salón porque en mi habitación el moho me daba alergia.
Un invierno mi hermana pequeña se puso muy enferma, una bronquitis que se complicó bastante, y el médico dijo, delante de mí, que las condiciones de la casa no ayudaban nada.
Tenía diez años, pero me acuerdo de esa frase exacta, "las condiciones de la casa no ayudan nada", como si fuera ayer.
Valentina había dejado de doblar el plano y me miraba con una atención que no era la de quien espera su turno para hablar, sino la de quien de verdad está escuchando.
—Después de eso —seguí—, empecé a fijarme en los edificios de una manera distinta.
No en si eran bonitos, sino en si funcionaban de verdad para la gente que vivía dentro.
Y decidí, más o menos por entonces, que quería ser de los que arreglan eso.
No de los que construyen áticos de lujo con vistas al Retiro.
Lo dije sin pensar del todo en cómo sonaría, y en cuanto terminé la frase me di cuenta de que probablemente había sonado a pulla directa, porque el ático de lujo con vistas al Retiro no era una imagen aleatoria: era, literalmente, uno de los proyectos estrella de Grupo Cross, la empresa de su familia, cuyo cartel de obra había visto un millón de veces en la M-30.
Esperé que se ofendiera. En vez de eso, asintió despacio, con una expresión seria que no le había visto antes.
—Mi bisabuelo fundó la empresa construyendo vivienda social de verdad, ¿sabes?
—dijo, casi como si se lo estuviera contando a sí misma tanto como a mí—.
Bloques enteros en el extrarradio, en los años cincuenta, para familias de obreros que llegaban a Madrid del pueblo.
Fue mi abuelo quien, en los ochenta, decidió que el negocio de verdad estaba en el lujo, y desde entonces la empresa ha ido cambiando de dirección hasta convertirse en lo que es ahora.
A veces me pregunto qué pensaría mi bisabuelo si viera en qué se ha convertido lo que él empezó.
No supe qué contestar a eso. Fue la primera vez que vi una grieta real en la versión de Valentina Cross que yo me había construido en la cabeza, una grieta que no tenía nada que ver con el dinero ni con el apellido, sino con algo mucho más parecido a lo que yo mismo sentía cada vez que pensaba en mi futuro: la sensación de estar cargando con las expectativas de otra persona sin haber elegido del todo el peso.
· · ·
Esa noche, después de cerrar el centro social, la acompañé —no sé muy bien por qué, ni siquiera se lo ofrecí de manera consciente, simplemente empecé a caminar en la misma dirección que ella cuando salió a esperar el coche— hasta la parada donde solía recogerla Ramón.
—Gracias por lo de antes —me dijo, mientras esperábamos—. Por contarme lo de tu hermana.
—No pasa nada.
—En serio. La mayoría de la gente no cuenta esas cosas así como así.
Me encogí de hombros, un poco incómodo con el rumbo que estaba tomando la conversación, porque no estaba acostumbrado a que nadie de fuera de mi círculo cercano —Bruno, mis padres, quizás algún profesor con el que tenía confianza— me preguntara ese tipo de cosas con verdadero interés, y menos aún que yo contestara con tanta sinceridad.
—¿Y tú? —le pregunté, más que nada para desviar el foco de mí—. ¿Qué querías ser tú, antes de que decidieran por ti que ibas a heredar la empresa?
Se quedó callada un momento, mirando hacia la calle, con una expresión que no supe leer del todo.
—Diseñadora —dijo por fin, en voz baja, como si fuera un secreto que llevaba mucho tiempo sin decir en voz alta—. No de moda, de espacios. Quería estudiar Arquitectura, en realidad, antes de que mi padre me convenciera de que Empresariales tenía más sentido "para el futuro de la empresa".
—¿Y por qué no la estudiaste igualmente?
—Porque decir que no a mi padre nunca ha sido tan sencillo como suena.
Llegó el coche de Ramón en ese momento, cortando la conversación justo cuando empezaba a ponerse interesante de verdad, y Valentina se subió después de despedirse con un gesto rápido, casi tímido, muy distinto de la seguridad con la que solía hablar en las reuniones de grupo.
Me quedé un rato en la acera, viendo las luces del coche alejarse por la calle, pensando en lo que me había dicho —"diseñadora, no de moda, de espacios"— y en la facilidad con la que había construido, sin apenas conocerla, toda una versión de ella que resultaba estar completamente equivocada.
Cuando llegué a casa, Bruno me había mandado un mensaje: "¿qué tal con la del Cabify?
". Le contesté que bien, que el proyecto avanzaba, sin mencionar nada más, aunque sabía perfectamente que Bruno no se refería solo al proyecto, y sabía también, aunque todavía no estuviera dispuesto a decírmelo a mí mismo con todas las letras, que él tenía razón en preocuparse.
· · ·
Los días posteriores a esa conversación en el centro social, me sorprendí a mí mismo revisando el teléfono con más frecuencia de la habitual, esperando algún mensaje suyo relacionado con el proyecto que, en realidad, siempre terminaba desviándose hacia temas que no tenían nada que ver con presupuestos ni subvenciones.
Bruno lo notó, por supuesto, porque Bruno lo nota todo.
—Estás raro —me dijo, un jueves por la tarde, mientras montábamos juntos una estantería en el taller—. Más raro de lo normal, quiero decir.
—Tengo mucho trabajo.