Capítulo 35. Dos cláusulas
Dos cláusulas
La tercera versión de la escritura llegó a Hanover Street el lunes ocho de octubre, y Baxter le mandó recado a las nueve de la mañana.
Ailsa fue a las once, con el libro del fondo bajo el brazo porque tenía que pasar después por el banco, y se sentó en la misma silla de junio.
—Han quitado tres cosas y han dejado dos —dijo Baxter—. Léalo usted y dígame qué ve.
Ailsa leyó con el dedo debajo de la línea.
La cláusula sexta ya no decía que la renta se pagaría íntegra mientras la beneficiaria residiese en Kilmoran.
Decía ahora que la casa asignada era la de Kilmoran y que, en caso de residencia distinta, los administradores atenderían los gastos de alojamiento de la beneficiaria en la medida en que el capital lo permitiera y con la periodicidad que ellos determinaran .
La de los administradores ya no decía que los nombrase el constituyente. Decía que los tres primeros quedaban designados en la propia escritura, y que las vacantes futuras se cubrirían por los supervivientes de entre una terna propuesta por el constituyente o, en su defecto, por sus herederos .
Levantó la vista.
—Es lo mismo.
—Es lo mismo con mejores modales —dijo Baxter—, que es como se hace la mitad del trabajo de esta profesión. La primera versión decía: si te vas, pierdes una parte. Esta dice: si te vas, tres señores decidirán cada trimestre cuánto necesitas para vivir en otro sitio.
—Y la otra dice que dentro de veinte años los que administren mi dinero saldrán de una lista que hará su familia.
—Exactamente.
Ailsa dejó el papel sobre la mesa y se quedó mirando la ventana un momento.
—El señor Keir ordenó en septiembre que se quitaran las dos.
—Eso me han escrito. —Baxter juntó las manos—.
Y le creo, señora Keir, porque no tiene ningún sentido que un hombre que encarga esto se moleste en dejar dentro dos cláusulas que su mujer ya ha rechazado por escrito una vez.
Lo que ha pasado es lo de siempre: su procurador ha quitado las palabras y ha dejado el mecanismo.
Es un buen abogado y está haciendo su trabajo, que consiste en protegerle a él, incluso de sí mismo.
—Entonces esto no lo ha escrito él.
—Esto no lo ha escrito nadie con mala intención, y da lo mismo. —Baxter dio dos golpecitos en el papel—. Dentro de veinte años, cuando usted y él no puedan explicarse, esto lo va a leer un administrador de sesenta años que no los conoció. Y lo que va a leer es el papel.
Ailsa cogió la pluma.
—Escriba usted lo que hay que escribir y yo lo firmo.
—Puedo mandarlo con mi firma.
—Lo firmo yo.
Baxter redactó la instrucción en veinte minutos: que se suprimieran ambas cláusulas íntegramente, no se sustituyeran por otras equivalentes, se designaran los tres administradores a propuesta del procurador de la beneficiaria y se remitiera texto definitivo para su ejecución.
Ailsa lo leyó dos veces y firmó al pie, con su nombre entero.
Fue entonces cuando reparó en la otra cosa.
Estaba al principio, en la relación del capital, y había estado allí desde que abrió el documento. La cantidad no era la de julio. Era menor. No poco menor: bastante.
—Esto ha bajado.
—Sí. Y por eso ha habido nueva valoración.
—¿Le han dicho por qué?
—Me han escrito que la cantidad disponible se ha reducido y que la valoración se ha ajustado a ella. Nada más. —Baxter la miró—. Es lo que se escribe cuando no se quiere explicar algo, y no siempre es malo. A veces significa que a un hombre le ha ido peor de lo que dice en sus cartas.
Ailsa se quedó con el dedo encima de la cifra.
Llevaba once meses siguiendo dinero. Había seguido diez chelines de una lata de galletas hasta una cuenta de Charlotte Square, y había seguido una garantía de mil ochocientos setenta y siete hasta un recibo firmado por su madre en un despacho de Kinnaird.
Aquella cantidad no llevaba a ninguna parte.
No tenía origen, no tenía concepto y no tenía fecha; solo tenía una cifra anterior más grande y una posterior más pequeña.
—¿Puede usted averiguarlo?
—Puedo preguntarlo. Contestarán lo mismo.
—Entonces no lo pregunte.
Salió a Hanover Street y estuvo un rato quieta en la acera, con el libro del fondo debajo del brazo.
Fue la única cifra de toda aquella historia que no consiguió rastrear, y le dio, durante unos días, una desazón muy concreta: la de dejar una columna abierta.
Aquella tarde hizo una cosa que llevaba tres semanas aplazando: sacó el libro nuevo, el suyo, el de los trabajos, y sumó el año.
Dos clientes fijos. Dunlop pagaba tarde y bien. La viuda de Northumberland Street la había recomendado a una cuñada de Stockbridge que tenía dos casas alquiladas y ninguna cuenta. Con eso, y con lo que había apartado desde junio, salía una cifra pequeña y sólida que cabía en dos líneas.
Con esa cifra, sin la asignación de su marido y sin un penique de la escritura de Glasgow, podía pagar Rose Street once meses.
Lo comprobó dos veces, como se comprueba lo que uno quiere que sea verdad. Salía once meses las dos veces.
Cerró el libro y se quedó con la mano encima, y aquello, que no era ninguna fortuna y que no la libraba de nada, le produjo una satisfacción muy fría y muy honda que no se pareció a nada de lo que había sentido en todo el año.
El memorial se presentó el diecisiete y ella no lo firmó.
Lo firmaron once cabezas de familia, nueve mujeres de las casas sin arriendo, Màiri MacAskill por el comité y el reverendo MacRae como testigo, y en la última página, en letra pequeña, iba una nota que Ailsa había redactado y que el comité había aprobado sin cambiarle una palabra: que las cuentas y las copias que se acompañaban habían sido hechas o cotejadas por la señora Ailsa Keir, de Kilmoran, con autorización escrita del propietario, y que se citaba aquí para que quien las leyera supiera de dónde venían.
Fue lo más parecido a una firma que se permitió.
Ewan llegó a Rose Street el lunes veintidós por la tarde.
Traía dos cosas y las puso las dos encima de la mesa: un horario de trenes doblado por la mitad y un sobre abierto.
—Acepté la columna —dijo—. En agosto.
Ailsa tardó en contestar.
—¿Qué día?
—El diecinueve. La noche del domingo que subimos a Arthur's Seat.
—El diecinueve.
—Sí.
—Y hoy es veintidós de octubre.
—Sí.
Ailsa se sentó. No lo hizo por debilidad, sino porque de pie iba a decir algo deprisa.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Le he estado dando vueltas dos meses y le voy a decir la verdad, que es peor que cualquier excusa.
—Ewan seguía de pie—. Porque mientras usted no lo supiera, lo que hablamos en aquella ladera seguía siendo una conversación.
En cuanto se lo dijera, era una fecha. Y yo no quería tener una fecha hasta estar seguro de que usted venía.
—¿Y ahora está seguro?
—Ahora ya no puedo esperar más. Empiezo el cinco de noviembre.
Desdobló el horario.
—Hay un tren el dos por la mañana. Llega a Londres a las siete.
He visto dos casas en Bloomsbury, una tiene tres habitaciones y la de delante da al norte y es fría, pero es grande y cabe una mesa como esta.
—Hablaba deprisa y se le notaba que llevaba días hablando solo—.
Los martes y los jueves estaría fuera. En primavera hay que subir al norte otra vez; Lewis está sin mirar y en Lewis va a pasar algo el año que viene, se lo digo yo.
Y en marzo hay que empezar a preparar lo que salga del informe de la comisión, y para eso me hace falta alguien que sepa leer una cuenta, y no lo digo para adornarlo.
Se detuvo.
—Venga conmigo.
Ailsa lo deseó exactamente en ese momento.
No fue un recuerdo ni una nostalgia. Fue el cuerpo: aquel hombre delgado y curtido, con la cicatriz del pulgar y las manos manchadas de tinta de imprenta, de pie en su habitación, con las mangas subidas y el pelo levantado por el viento de Princes Street, ofreciéndole un tren y tres habitaciones en Bloomsbury con la misma cara con que a los veintidós años le había ofrecido dos cuartos en Glasgow.
Lo deseó con conocimiento, que es peor que desearlo sin él.
Y a la vez, en la misma cabeza y al mismo tiempo, estaba haciendo la cuenta.
—¿Qué pasa con el fondo? —dijo.
—¿Cómo?
—El libro del fondo de Kilmoran. Once libras, catorce chelines y seis peniques, y una defensa abierta en la costa. Lo llevo yo. Se firma cada mes con el reverendo y se manda copia a Kilmoran el día uno.
—Eso lo puede hacer desde Londres.
—No, no se puede. —Ailsa rodeó la mesa y puso la mano encima del libro—.
Se puede llevar la aritmética desde Londres.
Lo que no se puede hacer desde Londres es saber que Calum Beaton no ha ido a la escuela en dos semanas, o que Seònaid ha dejado de preguntar por el memorial, que es lo que hay que mirar en un fondo, porque el fondo no es una columna: es a quién se le da y a quién no.
—Màiri sabe todo eso.
—Màiri no sabe llevar una cuenta y tiene cuarenta y siete años y siete casas encima. —Puso la mano encima del libro—. Y Flora aprende y estará lista dentro de dos años, y de aquí a dos años esto lo llevo yo o no lo lleva nadie.
Ewan se pasó la mano por el pelo.
—Le estoy ofreciendo una vida y me está contestando con un libro de once libras.
—Le estoy contestando con lo único que tengo que sea mío.
Se hizo un silencio.
—Ailsa, dígame que no me quiere y me voy esta noche.
—No le voy a decir eso, porque no es verdad y porque no es lo que hay que decir.
—Entonces ¿qué hay que decir?
Ailsa estuvo un momento buscando la manera de decirlo sin que sonara bien, porque sabía que si sonaba bien él se lo iba a discutir como se discute una frase.
—En febrero, en el camino de Dunvegan, le dije una cosa y usted no se enfadó, y era que a usted le sale mejor lo que escribe cuando escribe lo que quiere.
Es verdad y es lo mejor que tiene. —Se apoyó en el respaldo de la silla—.
Usted vive dentro de su oficio. Todo lo que le pasa se convierte en algo: en una pieza, en una serie, en una columna.
Lo hace usted sin querer y no puede evitarlo, y a mí me gusta ver cómo lo hace.
—Yo no escribiría de usted.
—Ya lo sé. Se lo prohibí en septiembre y usted lo aceptó, y le costó, y yo lo vi.
—Bajó un poco la voz—. Y de todos modos, si yo me voy con usted el dos de noviembre, en un año conoceré cuatro ciudades, sabré de memoria el horario de tres líneas de tren y sabré también, todos los días, qué va a pasar la semana que viene, porque usted lo va a haber decidido y me lo va a haber contado, y lo habrá contado bien.
—¿Y eso es malo?
—Es que yo llevo diez meses aprendiendo lo contrario. —Ailsa lo miró—. Llevo diez meses sin saber qué voy a estar haciendo en marzo. Y le juro que es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Ewan la miró un rato largo.
—Está usted eligiendo un trabajo.
—Estoy eligiendo un trabajo y un sitio y un modo de vivir, y no estoy eligiendo a nadie. —Ailsa se apartó de la silla—. Si me pregunta usted si vuelvo a Kilmoran, le contesto la verdad: no lo sé. No lo he decidido y no tengo por qué decidirlo esta noche para poder decirle que no a Londres.
—Eso no me lo creo.
—No hace falta que se lo crea. Es lo que hay.
Estuvieron los dos callados. En la calle pasó un carro y después otro.
—¿Y si vuelvo en marzo? —dijo Ewan—. Del norte. Paso por aquí.
—Pase por aquí.
—¿Y me va a recibir?
—Sí.
—¿Y va a estar igual?
—No lo sé —dijo Ailsa—. Eso es exactamente lo que le estoy diciendo.
Ewan se rió, sin ganas, y cogió el sombrero.
—Es usted la única persona que conozco capaz de decirle a un hombre que lo quiere y despedirlo en la misma frase.
—No he dicho ninguna de las dos cosas.
—Ha dicho las dos —dijo él—. Con esas palabras no, pero las ha dicho.
Se fue a las once. No la besó y ella no se lo pidió, y los dos supieron por qué: porque si la hubiera besado aquella noche, la despedida se habría convertido en otra conversación y habrían tenido que tenerla otra vez el martes.
El miércoles veinticuatro Ailsa fue a Waverley.
Fue porque él se lo había pedido en una nota de dos líneas y porque ir era más limpio que no ir.
La estación estaba llena y sucia y hacía el ruido que hacen las estaciones. Ewan tenía dos bultos y una cartera y ya había facturado el resto.
Hablaron cinco minutos de cosas de trabajo: que le mandaría las actas del informe cuando se imprimieran, que Màiri seguiría firmando lo de Kilmoran, que si había algo del fondo que necesitara una carta desde Londres, que se lo dijera.
Después se acabó el trabajo.
—Deme la mano —dijo Ewan.
Ailsa se la dio. La izquierda, que era la que llevaba el guante.
Él se la cogió y no se lo quitó.
Le abrochó el último botón del puño, el que se soltaba siempre, el mismo que él había abierto un jueves de agosto, y lo hizo con el pulgar debajo y el índice sobre el nácar, un giro breve, del revés.
—Ya está —dijo.
—Ewan.
—No, deja. —Le soltó la mano—. Tú tienes razón y yo lo sé desde la ladera. Lo que pasa es que llevo ocho años enteros creyendo que lo que me faltaba era tiempo, y resulta que lo que me faltaba era otra cosa, y no te la puedo pedir a ti porque no la tienes tú.
Fue la tercera vez que la tuteó en toda su vida y fue la última.
Se puso el sombrero, cogió los bultos y echó a andar por el andén.
Ailsa lo oyó marcharse antes de verlo: dos pasos rápidos, uno más lento mientras el cuerpo decide hacia dónde girar, y otra vez la prisa.
No ajustó el suyo.
Volvió a Rose Street andando, aunque llovía, y subió los dos tramos despacio.
Agnes había encendido la chimenea y había dejado el té preparado, y encima de la mesa de la habitación de delante estaba el cuaderno de la ropa, abierto, porque era miércoles y los miércoles se hacía el inventario.
Ailsa se sentó con la taza y lo miró por encima, por hacer algo con los ojos.
Sábanas de hilo, dos juegos. Fundas, cuatro. Toallas de baño, tres, una con desgarrón pequeño. Servilletas, seis. Se han añadido esta semana dos pañuelos de caballero, marcados con E. G., que se lavaron el martes y se devolvieron el jueves.
Ailsa se detuvo.
Volvió atrás dos páginas. Y otras dos.
Semana del 12 de agosto: dos pañuelos de caballero, E. G., martes y jueves. Semana del 19: uno, jueves. Semana del 2 de septiembre: ninguno.
Y en la primera página del cuaderno, con la fecha de junio, la letra de Agnes anotaba con la misma limpieza: Dos juegos de cama. Se muda uno.
Uno.
Ailsa se quedó con el cuaderno abierto en las rodillas mucho rato, hasta que se le enfrió el té.
No había una sola palabra de más en aquellas páginas. No había un comentario, ni un adjetivo, ni una insinuación. Solo ropa, contada, con los días de la semana.
Y con eso, cada quince días, desde junio, en Charlotte Square se sabía cuántas camas se hacían en aquella casa, qué días venía un hombre con las iniciales E. G. y desde cuándo había dejado de venir tres tardes por semana.