Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1) Capítulo 2 — Mateo
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Capítulo 2 — Mateo

Mi despertador suena a las seis y cuarto, pero llevo despierto desde las seis menos diez porque el somier de la habitación de al lado, la de mis padres, cruje cuando mi padre se levanta, y ese crujido es más fiable que cualquier alarma que yo pueda programar.

La rutina es siempre la misma. Ducha rápida —el termo de gas no da para más de ocho minutos si quieres que a mi madre le quede agua caliente después—, café solo de pie en la cocina mientras reviso los mensajes, y a las siete menos cuarto ya estoy bajando las escaleras del portal, porque el ascensor lleva tres semanas estropeado y la comunidad de vecinos todavía está discutiendo quién paga el arreglo.

Ese martes en concreto tenía clase a las ocho, turno en el café desde la una hasta las cinco, dos tutorías de matemáticas a las seis, y la reunión del proyecto de Sierra Gorda a las siete.

Un día normal, básicamente. La gente que no ha vivido así piensa que suena agotador, y lo es, pero también deja de sentirse como algo que eliges y empieza a sentirse simplemente como la forma que tiene el tiempo de organizarse alrededor de ti.

No lo pienso demasiado. Si lo pensara demasiado, probablemente dejaría de funcionar.

Bruno me esperaba abajo, apoyado en su moto, con dos cafés de máquina en la mano porque sabe que si no me obliga a tomarme uno antes de las ocho, para las diez ya me he quedado dormido en clase de Estructuras.

—Toma. —Me pasó el vaso—. ¿Hoy tienes lo de Vallecas?

—Sierra Gorda, sí. A las siete.

—¿Y te han puesto ya con los de Empresariales?

—Me han puesto con los de ICADE. —Le di un trago al café, que sabía como si lo hubieran colado con agua de fregar—. Que no es lo mismo.

Bruno se rio. Bruno no fue a la universidad —lo intentó un año, Económicas, y lo dejó cuando se dio cuenta de que entre las clases y el trabajo en el taller de su padre no le quedaban horas para dormir, y decidió que prefería dormir— pero tiene una opinión muy formada sobre "los de ICADE", opinión que se resume básicamente en que son gente que ha pagado sesenta mil euros para aprender a decir que no a un préstamo sin sentirse culpable.

—Ojo con esos —dijo, montándose en la moto—. Te van a hacer una memoria en PowerPoint con muchos colores y al final ni un duro.

—Eso mismo les dije yo.

—¿Y qué te dijeron?

—Una me dijo que para eso estaban ellos ahí.

Bruno se puso el casco y, antes de arrancar, añadió:

—Ojalá tengan razón, tío. En serio. Ojalá.

Y se fue, dejándome con el eco de esa frase todo el día, porque Bruno rara vez dice "ojalá" sobre nada relacionado con gente que no sea del barrio.

Bruno cree, con razón la mayoría de las veces, que la gente como los del grupo cuatro pasa por Vallecas como quien visita un zoo: con curiosidad, con alguna que otra foto mental que contar después en una cena, y sin ninguna intención real de que las cosas cambien de verdad, porque el cambio real nunca les ha tocado ni les va a tocar a ellos.

· · ·

Llevo tres años estudiando en la ETSAM con la misma beca completa que me permitió entrar, la que renuevo cada septiembre con el corazón en un puño porque un ocho coma dos en vez de un ocho coma cinco puede significar la diferencia entre seguir estudiando y tener que dejarlo.

Nadie en mi entorno lo dice en voz alta, pero todos —mi madre, mi padre, Bruno, yo mismo— sabemos que si pierdo esa beca, se acabó.

No hay plan B con recursos detrás. Hay, como mucho, un plan B que consiste en trabajar el doble de horas y estudiar por las noches, y ese plan tiene una tasa de éxito bastante más baja de la que a nadie le gusta admitir.

Por eso, cuando entré ese día a la sala del centro social y vi a las cinco de ICADE sentadas en círculo —cuatro chicas y ningún chico, cosa que tampoco me sorprendió demasiado, porque en mi experiencia los chicos de familia bien no suelen apuntarse a proyectos de "campo" a menos que su padre les haya insinuado que quedaría bien en el currículum de la empresa familiar—, ya iba con una idea bastante formada de lo que me iba a encontrar.

No me equivoqué del todo. Pero tampoco acerté del todo, que es lo que más me fastidió después.

La chica que se llamaba Valentina —Cross, apellido que reconocí en cuanto Marisa lo dijo, porque cualquiera que haya vivido en Madrid ha visto ese apellido en la fachada de algún edificio de lujo en construcción— iba vestida de una manera que en ICADE probablemente pasaba por "informal": un jersey que seguramente costaba más que mi alquiler mensual, unas botas que parecían recién sacadas de la caja, y ese tipo de peinado que parece que no tiene esfuerzo pero que lleva veinte minutos de secador delante del espejo.

Cuando le dije lo del presupuesto, no esperaba que me contestara.

Esperaba, la verdad, que se quedara callada como las otras dos, mirándome con esa mezcla de incomodidad y pena que ya conozco bien, la mirada de "pobrecito, qué mundo tan duro el tuyo".

Pero contestó. Y contestó rápido, sin dudar, con un tono que no era el de alguien acostumbrado a que le lleven la contraria.

Eso me descolocó más de lo que estoy dispuesto a admitir.

· · ·

Las siguientes dos horas de reunión las pasé, si soy sincero, mitad escuchando a Marisa explicar los detalles técnicos del bloque —que ya me sabía de memoria, porque llevaba semanas trabajando en los planos preliminares con mi profesora Iris Moreno— y mitad observando de reojo a Valentina Cross, intentando encontrar la grieta.

Porque siempre hay una grieta. Alguna pregunta que delate que en realidad no tienen ni idea de lo que están hablando, algún comentario que revele que para ellos esto es solo una línea más en el expediente.

No la encontré. Al menos no ese día.

Tomaba notas —notas de verdad, con letra apretada, no esos apuntes decorativos que había visto hacer a otros estudiantes de su facultad en clases compartidas—.

Hizo dos preguntas sobre el tipo de subvención autonómica disponible para rehabilitación energética que, para mi sorpresa, eran preguntas relevantes, del tipo que se le ocurren a alguien que realmente entiende de estructura de financiación pública y no solo de estar ahí sentada esperando a que termine la hora.

Cuando terminó la reunión y salimos a la calle, todavía con el suelo mojado de la lluvia de antes, no tenía intención de hablar con ella.

Iba a encender un cigarro, esperar a que se fueran todos, y caminar los cinco minutos hasta casa pensando en la lista interminable de cosas que me quedaban por hacer esa noche.

Pero ella se quedó ahí, sacando el móvil, y me pareció tan fuera de lugar en esa esquina —con su bolso que probablemente valía un mes de mi sueldo del café, esperando un coche privado en una calle donde la mayoría de la gente espera el autobús— que no pude evitar decir algo.

—¿Vives por aquí? —me preguntó ella primero, y en cuanto lo dijo até cabos: claro que no sabía dónde vivía yo. Para ella, probablemente, todo el barrio era una masa indiferenciada de "aquí", sin distinción entre calles, sin memoria de qué esquina tenía el mejor panadero y cuál el peor bar.

—A cinco minutos andando —le dije—. ¿Tú?

—Salamanca.

—Ya me imaginaba.

Lo dije sin pensar demasiado, casi como un acto reflejo, y en cuanto vi su cara entendí que se lo había tomado mal.

Que probablemente esperaba que yo dijera algo tipo "qué guay" o "qué envidia", la reacción estándar que la gente suele tener cuando descubre de dónde viene alguien como ella.

En vez de eso, le solté algo que sonaba —y sonó, lo reconozco— a juicio.

—¿Y eso es un problema? —me preguntó, con un tono que no esperaba. Un tono con filo de verdad, no ese filo fingido de quien está acostumbrado a que nunca la contradigan de verdad.

—No es un problema —le dije—. Es solo información.

Y me fui. Me fui porque no sabía qué más decir, porque llevaba todo el día de pie, porque tenía tutorías pendientes de preparar, y porque, si soy honesto, algo en la forma en que me había mirado —no con lástima, no con curiosidad de turista, sino con algo parecido a la rabia— me había puesto nervioso de una manera que no me gustó nada.

· · ·

Esa noche, en casa, mi madre me preguntó qué tal había ido lo del proyecto, mientras calentaba la cena en el microondas porque llegaba tarde de su turno en el hospital.

—Bien —le dije—. Hay una chica en el grupo que parece que se lo toma en serio.

—¿Parece?

—Ya veremos.

Mi madre me miró con esa expresión que tiene desde que tengo memoria, la de quien ha aprendido, después de años trabajando de auxiliar de enfermería, a distinguir entre las personas que dicen que quieren ayudar y las que de verdad ayudan.

—No juzgues tan rápido, Mateo —me dijo, sirviéndose el plato—. Tú tampoco eres solo lo que la gente ve la primera vez que te mira.

No le contesté. Me fui a mi habitación, saqué el portátil para adelantar los planos del bloque de Sierra Gorda, y pasé la siguiente hora dibujando líneas de una instalación eléctrica nueva mientras, en algún rincón de mi cabeza que no controlaba del todo, seguía viendo la cara de Valentina Cross en el momento exacto en que le dije "es solo información", esa mezcla de sorpresa y algo más que no supe nombrar entonces y que tardaría bastantes semanas en reconocer.

No es que me arrepintiera. Todavía no. Pero sí me quedé, durante mucho más rato del que hubiera admitido en voz alta, dándole vueltas a si había sido justo con ella.

La respuesta, cuando por fin llegó, no me gustó nada.

· · ·

El turno en el café, esa tarde, se me hizo más largo de lo normal.

Trabajaba en un local pequeño cerca de la facultad, uno de esos sitios con máquina de café italiana antigua que Sole, la dueña, cuidaba con más mimo que a sus propias plantas, y una clientela fija de estudiantes y jubilados del barrio que pedían siempre lo mismo, a la misma hora, con una puntualidad casi ritual.

—Hoy estás en las nubes —me dijo Sole, mientras yo limpiaba distraídamente la barra por tercera vez en diez minutos—. ¿Va todo bien en casa?