Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 2 — Mateo #3
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Capítulo 2 — Mateo #3

No supe qué contestarle, y seguimos trabajando en silencio el resto de la tarde, con esa historia nueva rondándome la cabeza, una historia que explicaba, quizás, por qué mi padre siempre había sido tan cauteloso con cualquier tema relacionado con clases sociales y con expectativas familiares, y que me hizo entender, con una claridad incómoda, que la advertencia de Bruno no era la única voz de la experiencia que tenía a mi alrededor.

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Aquella misma semana, en un descanso entre clases en la ETSAM, me crucé con un antiguo compañero de instituto, Rafa, que había estudiado Económicas en una universidad pública y que ahora trabajaba, según me contó con cierto orgullo, en un banco del centro de la ciudad.

—¿Sigues con lo de la beca? —me preguntó, mientras tomábamos un café rápido en la cafetería de la facultad—. Tío, admiro que aguantes. Yo no habría durado ni un semestre con esa presión.

—No queda otra.

—Ya, pero ojo, que luego terminas la carrera y te metes en el mundo laboral real, y ahí las reglas cambian todavía más.

Te lo digo yo, que llevo dos años currando y todavía siento que tengo que demostrar el doble que mis compañeros que vinieron de colegios privados, solo para que me tomen la mitad en serio.

Aquella conversación se me quedó rondando la cabeza durante días, porque ponía en palabras algo que yo mismo empezaba a temer, casi sin quererlo, sobre mi futuro con Valentina: que incluso si conseguíamos superar la oposición de su familia, incluso si lográbamos hacer que la relación funcionara a pesar de las diferencias evidentes entre nuestros mundos, seguramente me esperaría, en el terreno profesional, una versión distinta pero igual de real de esa misma sensación de tener que demostrar constantemente que merecía estar en cualquier sitio donde estuviera, que mi valía no dependía de contactos ni de apellidos, sino de mi propio esfuerzo.

No se lo comenté a Valentina esa semana, ni la siguiente, guardándome para mí mismo esa inquietud nueva que se sumaba a todas las demás que ya llevaba acumulando desde el principio de nuestra relación, consciente de que, tarde o temprano, tendríamos que hablar abiertamente de todo lo que implicaba, a largo plazo, construir una vida juntos partiendo de puntos tan distintos.

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Aquella noche, antes de dormir, repasé mentalmente cada detalle de la reunión, preguntándome por qué la opinión de una desconocida de ICADE me importaba tanto como para quitarme el sueño.

Nunca me había pasado algo así, ni con las escasas chicas con las que había salido brevemente durante la carrera, relaciones que nunca habían llegado a interferir de manera tan evidente en mi concentración habitual.

Decidí, finalmente, dejar de darle más vueltas de las necesarias, convenciéndome a mí mismo de que se trataba simplemente de la novedad de trabajar con alguien tan distinto a mi entorno habitual, y no de nada más profundo. Aquella convicción, sin embargo, duraría bastante menos de lo que esperaba.

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Con el tiempo, aquella primera noche de dudas se convertiría en una anécdota que contaríamos entre risas, ya mucho más adelante en nuestra relación, como el momento exacto en que ambos habíamos intentado, sin éxito, convencernos a nosotros mismos de que lo que sentíamos no era nada importante.

Aquella misma noche, antes de dormir, releí un par de veces los mensajes que nos habíamos cruzado esa tarde en la reunión, mensajes triviales sobre horarios y logística del proyecto, buscando entre líneas algún indicio, probablemente inexistente, de que aquella chica de Salamanca sintiera hacia mí algo remotamente parecido a la curiosidad que yo sentía hacia ella.

Lucía, mi hermana pequeña, no dejaría el tema tranquilo en las semanas siguientes, sacando el nombre de Valentina en cada cena familiar con una insistencia que, aunque exasperante, terminó sirviendo, en el fondo, para que toda la familia se fuera acostumbrando poco a poco a la idea de que aquella relación iba mucho más en serio de lo que yo mismo estaba dispuesto a admitir al principio.

Sole, que había sido testigo silenciosa de la evolución del estado de ánimo de Mateo durante esas semanas, comentaría después, entre risas, a su marido, que llevaba treinta años detrás de aquella barra y que nunca fallaba a la hora de reconocer los síntomas inconfundibles de alguien enamorándose, aunque el propio afectado tardara todavía semanas en admitirlo abiertamente.

Kevin, el otro alumno de tutorías de Mateo, terminaría aprobando el curso con una nota que sorprendería a toda su familia, y con el paso de los años se convertiría, para orgullo de Mateo, en el primer miembro de su familia en plantearse seriamente estudiar una carrera universitaria, inspirado, según confesaría después, por el ejemplo silencioso de su profesor particular de los sábados por la tarde.

Aquella cafetería vieja donde Mateo trabajaba, con su máquina italiana cuidada como una reliquia familiar, se convertiría, años después, en el escenario elegido por la propia Sole para organizar una pequeña fiesta sorpresa el día que Mateo terminara finalmente la carrera, cerrando así, de manera simbólica, el círculo de una historia que había empezado precisamente detrás de aquella misma barra.