Capítulo 36. La misma llave
La misma llave
La escritura se ejecutó el lunes doce de noviembre a las once de la mañana, en un despacho de Hanover Street, con dos testigos y con las manos frías.
Ailsa firmó seis veces. Firmó como beneficiaria, firmó la aceptación, firmó el nombramiento de los tres administradores, que los había propuesto Baxter y que ella había elegido de una lista de cinco, y firmó dos ejemplares más para el registro.
Baxter se lo explicó una última vez con el documento delante y con la letra pequeña de quien quiere que no quede duda: que aquel capital ya no era de su marido; que la renta se pagaría por trimestres, a su recibo y a su dirección, en Rose Street o donde ella dijera; que la casa asignada podía habitarla o no y que no habitarla no le costaba un chelín; que el procurador lo pagaba el fondo del instrumento y no el señor Keir; y que nada de aquello podía deshacerlo el constituyente, ni aunque lo pidiera él mismo por escrito.
—Léame esa parte otra vez.
Baxter la leyó.
—O sea que si él se arrepiente en marzo, no puede.
—No puede. Ni él, ni sus acreedores, ni sus herederos.
Puede usted no volver a verlo en su vida y esto sigue igual.
—Cerró la carpeta—. Y le digo una cosa más, aunque no me la haya preguntado: en once años de oficio he redactado tres cosas parecidas.
Las tres las encargaron viudas para sus hijas.
Ésta es la primera que encarga un marido para su mujer.
Ailsa salió a Hanover Street con la copia y la sensación exacta de estar sosteniendo algo que pesaba más que el papel.
Anduvo hasta Charlotte Square sin decidirlo.
Se quedó en la acera de enfrente, delante de la casa donde había nacido, con la copia bajo el brazo.
La puerta estaba pintada de nuevo. En la ventana del comedor de la primera planta había una lámpara encendida a las doce del mediodía, que era una costumbre de su madre desde siempre y que costaba tres libras al año.
No cruzó.
Estuvo allí el tiempo de contar las ventanas y después se volvió, y por el camino comprendió que llevaba dos meses temiendo aquel momento y que había durado cuatro minutos y no había sido nada.
Lo de Agnes fue por la tarde y no fue así de fácil.
Ailsa la llamó a la habitación de delante y le puso encima de la mesa tres cosas: el cuaderno de la ropa, abierto por la semana del doce de agosto; una hoja con su propia letra en la que estaban copiadas, por orden, las anotaciones de cuatro meses; y una libra.
—Siéntese.
—Estoy bien de pie, señora.
—Siéntese, Agnes.
Se sentó en el borde de la silla, con las manos en el regazo y los nudillos rojos.
—Esto lo escribe usted cada quince días y lo manda a Charlotte Square —dijo Ailsa—. Las camas, los pañuelos, los días. No quiero que me lo niegue y no la he llamado para que llore. La he llamado para preguntarle una sola cosa y que me la conteste con una cifra.
Agnes tragó saliva.
—Pregunte.
—¿Cuánto le paga mi madre?
—Una libra al trimestre. Aparte del salario.
—¿Desde cuándo?
—Desde el setenta y seis. Desde que pasé a ser doncella de usted.
Ailsa asintió despacio. Lo había calculado en septiembre, en Leith, delante de una casa con ropa tendida en dos ventanas, y ahora tenía la cifra dicha en voz alta y no le sirvió de consuelo ninguno.
—Siete años.
—Sí, señora.
—¿Y qué le pedía?
—Al principio, si comía usted bien y si salía. —Agnes tenía la voz muy quieta—. Después, cuando lo del señor Grant en el setenta y cinco, me pidió que le dijera cuándo venía carta para usted y de quién. Yo entonces tenía dieciocho años y llevaba dos en la casa, señora, y la que me pagaba era ella.
Ailsa se quedó muy quieta.
—¿Usted vio esas cartas?
—Yo llevé la de usted al salón, la de julio, y volví sin ella. Eso lo sabe usted, que se lo dije en abril.
—¿Y sabía lo que iba a pasar con ella?
—No. —Agnes levantó la cabeza por primera vez—. Y no le voy a decir que me lo imaginaba, porque no me lo imaginé. Yo tenía dieciocho años y llevaba un sobre de una habitación a otra.
Se quedaron las dos calladas.
—Mi hermana está en Leith —dijo Agnes al cabo—. Se quedó viuda en el setenta y nueve. Tiene dos niñas, de nueve y de seis. La mayor está aprendiendo a coser. Mi salario y esa libra van ahí casi enteros y llevan yendo siete años.
—Lo sé. He estado en esa calle.
Agnes la miró.
—¿Cuándo?
—En julio.
—¿Y no me dijo nada?
—No.
—Pues eso —dijo Agnes, sin ninguna insolencia y con un cansancio enorme— es lo mismo que le he hecho yo a usted, señora, con la diferencia de que a mí me pagan.
Fue lo más honrado que Ailsa oyó en toda aquella casa, y le costó un momento contestarlo.
—Voy a despedirla.
—Sí, señora.
—No es por lo de mi madre. Es que no puedo tener en mi casa a alguien que informa de mí, aunque entienda por qué lo hace, y lo entiendo.
—Ailsa empujó un sobre por la mesa—. Ahí hay tres meses de salario.
Es mío, no de ella; lo he ganado yo este otoño y lo he sacado esta mañana del banco.
No es una indemnización ni un regalo: es lo que hace falta para que usted busque colocación en enero, que es cuando hay, y no en noviembre, que es cuando no hay.
Agnes miró el sobre y no lo cogió enseguida.
—¿Y a mi hermana qué le digo?
—Que la despidieron por escribirle a lady Honoria Lennox y que la señora le pagó tres meses. Dígalo con esas palabras y no la contrate nadie que quiera lo mismo.
—Eso me cierra las casas buenas.
—Le cierra las casas donde le habrían pedido lo mismo —dijo Ailsa—. Le voy a escribir una recomendación y voy a poner en ella que es usted trabajadora, limpia y honrada con el dinero, que es verdad. Lo demás no lo voy a poner y no se lo voy a ocultar a quien me pregunte.
Agnes cogió el sobre.
Se levantó, se quedó un segundo con la mano en el respaldo de la silla y dijo, mirando la mesa:
—El domingo de mayo, cuando su señora madre estuvo aquí en Kilmoran y usted salió de aquel salón, yo estaba en el corredor y no le enseñé el cuaderno. Podía haberlo hecho.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque llevaba escritas dos líneas de aquella semana y no me pareció bien que las leyera usted un día así.
Ailsa cerró los ojos un momento.
—Eso no arregla nada, Agnes.
—Ya lo sé, señora. No lo he dicho para eso.
Se marchó el jueves. Ailsa le escribió la recomendación y se la dio en mano, y las dos se dieron la mano en la puerta, y ninguna de las dos volvió a saber de la otra hasta muchos años después, y eso es otra historia.
Ailsa salió de Edimburgo el martes trece por la mañana.
No escribió a Kilmoran para avisar. Lo pensó en el andén, con el billete comprado, y decidió que no por una razón que no era del todo digna: porque si escribía, tendría que decir para qué iba, y todavía no lo sabía.
Llevaba una maleta, la copia de la escritura, el libro del fondo y el libro de sus trabajos.
El viaje duró dos días y le sobró tiempo para todo.
En el tren, entre Perth y Dingwall, contó por costumbre lo que tenía: veintiséis años, cinco meses de vivir de su trabajo, dos clientes, una recomendación, un fondo de once libras que no era suyo, un capital que sí lo era y que podía cobrar en Rose Street durante el resto de su vida sin ver a nadie.
Y una llave de latón que llevaba en el cajón de una mesilla, en una casa de Duirinish, desde el dieciocho de mayo.
En Strome Ferry cogió el vapor con seis pasajeros más, y a la altura del cabo descubrió que reconocía la costa: aquella hondonada, aquel muro de piedra que sube en línea recta, aquella casa con el tejado nuevo por la mitad.
En diciembre, todo aquello había sido paisaje.
Ahora sabía de quién era cada trozo, quién pagaba por él y a quién se lo habían quitado, y eso era, exactamente, lo único que ella sabía hacer.
Desembarcó en Kilmoran el jueves quince a las tres de la tarde.
Màiri y Flora estaban en el muelle.
—El vapor se ve desde el cabo —dijo Màiri, antes de que Ailsa preguntara—. Y hace dos horas que se ve.
Le cogió la maleta a Flora de la mano y la dejó en el suelo, y se quedó mirando a Ailsa con las manos en el delantal.
—¿Viene a trabajar o viene a quedarse?
—A trabajar. Lo otro lo decido dentro.
—Bien.
Subieron la cuesta las tres. Y en la cuesta, sin darle ninguna importancia y sin bajar la voz, Màiri le contó lo del otoño en el orden en que había pasado.
Que el fondo había cubierto la defensa de los Nicolson de la costa hasta agosto, y que en agosto el procurador de la otra finca había pedido comparecencia, y que aquello eran cuatro libras más que no había.
Que se votó, con el criterio escrito, y salió que sí, y se les mandó lo que quedaba.
Que en septiembre el requerimiento siguió adelante igual, porque el procurador de aquella finca sabía perfectamente que enfrente había once libras y catorce chelines.
Que el veintiséis de septiembre, los Nicolson de la costa firmaron con Baird.
Que eran seis, cuatro criaturas, y que se fueron el diez de octubre desde Glasgow, y que el mayor de los chicos, que tenía diecinueve años, se había quedado.
—Vive con Iain en la fragua —dijo Màiri—. Y no habla del asunto.
Ailsa se paró en mitad de la cuesta.
—¿Y el croft?
—El croft está vacío desde octubre. Lo tiene la otra finca y no ha metido a nadie todavía.
—¿Y qué hizo el comité?
—Lo que se pudo, que fue poco, y una cosa más. —Màiri echó a andar otra vez—. Escribimos lo que había pasado, con las fechas y con las cantidades, y lo mandamos a Portree para que fuera detrás del memorial. Que conste, aunque llegue tarde. Su hija lo copió tres veces.
Anduvieron un rato sin hablar.
—Señora Keir —dijo Màiri, ya casi arriba—. Le digo esto ahora y aquí, y no dentro de la casa, para que entre usted sabiéndolo. Este año hemos ganado un factor menos, once restituciones y un memorial que está en un acta de una comisión real. Y hemos perdido dos vacas y una familia.
—Ya.
—No le estoy pidiendo que se sienta mal. Le estoy diciendo la cuenta entera, que es lo que usted hace con todo el mundo.
Kilmoran House estaba fría y vacía.