Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 3 — Valentina #3
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Capítulo 3 — Valentina #3

Aquella conversación marcó, sin que yo lo supiera todavía del todo, el inicio de una implicación mucho más profunda en el proyecto de la que había anticipado al principio, una implicación que terminaría llevándome a pasar más horas en Vallecas de las que jamás había pasado en ningún otro barrio de Madrid fuera del mío propio, y que, poco a poco, iba desdibujando las fronteras mentales que hasta entonces había dado por sentadas entre "mi mundo" y "el resto de la ciudad".

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En una de las últimas visitas al edificio antes de la presentación final, doña Pilar nos invitó a Mateo y a mí a quedarnos a merendar en su casa, junto con dos vecinas más, Encarna y Rosario, que llevaban también décadas viviendo en el bloque y que habían seguido de cerca todo el proceso del proyecto con una mezcla de esperanza y escepticismo curtido por años de promesas incumplidas por parte de distintas administraciones.

—Cuéntanos, hija —me dijo Encarna, sirviéndome una taza de manzanilla que no había pedido pero que no me atreví a rechazar—. ¿De verdad esta vez va a salir adelante, o es como todas las veces anteriores que nos han prometido cosas que luego no llegan?

Sentí el peso de la pregunta con una intensidad que no esperaba, consciente de que mi respuesta no era solo una cuestión académica, sino una promesa real hecha a personas reales que habían visto, a lo largo de los años, cómo distintas administraciones y distintos proyectos prometían soluciones que después se quedaban en nada.

—Esta vez tenemos la financiación asegurada, tanto del ayuntamiento como de una aportación privada —les dije, con toda la sinceridad y la seguridad que fui capaz de reunir—. No les puedo prometer que todo sea perfecto, pero les puedo prometer que Mateo y yo no vamos a dejar este proyecto a medias.

Rosario, la más callada de las tres, me cogió la mano en ese momento, con una fuerza sorprendente para su edad.

—Confiamos en vosotros —dijo, simplemente, y aquellas dos palabras se me quedaron grabadas con un peso que no había sentido nunca en ningún examen ni en ninguna presentación académica: el peso real de la confianza depositada por gente que llevaba años esperando que alguien, por fin, cumpliera su palabra.

Salí de aquella merienda con una determinación renovada, distinta de la que sentía al principio del proyecto, cuando todo esto no era más que una asignatura más en mi expediente.

Ahora, aquel proyecto se había convertido en una promesa personal, y no pensaba fallarles a doña Pilar, a Encarna, a Rosario, ni a ninguna de las otras familias que llevaban tanto tiempo esperando que alguien las viera de verdad.

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Cuando por fin volví a casa esa tarde, mi madre notó algo distinto en mi expresión, algo que no supo nombrar del todo pero que comentó de pasada durante la cena.

—Tienes una cara rara, hija. ¿Va todo bien con el proyecto?

—Va todo muy bien, mamá. Mejor de lo que esperaba, la verdad.

No le conté nada más, guardándome para mí misma la sensación extraña y hermosa de haber encontrado, en un barrio que apenas conocía hacía unas semanas, algo que se parecía sospechosamente a un propósito real, algo que ninguna de mis clases en ICADE me había hecho sentir jamás con tanta claridad.

Aquella noche soñé, por primera vez desde que había empezado el proyecto, con el edificio de Sierra Gorda, con su fachada de ladrillo visto y sus escaleras estrechas, un sueño extraño y reconfortante que interpreté, al despertar, como la señal definitiva de cuánto me había calado ya aquel barrio bajo la piel.

La panadera que me había hablado de la dignidad del barrio se convertiría, con el tiempo, en una parada obligatoria cada vez que visitaba Vallecas, guardándome siempre la mejor napolitana de chocolate del día, un pequeño ritual que ninguno de los dos mencionaba en voz alta pero que ambas sabíamos que significaba mucho más que una simple transacción comercial.

Aquella grieta en el techo del salón de doña Pilar, que tantas veces habíamos fotografiado y medido durante el proyecto, se convertiría con el tiempo en un símbolo recurrente entre Valentina y Mateo, una manera abreviada de referirse, en momentos de duda, a todo lo que habían aprendido juntos aquel primer semestre sobre la importancia de mirar de frente las grietas, tanto las de los edificios como las de las propias vidas.

Rosario, la más callada de las tres vecinas, sería con el tiempo quien más se abriría a Valentina, compartiendo con ella, en visitas posteriores ya sin relación directa con el proyecto académico, recetas de cocina tradicionales y recuerdos de su juventud en un pueblo de Extremadura del que había emigrado a Madrid siendo apenas una adolescente, historias que Valentina atesoraría como pequeños tesoros de una vida completamente distinta a la suya.

La máquina tragaperras de la esquina de aquel bar de Vallecas donde compartieron su primera tortilla y su primera confesión sincera seguiría encendida años después, cuando Mateo y Valentina volvieran juntos, ya con una relación mucho más consolidada, a rememorar, con nostalgia y cariño, el lugar exacto donde ambos habían empezado a dejar de fingir ser quienes creían que debían ser.