Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 2 — Mateo #2
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Capítulo 2 — Mateo #2

—Sí, sí. Solo pensando en el proyecto ese de la universidad.

—¿El de Sierra Gorda? Mi cuñada vive en ese edificio, ¿sabes? Lleva años quejándose de la instalación eléctrica. Como consigáis arreglar eso, os hacéis santos en este barrio.

No le dije nada de Valentina, claro, ni de la extraña sensación que llevaba todo el día repitiéndome en la cabeza, esa mezcla de irritación y curiosidad que no sabía muy bien cómo nombrar.

Sole, que llevaba treinta años detrás de esa barra y que había visto pasar a media generación del barrio enamorarse y desenamorarse delante de sus narices, probablemente habría sabido leerlo al instante, y no estaba preparado para que nadie más pusiera nombre a algo que yo mismo todavía no entendía del todo.

A las cinco, cuando terminé el turno, me esperaban las dos tutorías de matemáticas: primero Nayara, una chica de dieciséis años que iba fatal en álgebra y que, según su madre, "se ponía a llorar con solo ver una ecuación", y después Kevin, un chico de quince que en realidad no necesitaba mis clases tanto como necesitaba un sitio tranquilo donde estudiar dos horas lejos del ruido de su casa, donde vivían siete personas en un piso de tres habitaciones.

Ambas tutorías me las pagaban a quince euros la hora, un precio que en cualquier otro barrio de Madrid habría parecido una broma, pero que en Vallecas representaba, para las familias que me contrataban, un esfuerzo real, un sacrificio calculado con la esperanza de que sus hijos tuvieran una oportunidad que ellos mismos quizás no habían tenido.

Mientras explicaba a Nayara, por tercera vez, cómo despejar una incógnita, no podía evitar que mi cabeza volviera, una y otra vez, a la conversación de la mañana.

A la forma en que Valentina Cross me había mirado cuando le dije "es solo información", como si le hubiera abofeteado sin previo aviso.

A la seguridad con la que había defendido su posición delante de todo el grupo, sin el titubeo que yo esperaba de alguien acostumbrada a que nadie le llevara la contraria.

—Mateo, ¿estás bien? —me preguntó Nayara, sacándome de mis pensamientos—. Llevas un rato mirando la pared.

—Perdona. Vamos a repasar esto otra vez.

Terminé las tutorías cerca de las nueve, ya de noche, y cuando por fin llegué a casa, cansado como cada día, encontré a mi hermana pequeña, Lucía, haciendo los deberes en la mesa de la cocina, con los libros desparramados y un boli mordisqueado entre los dientes.

—¿Qué tal el proyecto ese que tienes con los pijos de ICADE? —me preguntó, sin levantar la vista del cuaderno, porque en mi casa las noticias corren rápido y mi madre ya le había contado por encima de qué iba mi tarde.

—No los llames así.

—¿Por qué no? Si lo son.

Me senté a su lado, robándole una galleta del paquete que tenía abierto junto a los libros, y pensé, durante un segundo, en cómo explicarle a una chica de catorce años que el mundo no siempre es tan sencillo como parece desde fuera, que a veces la gente que crees conocer por su apellido o por su código postal resulta tener capas que no esperabas encontrar.

—Hay una chica en el grupo que parece que se lo toma en serio —le dije, al final, repitiendo casi las mismas palabras que le había dicho a mi madre horas antes—. Puede que me haya equivocado con ella.

Lucía levantó la vista del cuaderno, con esa mirada perspicaz que tienen las hermanas pequeñas cuando huelen algo interesante en el aire.

—¿Te gusta?

—No seas tonta. Acabo de conocerla.

—Eso no responde a mi pregunta.

No le contesté, y ella, con una sonrisa que dejaba claro que ya sabía perfectamente la respuesta aunque yo no la dijera en voz alta, volvió a sus deberes, dejándome con la sensación incómoda de que hasta mi hermana de catorce años había visto algo en mí que yo mismo todavía me negaba a admitir.

· · ·

Los fines de semana, cuando no tenía turno en el café, solía echar una mano a mi padre en pequeños trabajos de electricidad que le salían por encargo de vecinos del barrio, extra que no declaraba a Hacienda pero que suponía un ingreso pequeño y constante que ayudaba a llegar mejor a fin de mes.

Ese sábado en concreto, tocaba revisar el cuadro eléctrico de la vivienda de un vecino del quinto piso de nuestro propio edificio, un hombre mayor llamado don Ernesto que llevaba semanas quejándose de que los plomos saltaban cada vez que ponía la lavadora y el microondas a la vez.

—Toma, sujétame esto —me dijo mi padre, pasándome una linterna mientras él manipulaba con cuidado los cables del cuadro—. ¿Qué tal el proyecto ese de la facultad?

—Bien. Complicado, pero bien.

—Me ha contado tu madre que hay una chica en el grupo. De una familia con posibles.

—Papá.

—No te estoy preguntando nada malo, hijo.

Solo digo que tengas cuidado con hacerte ilusiones que luego no se puedan cumplir.

—Ajustó un fusible con precisión, sin levantar la vista del trabajo—.

Yo, con tu edad, también me enamoré de una chica de más posibles que yo.

La familia se opuso desde el primer día, y aquello no acabó bien.

—¿Y qué pasó?

Mi padre se quedó callado un momento, como sopesando cuánto quería contarme de una historia que jamás me había mencionado antes.

—Se casó con quien su familia había elegido para ella. Yo conocí a tu madre dos años después, y no me arrepiento de nada de lo que pasó, porque me trajo hasta aquí, hasta esta familia que tenemos. Pero durante un tiempo, aquello me dolió más de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta.