Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 36. La misma llave #2
98%

Capítulo 36. La misma llave #2

El ama de llaves la recibió con más alboroto del que Ailsa habría querido y le dijo que el señor estaba en el muelle y que volvería a las cinco.

Ailsa subió a dejar la maleta. Después bajó, y en vez de esperar en el salón, hizo lo que llevaba once meses haciendo: entró en el despacho de la finca y abrió los libros.

Estaban al día. El contable de Inverness había cerrado la auditoría en septiembre y había dejado los seis años del señor Muir en cuatro tomos ordenados, con las restituciones asentadas casa por casa y el recibo doble pegado al margen.

Ailsa fue directa a la caja del año.

Y allí, en el libro grande, en la última hoja de septiembre, encontró una partida que no tenía nada que ver con Kilmoran.

22 de septiembre. Anticipo del propietario a la sociedad del astillero, sin interés, para nóminas de la grada dos, octubre y noviembre. Cuarenta y un hombres.

Al lado, la cantidad.

Ailsa la miró y no necesitó hacer ninguna cuenta, porque llevaba desde octubre con la otra cifra metida en la cabeza: la diferencia entre la dotación de julio y la de la escritura que había firmado el lunes.

Eran, con seis libras de diferencia, la misma.

Se sentó en la silla del despacho, con el libro abierto.

Lo primero que sintió fue una cosa muy simple y bastante indigna: alivio. La columna abierta se cerraba. Ya sabía de dónde salía la cifra que no había podido rastrear en toda su vida de contable.

Lo segundo vino detrás y era peor.

Aquel hombre había perdido un contrato en septiembre porque ella le había escrito once líneas diciéndole que lo perdiera.

Había pagado dos meses de jornal a cuarenta y un hombres que no conocía.

Había cogido el dinero del único sitio de donde podía cogerlo, que era la cuenta que llevaba su nombre.

Y le había escrito, en octubre, dos cartas de administración sin una sola línea sobre nada de aquello.

Ailsa se quedó mirando el asiento un rato largo.

Y no hizo lo que le pedía el cuerpo, que era leerlo como una prueba.

Porque un hombre que se calla una cosa así puede estar haciendo dos cosas a la vez, y ella lo había aprendido en mayo del modo más caro: callarse por delicadeza y callarse para no tener que discutirlo.

Y porque aquel asiento, dicho en voz alta, era una factura preciosa: mira lo que he hecho por ti sin decírtelo.

Cerró el libro.

Cuando Lachlan entró, a las cinco y diez, con el capote mojado, Ailsa estaba de pie en el despacho con la copia de la escritura en la mano.

Él se paró en la puerta.

Estuvieron un segundo sin decir nada, y en ese segundo Ailsa lo miró entero, que era una cosa que no se había permitido en seis meses: más delgado, con más gris en las sienes de lo que le tocaba a los treinta y cinco, la ceja partida, el anular izquierdo fuera del puño porque no cierra.

—Se ha ejecutado el lunes —dijo ella.

—Lo sé. Me lo escribieron el martes.

—Entonces sabe que puedo no volver.

—Sí.

—Y que si vuelvo, no es por eso.

—Eso lo sabía antes del lunes —dijo Lachlan.

Ailsa dejó la copia encima de la mesa.

—No me pregunte si me quedo.

—No pensaba preguntárselo.

—Bien. Entonces siéntese, que traigo condiciones.

Él se sentó, con el capote todavía puesto y goteando en el suelo del despacho, y no dijo una palabra en los ocho minutos siguientes.

Ailsa las había escrito en el vapor, en una hoja, y las leyó una por una.

Que ocuparía el puesto de administración de la finca, con salario, pagado por trimestres, a su recibo, y con la cantidad puesta por escrito antes de empezar.

Que tendría despacho propio con llave propia, y que el archivo no se cerraría nunca más con una sola llave en el bolsillo de una sola persona.

Que el acceso a todos los libros y a toda la correspondencia de la finca sería suyo y no revocable de palabra.

Que el recibo doble se quedaba para siempre, en todos los cobros, sin excepción y sin depender de quién fuera el factor.

Y que se constituiría un comité de arrendatarios y de casas sin arriendo con voz en las cuentas de la finca, con reunión mensual y con acta, y que a ese comité no lo nombraría el propietario.

—Y una cosa más, que no es una condición porque no se la estoy pidiendo a usted —dijo—. La contabilidad del fondo de Kilmoran la sigo llevando yo, gratis, y de eso no le doy cuentas a la finca ni a usted.

Dejó la hoja en la mesa.

—Eso es lo que traigo.

Lachlan cogió la hoja y la leyó entera, con el dedo debajo de la línea, que era una cosa que había aprendido de ella y que ella no supo si él sabía que había aprendido.

—El salario lo pongo yo o lo pone usted —dijo.

—Lo pongo yo y usted lo discute.

—Bien.

Cogió la pluma, escribió al pie conforme , la fecha y su nombre entero, y firmó.

Después dejó la pluma y se quedó mirándola.

—Y ahora —dijo— voy a hacerle la única pregunta que me queda, y la voy a hacer después de firmar y no antes, para que no tenga usted que contestar dos cosas a la vez.

—Hágala.

—¿Cómo has estado?

Le tembló muy poco, pero le tembló, y fue la primera y la única vez en toda su vida que aquel hombre la tuteó.

Ailsa tardó en contestar.

—He estado sola —dijo—. Y he estado bien. Las dos cosas.

Subió a las diez y media.

En su cuarto, el fuego llevaba dos horas encendido y alguien había puesto sábanas limpias, y encima de la cómoda estaban sus cosas de diciembre, guardadas y sin polvo.

Abrió el cajón de la mesilla.

Las dos llaves estaban donde las había dejado el dieciocho de mayo: la de hierro del archivo, gastada, con la paleta ancha; y la de latón, pequeña, la que le habían puesto caliente en la palma en un pasillo de la Ciudad Nueva la noche de su boda.

Cogió la de latón.

Cruzó el pasillo descalza, con el pelo suelto y sin vela, y en la puerta de enfrente se detuvo un momento, no por duda, sino porque quería acordarse después de aquel momento exacto.

—Esta llave abre la puerta de tu dormitorio —dijo, en voz alta, para nadie—. Y la tengo yo desde diciembre.

Metió la llave y entró.

Lachlan estaba de pie junto a la ventana, vestido, con la camisa abierta y sin chaleco, exactamente igual que en mayo, y Ailsa comprendió, con una punzada de algo que no era ternura, que llevaba seis meses sin acostarse a la hora de acostarse.

Él se volvió.

—Ailsa.

—No te muevas.

Se quedó donde estaba.

Ailsa dejó la llave encima de la cómoda, se acercó y le puso las dos manos en el pecho, y esta vez no fue como en mayo, porque en mayo ella había venido a decidir algo y aquella noche venía sabiendo lo que había decidido.

Lo besó ella. Le abrió la camisa ella. Le puso la mano izquierda, la quemada, la del anular que no se dobla, donde quiso ponérsela, y cuando él fue a hacer algo por su cuenta, le sujetó la muñeca y esperó, y él esperó, y entonces siguió.

—Así —dijo.

—Sí.

—Y no me preguntes nada esta noche.

—No iba a preguntarle nada.

Fue lento y fue de ella. Ailsa marcó el ritmo entero, del principio al final, y él lo siguió sin discutirlo ni una vez, y en algún momento, con la boca en su cuello, ella se rió por lo bajo de una cosa que no dijo, y él no preguntó de qué, que fue lo mejor que hizo en toda la noche.

Después se quedaron los dos boca arriba, con la ventana abierta y el mar abajo.

Lachlan tenía la mano izquierda entre los dos, con la palma hacia arriba y la cicatriz vieja cruzándola en diagonal.

Ailsa le puso el índice encima y siguió la línea, como en mayo y como en febrero.

—Mañana a las nueve quiero el libro del muelle —dijo—. Y quiero saber, con la cifra delante, qué le debe usted a su astillero.

Volvía el usted. Los dos lo oyeron.

—A las nueve —dijo Lachlan.

En la cómoda, junto a la vela apagada, la llave de latón estaba donde ella la había dejado al entrar; y al otro lado del pasillo, en el cajón de una mesilla, seguía habiendo otra llave, la de un cuarto que era suyo, que él le había dado en mayo y que ella no había usado ni una sola vez.