Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 3 — Valentina
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Capítulo 3 — Valentina

La segunda semana del proyecto, Marisa anunció que en lugar de reunirnos en el centro social íbamos a visitar el edificio de Sierra Gorda directamente, "para que os hagáis una idea real de con qué estamos trabajando".

Lo dijo mirándonos a las de ICADE de una manera que me hizo sospechar que no era la primera vez que un grupo de estudiantes se presentaba a hacer "trabajo de campo" sin haber pisado jamás el terreno del que hablaban.

Le pedí a mi conductor habitual, Ramón, que me llevara, y cuando le di la dirección —calle Sierra Gorda, esquina con Monte Igueldo— vi por el retrovisor cómo levantaba una ceja durante medio segundo, antes de recomponer la expresión profesional de siempre.

—¿Va a tardar mucho, señorita Valentina?

—No lo sé, Ramón. Dos horas, quizás.

—¿La espero aquí?

Miré por la ventanilla. Estábamos parados frente al número que Marisa nos había pasado por correo: un bloque de ladrillo visto, de seis alturas, con una fachada que en algún momento debió de haber sido de un color uniforme y que ahora era un mosaico de parches de cemento sin pintar, ventanas con marcos de aluminio oxidado y, en la planta baja, un local cerrado con la persiana metálica cubierta de pintadas.

—No, Ramón, no hace falta. Ya volveré en metro.

Lo dije con una seguridad que no sentía del todo, más que nada porque no quería que mi conductor —que llevaba trabajando para mi familia desde antes de que yo naciera y que probablemente le contaría a mi madre, sin mala intención, dónde me había dejado— pensara que yo era de las que necesitan que las lleven de la mano por todas partes.

Aunque, siendo sincera conmigo misma, era exactamente ese tipo de persona. O lo había sido hasta ese momento.

· · ·

Dentro del portal olía a humedad, un olor denso y familiar de alguna manera —el mismo olor que reconocería años después en cualquier sótano mal ventilado— que me hizo entender, de golpe y de forma mucho más visceral que cualquier gráfica del informe de Marisa, por qué estábamos ahí.

Mateo ya estaba en el rellano del tercero, con Bruno —al que reconocí porque Marisa lo había presentado brevemente la semana anterior, aunque no formara parte oficial del grupo— y una mujer mayor, de unos setenta años, con una bata de flores y unas zapatillas de estar por casa, que resultó ser doña Pilar, vecina del bloque desde 1971, cuando se mudó ahí recién casada.

—Esta es la casa donde se me han criado los tres hijos y los siete nietos —nos dijo doña Pilar, señalando la puerta entreabierta de su piso—. Y esta es la grieta que llevo denunciando al ayuntamiento desde el año dos mil doce.

Nos enseñó una fisura que recorría el techo del salón de lado a lado, con un cerco de humedad amarillento alrededor, y un cable eléctrico que salía de una regleta improvisada, sujeta con cinta aislante al marco de una ventana, porque el enchufe original llevaba años sin funcionar de forma segura.

Andrea, a mi lado, sacó el móvil para hacer una foto y luego, dándose cuenta de lo inapropiado que resultaba fotografiar el salón de una anciana como si fuera un decorado, lo volvió a guardar con las mejillas rojas.

—¿Puedo preguntarle algo, doña Pilar? —le dije yo, sin saber muy bien de dónde salía la pregunta, solo sabiendo que necesitaba hacerla—. ¿Cuánto paga usted de alquiler al mes?

—Ciento ochenta euros, hija. Es vivienda protegida, siempre ha sido así.

Ciento ochenta euros. Mi manicura mensual costaba más que eso.

No lo dije en voz alta, por supuesto. Pero la cifra se me quedó rebotando en la cabeza durante el resto de la visita, mientras subíamos al quinto piso para ver otra vivienda con problemas similares, y luego al sótano, donde Mateo nos enseñó, con la ayuda de una linterna del móvil, el estado del cuadro eléctrico general del edificio: cables pelados, fusibles improvisados con cinta de cobre, un sistema entero que, según explicó con una precisión técnica que me sorprendió —no esperaba que un estudiante hablara con tanta soltura de amperios y secciones de cable—, llevaba más de una década funcionando "de milagro, básicamente".

—Esto no es una cuestión de estética —dijo, dirigiéndose sobre todo a mí, aunque sin mirarme directamente, como si hablara con la sala en general pero supiera perfectamente quién necesitaba escucharlo—.

Esto es una cuestión de que en cualquier momento puede arder el edificio entero con dieciséis familias dentro.

No estamos aquí para hacer bonito un salón.

Estamos aquí para que la gente no se muera quemada en su casa.

Nadie dijo nada durante un rato. Lucía, que hasta ese momento había estado tomando notas de manera bastante mecánica, dejó de escribir.

Andrea miraba al suelo. Y yo, que en ese momento tenía en la cabeza una lista mental de las tres cosas que iba a decirle a mi padre esa noche para intentar conseguir que Grupo Cross —una empresa que construía áticos de lujo con vistas al Retiro— destinara aunque fuera una fracción minúscula de su presupuesto de responsabilidad social a algo así, sentí una vergüenza que no supe muy bien cómo procesar.

· · ·

Al terminar la visita, Marisa se despidió de nosotros en la puerta del edificio, recordándonos que la memoria económica había que entregarla en cinco semanas, y el grupo se fue dispersando poco a poco.

Andrea y Lucía se marcharon juntas hacia el metro, todavía en shock, comentando entre susurros lo "fuerte" que había sido todo, con ese tono de quien ha visto algo que le va a servir de anécdota durante meses pero que probablemente no le va a cambiar nada más allá de eso.

Yo me quedé un momento en la acera, sin muchas ganas de irme todavía, mirando el edificio desde fuera, intentando imaginar cómo sería vivir ahí, con ciento ochenta euros de alquiler y una grieta en el techo del salón que nadie arreglaba desde hacía trece años.

—¿Te ha impresionado? —me preguntó Mateo, que se había quedado atrás, guardando su cuaderno y una cámara réflex bastante gastada en la mochila.

No sabía si lo decía con sorna o con genuina curiosidad. Decidí contestar como si fuera lo segundo.

—Sí —admití—. Mucho, la verdad.

—Ya. Suele pasar la primera vez. —Se colgó la mochila—. Lo raro es la segunda vez, cuando la gente ya no viene, porque resulta que "se han dado cuenta de que no tienen tanto tiempo libre como pensaban".

—Yo voy a venir la segunda vez.

Lo dije con más firmeza de la que sentía, casi como un reto, y Mateo me miró con una expresión que no supe interpretar del todo —algo entre la duda y una curiosidad reticente, como quien ha oído esa misma frase antes y no le ha servido de nada—.

—Vale —dijo—. Ya veremos.

—¿Por qué no me crees?

Se quedó callado un momento, con las manos en los bolsillos de la sudadera, mirando hacia el edificio en lugar de mirarme a mí, como si estuviera decidiendo cuánta sinceridad quería permitirse.

—Porque llevo tres años en esta facultad y he visto pasar a mucha gente de tu mundo por proyectos como este —dijo por fin—.

Vienen, se emocionan un día, hacen una foto bonita para las redes con el hashtag de turno, y a la semana siguiente están otra vez en su vida normal, sin acordarse de que existe doña Pilar.

No es que sean malas personas. Es que esto —señaló el edificio con la barbilla— nunca ha sido de verdad su problema, así que en cuanto deja de ser divertido o interesante, lo sueltan.

Y no os culpo. Es lo lógico si nunca has tenido que preocuparte por si el enchufe de tu salón te va a prender fuego mientras duermes.

Sentí que se me encendía algo en el pecho, una mezcla de rabia y de vergüenza que no supe muy bien hacia dónde dirigir, porque en el fondo sabía que tenía razón sobre la mayoría de la gente que conocía, y quizás, hasta ese mismo día, también sobre mí.

—No me conoces —le dije—. Llevas dos semanas viéndome en una sala y ya has decidido quién soy.

—Puede ser —respondió él, sin ceder ni un centímetro—. Demuéstrame que me equivoco, entonces.

Y ahí estaba otra vez esa expresión suya, la misma del primer día, esa mezcla de desafío y de algo parecido a la esperanza reticente, como si de verdad quisiera que le demostrara que estaba equivocado pero llevara tanto tiempo acostumbrado a que no fuera así que ya ni siquiera se permitía esperarlo del todo.

—Lo voy a hacer —dije.

No supe, en ese momento, si se lo estaba diciendo a él o me lo estaba diciendo a mí misma.

· · ·

Esa noche, en la cena, mi padre preguntó por el proyecto con el mismo tono distraído de siempre, el que reserva para todo lo que no tiene que ver directamente con Grupo Cross, mientras revisaba algo en la tablet entre plato y plato.

—Qué bien, cariño, que te impliques en esas cosas —dijo, sin levantar la vista—. Queda muy bien en el currículum.

—No es por el currículum, papá.

Levantó la vista entonces, sorprendido por mi tono, y mi madre, al otro lado de la mesa, dejó de remover la ensalada un segundo, mirándome con una curiosidad que rara vez le veía.

—He visto un edificio con dieciséis familias donde el sistema eléctrico puede provocar un incendio en cualquier momento —dije, y no reconocí del todo mi propia voz, porque sonaba más seria, más firme, que la voz con la que normalmente hablaba en esa mesa—.

Una vecina paga ciento ochenta euros al mes y lleva trece años pidiendo que le arreglen una grieta en el techo.

Y estaba pensando que quizás, con todo lo que Grupo Cross invierte en su departamento de comunicación para hablar de sostenibilidad, podríamos destinar algo de verdad a un proyecto así.

Mi padre se quedó callado un momento, con el tenedor a medio camino del plato, y por su expresión no supe si estaba a punto de reírse, de enfadarse, o de sorprenderse genuinamente. Al final, hizo algo que no esperaba: sonrió, un poco, de una manera que no le había visto sonreír en mucho tiempo.

—Mándame el informe cuando lo tengáis —dijo—. Lo miraré con el departamento de RSC. No prometo nada, pero lo miraré.