Capítulo 1 — Valentina #2
No sé explicar bien por qué aquello se me quedó clavado durante el resto de la reunión.
Estoy acostumbrada a que la gente me subestime por motivos diferentes —algunos piensan que porque soy "una Cross" no sé nada de negocios de verdad, que todo me lo han regalado, que nunca he tenido que demostrar nada—.
Pero normalmente esa gente lo disimula, sonríe, es amable a la cara y comenta por detrás.
Mateo ni siquiera se molestó en disimular.
Me miró, decidió que probablemente yo era decorativa, y siguió a lo suyo.
Y lo peor de todo es que, en el fondo, entendía por qué pensaba eso. Porque hasta ese momento, en toda mi vida, jamás había tenido que preocuparme de verdad por si un presupuesto cuadraba o no.
· · ·
Al terminar la reunión, salimos todos juntos hacia la calle. Había dejado de llover, pero el suelo seguía brillando y el aire olía a tierra mojada mezclada con el humo de un brasero de castañas que alguien había montado en la esquina, meses antes de tiempo, supongo que a modo de ensayo.
Andrea y Lucía se despidieron rápido, con un «nos vemos el martes que viene» que sonaba más a alivio que a compromiso.
Yo me quedé un momento buscando el móvil en el bolso para pedir el Cabify de vuelta, y cuando levanté la vista, Mateo estaba a mi lado, encendiendo un cigarro con una mano mientras con la otra sujetaba el cuaderno contra el pecho.
—¿Vives por aquí? —le pregunté, más por decir algo que por verdadero interés, aunque en cuanto lo dije me di cuenta de lo absurda que sonaba la pregunta. Claro que vivía por ahí. Era Vallecas. Era su barrio.
Me miró con una expresión que no supe descifrar del todo. Diversión, quizás, o algo parecido a la lástima.
—Sí —dijo—. A cinco minutos andando. ¿Tú?
—Salamanca.
—Ya me imaginaba.
No lo dijo con desprecio, exactamente. Fue más bien un comentario neutro, como quien confirma un dato que ya sospechaba, la forma en que alguien dice "ya me imaginaba que llovería" al ver nubes negras.
Pero algo en ese "ya me imaginaba" me hizo sentir, por primera vez en mi vida, como si mi código postal fuera una acusación.
—¿Y eso es un problema? —le pregunté, quizás con más filo del que pretendía.
Él exhaló el humo hacia un lado, lejos de mí, en un gesto que después descubriría que era casi automático en él, una especie de educación heredada de su madre.
—No es un problema. Es solo información. —Se colgó la mochila al hombro—. Nos vemos el martes que viene, Valentina.
Y se fue caminando calle abajo, con las manos en los bolsillos, sin mirar atrás, mientras yo me quedaba plantada en la acera esperando un coche que tardó once minutos en llegar, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que alguien me había visto de verdad y había decidido, con esa mirada rápida, que no le gustaba lo que veía.
Lo curioso es que no dejé de pensar en ello en todo el trayecto de vuelta a casa.
Ni en la cena, cuando mi madre preguntó qué tal la primera reunión del "proyecto ese social" y yo dije, sin mucha convicción, que bien, que interesante.
Ni por la noche, cuando ya en la cama repasé mentalmente la conversación entera, palabra por palabra, intentando entender por qué me había molestado tanto que un desconocido con una sudadera desgastada y un cuaderno lleno de esquinas dobladas hubiera decidido, en menos de dos horas, que sabía exactamente quién era yo.
No lo sabía. Estaba segura de que no lo sabía.
Lo que no podía prever, esa noche, mientras miraba el techo de mi habitación —una habitación más grande que el piso entero en el que probablemente vivía él—, era que los próximos meses se iban a encargar de demostrarme que quizás, en algunas cosas, Mateo Rueda tenía más razón de la que yo estaba dispuesta a admitir.
· · ·
Los días siguientes a esa primera reunión los pasé de una manera extraña, dividida entre la rutina normal de mis clases y una especie de curiosidad que no conseguía apagar del todo.
Le pregunté a Renata, con el tono más casual que pude fingir, si sabía algo de los estudiantes de la ETSAM que compartían el proyecto con nosotras.
—¿Por qué me preguntas eso? —dijo ella, levantando una ceja con esa suspicacia que la caracterizaba.
—Por nada. Curiosidad.
—Val, tú nunca tienes "curiosidad" por nadie sin motivo. ¿Es por el chico serio ese, el de la sudadera?
—No sé de qué hablas.
Renata se rio, una risa corta que sonó más a triunfo que a diversión, y no insistió más, aunque supe, por la forma en que me miró el resto de la tarde, que aquella conversación quedaba pendiente, archivada para más adelante.
Esa noche, ya en mi habitación, hice algo que no había hecho nunca antes de una reunión de proyecto: busqué en internet información sobre el barrio de Vallecas, sobre su historia, sobre las condiciones de vivienda social en Madrid en general.
Leí sobre la construcción de los primeros bloques de protección oficial en los años sesenta, pensados como solución rápida y barata para la inmigración masiva del campo a la ciudad, y sobre cómo, décadas después, muchos de esos edificios seguían en pie sin las reformas necesarias, sostenidos más por la inercia y la falta de alternativas que por un mantenimiento adecuado.
No sé exactamente qué esperaba encontrar, ni por qué de repente me importaba tanto entender el contexto de un proyecto que, técnicamente, era solo un trabajo más para mi expediente académico.
Pero me quedé leyendo hasta pasada la medianoche, con una sensación extraña en el pecho, la sensación de estar asomándome, por primera vez en mi vida, a una parte de mi propia ciudad que había existido siempre, paralela a la mía, sin que yo hubiera tenido nunca motivo ni necesidad de mirarla de frente.
Cuando por fin apagué la luz, la última imagen que se me quedó en la cabeza no fue ninguna de las fotografías de archivo que había estado viendo, sino la cara seria de Mateo Rueda, diciéndome "ya me imaginaba" con esa mezcla de resignación y desafío que llevaba toda la tarde intentando, sin éxito, sacarme de la cabeza.
· · ·
Al día siguiente, en clase de Ética Empresarial Aplicada, la profesora Aguado nos pidió que, antes de la primera visita de campo, preparáramos individualmente una breve reflexión sobre qué esperábamos aprender del proyecto.
La mayoría de mis compañeros escribió algo genérico sobre "responsabilidad social" y "compromiso con la comunidad", frases que sonaban bien en un papel pero que no comprometían a nada en absoluto.
Yo me quedé mirando la pantalla en blanco durante casi media hora, sin saber muy bien qué escribir, hasta que finalmente tecleé algo mucho más honesto de lo que pretendía en un principio: "Espero descubrir si el mundo en el que he crecido es el único mundo posible, o si simplemente es el único que me han enseñado a ver. "
Borré la frase casi de inmediato, avergonzada de su sinceridad, y la sustituí por algo más neutro, más apropiado para entregar a una profesora.
Pero la guardé, sin saber muy bien por qué, en un archivo aparte en mi ordenador, como si presintiera que en algún momento futuro querría recordar exactamente lo que había sentido ese día, antes de que todo empezara a cambiar de verdad.
Esa tarde, mientras merendaba con mi abuela materna, la única persona de mi familia con la que hablaba de las cosas con una honestidad que no me permitía con nadie más, le mencioné el proyecto casi de pasada.