Dos mundos: Vallecas y Salamanca (Dos mundos 1)
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Capítulo 1 — Valentina
Hay una regla no escrita en mi familia que dice que los Cross no hacemos cola.
En ningún sitio. Ni en el aeropuerto, ni en un restaurante con estrella, ni siquiera —y esto es literal, no una exageración de las mías— en la fila del confesionario de la parroquia de la Concepción, donde mi madre tiene un reclinatorio con una placa dorada porque su abuela donó el retablo del altar mayor.
Así que cuando la coordinadora del programa de Responsabilidad Social de ICADE anunció que este año, por primera vez, la asignatura de Ética Empresarial Aplicada incluía un componente "de campo obligatorio", supe que algo en el orden natural de las cosas se había torcido.
—¿Campo? —le pregunté a Renata en voz baja, mientras la profesora Aguado paseaba entre las mesas del aula repartiendo un folleto plastificado como si fuéramos a apuntarnos a un campamento de verano.
—Trabajo social —susurró ella, sin levantar la vista del móvil—. Tipo, ir a un barrio y hacer... cosas.
—¿Qué cosas?
—No sé, Val. Cosas de pobres.
Renata no lo decía con maldad. Renata simplemente no tenía filtro entre el cerebro y la boca, un defecto que en nuestro círculo se consideraba casi una virtud, porque significaba que nunca tenías que preguntarte qué pensaba de verdad.
La profesora Aguado llegó a nuestra fila y me puso el folleto delante como si fuera una citación judicial.
—Este semestre trabajaréis codo con codo con estudiantes de la ETSAM en un proyecto real de rehabilitación de vivienda social —dijo, con ese tono de quien ha ensayado la frase delante del espejo—.
No es un trabajo de despacho. Vais a pisar el barrio, vais a hablar con los vecinos, vais a entender los números que hay detrás de un presupuesto de vivienda pública.
Quien piense que esto es un trámite se va a llevar una sorpresa.
Leí el folleto por encima. Vallecas. Un bloque de viviendas de los años sesenta con problemas estructurales, un ayuntamiento con presupuesto insuficiente, una ONG de arquitectura social buscando estudiantes que "aporten perspectiva económica y de gestión de proyectos".
Grupos mixtos. Reuniones semanales. Visitas in situ.
Vallecas. Yo había estado en Vallecas exactamente cero veces en veintiún años de vida, y no porque me lo hubieran prohibido —nadie en mi casa prohíbe nada explícitamente, es más sutil que eso—, sino porque nunca había habido un motivo.
Mi vida tenía un mapa muy claro: colegio en Aravaca, casa en Salamanca, la segunda residencia de los abuelos en La Moraleja, la oficina de mi padre en AZCA, la universidad en el centro.
Un triángulo perfecto que nunca rozaba los bordes de la ciudad.
—Esto va a ser un infierno —le dije a Renata.
—O una anécdota buenísima para cuando alguien te pregunte en una entrevista de trabajo si tienes "sensibilidad social" —respondió ella, y por primera vez en toda la clase levantó la vista del móvil, con una sonrisa que reconocí: la sonrisa de "vamos a sacarle partido a esto".
Renata tenía razón, como casi siempre en las cosas prácticas.
Mi expediente ya era bueno. Pero mi padre llevaba dos años insistiendo en que un currículum sin "compromiso social" en la era actual era un currículum incompleto, sobre todo si algún día iba a heredar la dirección de comunicación de Grupo Cross, donde la palabra "sostenibilidad" aparecía en la memoria anual más veces que la palabra "beneficio".
Así que me apunté. Firmé la hoja, elegí el horario de los martes por la tarde —el único que no chocaba con mis clases de francés— y me olvidé del tema durante casi dos semanas, hasta que llegó el correo con la lista de grupos.
Grupo 4: Valentina Cross Aldana (ICADE), tres nombres más de ICADE que no reconocía, y dos nombres de la ETSAM.
El segundo de esos dos nombres era Mateo Rueda.
No significaba nada, por supuesto. Era solo un nombre en una lista, tan anónimo como cualquiera de los otros. Lo recuerdo porque fue el primero que leí dos veces, sin saber muy bien por qué, como si algo en las cinco letras y las seis letras de ese nombre presintiera lo que se me venía encima.
· · ·
El primer día de la reunión de grupo llovía. No una lluvia elegante de las que hacen bonita la Castellana con los paraguas negros de los ejecutivos, sino una lluvia sucia, de las que te salpican los bajos del pantalón y te dejan el pelo pegado a la cara en menos de dos manzanas.
Habíamos quedado en un centro social del barrio, un edificio bajo con la fachada pintada de un amarillo que había sido alegre hará quince años.
Llegué en Cabify —mi madre habría tenido un ataque si me hubiera visto coger el metro sola hasta ahí, aunque ni siquiera sé si en el fondo era eso lo que me frenaba a mí o era simplemente que nunca había necesitado aprender— y me bajé justo delante de la puerta, con el paraguas ya abierto, sintiendo las miradas de un par de chicos apoyados en la esquina que claramente no estaban acostumbrados a ver un Cabify pararse en esa calle.
Dentro, la sala olía a café recalentado y a calefacción vieja.
Había ocho sillas de plástico colocadas en círculo, una pizarra blanca con restos de rotulador mal borrados y una mujer de unos cuarenta años, la responsable de la ONG, que se llamaba Marisa y que llevaba un chaleco polar con el logo bordado.
Fui la primera en llegar de mi grupo. Me senté, saqué el móvil, y esperé con la sensación de estar en la sala de espera de un médico al que no quería ver.
Los siguientes en llegar fueron dos chicas de ICADE que reconocí vagamente de la facultad, Andrea y Lucía, con paraguas a juego que sospeché que habían comprado juntas esa misma mañana al ver el pronóstico.
Se sentaron a mi lado, un poco encogidas, mirando la sala como si tuvieran miedo de tocar algo.
Y entonces entró él.
No hizo ninguna entrada especial. Ni siquiera se sacudió la lluvia del pelo con ese gesto que hacen los chicos que saben que alguien los está mirando.
Simplemente entró, saludó a Marisa con un «hola, ¿qué tal?
» que sonaba a que ya se conocían de antes, y se sentó en la silla de enfrente, dejando en el suelo, junto a sus pies, una mochila gastada con una cremallera reparada con un imperdible.
Llevaba una sudadera gris con el logo de la ETSAM medio borrado de tantos lavados, vaqueros que habían visto días mejores, y el pelo negro empapado, pegado a la frente de una manera que en cualquier anuncio habría parecido calculada y que en él, claramente, no lo era.
Tenía una expresión seria, casi cansada, del tipo de persona que ya ha hecho tres cosas ese día antes de las seis de la tarde.
Marisa consultó su lista.
—Mateo, ¿verdad? Tú eres de arquitectura.
—Sí.
—Perfecto, entonces ya tenemos a los seis del grupo cuatro. Solo falta Bruno, que dijo que...
—Bruno no viene —cortó Mateo, sin levantar la vista de la mochila, de la que estaba sacando un cuaderno de tapa dura lleno de esquinas dobladas—. No, espera, perdón. Bruno no es del grupo, es solo un amigo mío que a veces viene a echar una mano con las mediciones. No está matriculado en esto.
—Ah, vale, entonces sois cinco. —Marisa hizo una anotación—. Bueno, ¿empezamos?
Y así, sin ceremonia, sin ninguna música de fondo dramática, sin que el mundo se detuviera un segundo para avisarme de que algo estaba a punto de cambiar, empezó todo.
· · ·
La primera hora fue, honestamente, aburrida.
Marisa explicó el proyecto: un bloque de dieciséis viviendas de protección oficial en la calle Sierra Gorda, construido en 1968, con problemas serios de humedades, una instalación eléctrica que ya había provocado dos incendios pequeños en la última década, y un ayuntamiento que había aprobado una partida de rehabilitación insuficiente para hacerlo bien.
El trabajo del grupo era doble: por un lado, los estudiantes de arquitectura tenían que proponer una solución técnica viable con ese presupuesto limitado; por otro, nosotros, los de Empresariales, teníamos que ayudar a estructurar la memoria económica, buscar posibles subvenciones adicionales y, en teoría, "dar una perspectiva de gestión eficiente de recursos".
Traducido: nosotros hacíamos las cuentas, ellos hacían los planos, y entre todos intentábamos que dieciséis familias no pasaran otro invierno con las paredes chorreando.
Mateo apenas habló durante la explicación de Marisa, pero cuando ella terminó y preguntó si había preguntas, él levantó la mano —una mano con las uñas cortas y un rotulador manchándole el índice— y dijo:
—El presupuesto que nos han dado es una broma. Con eso no llega ni para arreglar la fachada, y mucho menos la instalación eléctrica. Si vamos a hacer esto en serio, alguien tiene que conseguir más dinero, porque no hay diseño que arregle un número que no cuadra.
Lo dijo mirándome a mí. No sé si fue casualidad, si simplemente estaba mirando hacia el centro del círculo y yo estaba sentada ahí, o si de alguna manera ya había decidido, sin conocerme de nada, que yo era la responsable de que los números cuadraran o no.
Pero me molestó. Me molestó lo suficiente como para contestar antes de pensarlo.
—Para eso estamos nosotros aquí, ¿no? Para buscar esa financiación.
—Ya —dijo él, sin ninguna hostilidad aparente, lo cual de algún modo lo hacía peor—.
Es que la última vez que hicieron un proyecto así con la universidad, el grupo de Empresariales presentó una memoria muy bonita con gráficas de colores y al final no consiguieron ni un euro extra.
Así que perdona si no me emociono todavía.
Andrea y Lucía intercambiaron una mirada incómoda. Marisa, con la diplomacia de quien lleva diez años mediando en reuniones de vecinos, intervino:
—Bueno, vamos a darle una oportunidad al equipo de este año, ¿vale? Que empezamos con buen pie.
Mateo se encogió de hombros, como diciendo "vale, pero no me lo voy a creer hasta verlo", y volvió a mirar su cuaderno.