Capítulo 3 — Valentina #2
No era gran cosa. Lo sabía incluso entonces.
Pero mientras terminaba la cena, pensando en la cara de doña Pilar y en la voz seria de Mateo hablando de cables pelados, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo dentro de las paredes de esa casa: la sensación de que, por una vez, mi vida podía tener algo más de peso que el que le daban mi apellido y mi código postal.
Fue una sensación pequeña. Pero fue real.
Y esa noche, mientras repasaba mentalmente cada palabra de la conversación con Mateo frente al edificio, entendí que aquella sensación tenía mucho que ver, más de lo que estaba dispuesta a reconocer, con un chico de sudadera gastada que había decidido, sin conocerme apenas, retarme a ser mejor de lo que él esperaba de mí.
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De camino a la estación de metro, después de despedirme de Mateo, pasé por delante de una panadería pequeña que todavía tenía la persiana medio bajada, señal de que estaba a punto de cerrar.
Por impulso, entré, y compré un par de napolitanas de chocolate que la mujer detrás del mostrador me envolvió en una bolsa de papel con una amabilidad que no esperaba, dado que probablemente notó, como todo el barrio parecía notar, que yo no encajaba del todo en aquel escenario.
—¿Es la primera vez que vienes por aquí? —me preguntó, mientras cobraba.
—Sí. Estoy con un proyecto de la universidad, en el edificio de Sierra Gorda.
La mujer asintió, con una expresión que combinaba resignación y esperanza a partes iguales.
—Ojalá de verdad arregléis algo. Llevamos aquí toda la vida, ¿sabe? Este barrio tiene mucha más dignidad de la que la gente de fuera cree.
Me quedé pensando en esa frase durante todo el trayecto en metro, "mucha más dignidad de la que la gente de fuera cree", repitiéndomela mentalmente como quien repite una lección que acaba de aprender y todavía no ha terminado de digerir del todo.
En el vagón, sentada frente a una señora mayor que dormitaba con las bolsas de la compra entre las piernas y un grupo de adolescentes que discutían en voz alta sobre un videojuego, sentí, por primera vez en mucho tiempo, una desconexión extraña con mi propia vida, como si acabara de descubrir que el mapa que siempre había dado por completo tenía, en realidad, barrios enteros que nunca había explorado.
Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó qué tal había ido la visita, y le hablé, por encima, de la grieta en el techo de doña Pilar y del sistema eléctrico del sótano, sin mencionar nada del resto: ni la vergüenza que había sentido al descubrir la diferencia entre su alquiler y mi manicura mensual, ni la conversación con Mateo frente al edificio, ni la promesa que me había hecho a mí misma de volver, cueste lo que cueste, cuantas veces hiciera falta.
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A la semana siguiente convencí a Andrea y a Lucía de acompañarme a una segunda visita al edificio de Sierra Gorda, aunque ninguna de las dos se mostró especialmente entusiasmada con la idea.
Marisa nos había pedido que hiciéramos un pequeño inventario fotográfico de las zonas comunes para incluir en el informe técnico, algo que en teoría podíamos haber resuelto con las fotografías que ya teníamos de la primera visita, pero que a mí me servía, en realidad, de excusa para volver.
—No hace falta que vengas tú también, Val —me dijo Andrea, mientras esperábamos el metro—. Podemos hacerlo nosotras.
—Quiero ir. En serio.
Lucía y Andrea intercambiaron una mirada que no supe interpretar del todo, aunque sospeché, correctamente, que ya empezaban a atar cabos sobre el verdadero motivo de mi insistencia.
Doña Pilar nos recibió esa tarde con café y unas pastas caseras que insistió en que probáramos, negándose a aceptar un no por respuesta, y mientras Andrea y Lucía fotografiaban el rellano y las escaleras, yo me quedé un rato más en su salón, escuchando historias del barrio que ella contaba con un cariño y un detalle que solo da haber vivido algo de verdad, no haberlo leído en un libro de historia.
—¿Sabes lo que más echo de menos de cuando llegamos aquí, en el setenta y uno?
—me dijo, sirviéndome otra taza de café que no había pedido—.
La sensación de comunidad. Todos veníamos de sitios distintos, del pueblo, de otros barrios de Madrid, y todos empezábamos de cero.
Nos ayudábamos entre nosotros porque no teníamos otra opción.
Ahora la gente joven se va en cuanto puede, y no les culpo, porque esto ya no es lo que era.
Pero a los que nos quedamos, nos gustaría que al menos las casas no se nos cayeran encima antes de morirnos.
Me reí, aunque la frase tenía un fondo de tristeza real que se me quedó pegado durante el resto de la visita, y cuando por fin nos despedimos, ya casi de noche, sentí que aquel barrio, que hacía apenas unas semanas me resultaba completamente ajeno, empezaba a convertirse en un lugar con nombre propio, con historias concretas, con caras que reconocía y que me alegraba de volver a ver.
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Antes de que terminara aquella semana, decidí hablar con mi tutora de universidad, la profesora Aguado, para preguntarle si existía alguna manera de ampliar mi implicación en el proyecto más allá de las horas mínimas exigidas por la asignatura.
Ella me miró con una sorpresa que no intentó disimular.
—Es la primera vez en años que un alumno me pide más carga de trabajo voluntaria, Valentina —me dijo, con una sonrisa genuina—. Normalmente es al revés.
—Siento que hay mucho más que aprender aquí de lo que la asignatura exige.
—Me alegra escuchar eso. Hablaré con Marisa para ver si hay margen para que colabores en la redacción final de la memoria técnica, más allá de la parte estrictamente financiera.