Capítulo 1 — Valentina #3
—Vallecas —repitió ella, con una expresión pensativa—. Tu bisabuelo construyó allí sus primeros bloques, ¿sabes? En los años cincuenta. Antes de que el negocio se convirtiera en lo que es ahora.
—Sí, algo me han contado.
—Deberías preguntarle a tu padre por esas fotografías antiguas que guarda en el despacho.
Hay una, en concreto, de tu bisabuelo estrechando la mano a un obrero delante de un bloque recién terminado.
Solía decir que esa foto era la que más orgulloso le hacía sentir, más que cualquier ático de lujo que haya construido después.
No sabía de la existencia de esa fotografía, y la curiosidad se me quedó clavada durante el resto de la tarde, alimentando aún más esa sensación extraña que llevaba días sintiendo: la sensación de estar a punto de descubrir algo importante, no solo sobre un barrio desconocido, sino sobre mi propia familia y sobre mí misma.
· · ·
Aquella semana, antes de la segunda reunión del proyecto, me sorprendí a mí misma dedicando más tiempo del habitual a elegir qué ponerme, no por vanidad exactamente, sino por una necesidad extraña de no parecer, esta vez, tan fuera de lugar como me había sentido la primera vez.
Descarté el abrigo que solía llevar a clase, demasiado ostentoso para el centro social, y opté por algo más sencillo, unos vaqueros y un jersey básico que, aun así, probablemente seguían delatando mi origen a cualquiera con ojo entrenado para esas cosas.
Mi madre, al verme salir de casa esa tarde, comentó, con esa media sonrisa suya tan característica, que llevaba semanas sin verme tan implicada en un proyecto de la universidad.
—Se nota que te está gustando esto de la responsabilidad social —dijo, sin sospechar ni remotamente el verdadero motivo de mi entusiasmo renovado.
No la corregí. Dejé que creyera lo que quisiera creer, mientras yo, por dentro, repasaba mentalmente todas las preguntas que quería hacerle a Marisa sobre el estado del proyecto, y, si soy sincera del todo, todas las cosas que quería decirle a Mateo Rueda para demostrarle que se había equivocado conmigo, aunque no tuviera ni idea todavía de que esa necesidad de demostrarle algo a un desconocido con sudadera gastada iba a convertirse, con el tiempo, en mucho más que una simple cuestión de orgullo herido.
· · ·
Antes de la tercera reunión del grupo, mientras esperaba en la parada del autobús cerca de mi facultad, me sorprendí revisando el móvil varias veces, esperando sin admitirlo del todo algún mensaje relacionado con el proyecto, aunque Mateo y yo apenas habíamos intercambiado un par de frases hasta entonces, siempre en el contexto estricto del trabajo grupal.
Cuando por fin llegué al centro social, descubrí que era, de nuevo, la primera en llegar, y aproveché esos minutos de soledad para observar con más detenimiento el entorno que hasta hacía apenas unas semanas me había resultado completamente ajeno: el mural desvaído de la pared exterior, los carteles de actividades para mayores pegados con celo en el tablón de anuncios, el sonido lejano de niños jugando en un patio cercano.
Aquel barrio, que al principio me había parecido solo un decorado incómodo para cumplir con una asignatura, empezaba a revelarse, poco a poco, como un lugar con vida propia, con ritmos y costumbres que no tenían nada que ver con los de mi mundo pero que resultaban, a su manera, igual de ricos y complejos.
Cuando finalmente llegaron el resto de compañeros a esa tercera reunión, ya había memorizado sin querer cada detalle del cartel de actividades del tablón, como quien busca refugio en lo trivial para no pensar demasiado en los nervios que, sin motivo aparente, le atenazaban el estómago desde primera hora de la mañana.
Marisa, observando desde la puerta cómo Valentina llegaba puntual una vez más, comentaría después, entre risas, a Mateo, que en diez años de proyectos con estudiantes nunca había visto a nadie tan decidida a demostrar algo que, en realidad, nadie salvo ella misma le estaba exigiendo demostrar.
Aquellas primeras semanas de incertidumbre, mirándolas con la distancia que da el tiempo, terminarían siendo, para Valentina, el inicio silencioso de la transformación más importante de toda su vida adulta, aunque en aquel momento, sentada en aquella sala fría del centro social esperando a que empezara la reunión, todavía no tuviera ni la más remota idea de hasta dónde la llevaría aquel camino inesperado.
Con el tiempo, Valentina llegaría a bromear con que aquel folleto plastificado que la profesora Aguado repartió aquel día, el que tanto la había horrorizado al principio, merecía un lugar de honor enmarcado en su futura casa, como recuerdo del documento que, sin saberlo nadie en aquel momento, había terminado cambiando el rumbo entero de su vida.
Andrea y Lucía, las otras dos compañeras de ICADE presentes aquella primera tarde, terminarían el semestre con una visión mucho más comprometida del trabajo social de la que tenían al principio, aunque, como reconocerían después entre risas, jamás alcanzarían el nivel de implicación personal que Valentina desarrollaría a lo largo de aquellos meses decisivos.