Capítulo 34. El crédito #2
—Se pagan los dos meses —dijo—. Íntegros, en la fecha de siempre, los sábados.
—¿De dónde?
—De mí. No de la sociedad. Que quede escrito así en el libro: préstamo del socio a la sociedad, sin interés, para nóminas de la grada dos, con la fecha de hoy.
—¿Y si en enero no entra nada?
—Entonces en enero tendremos este problema otra vez y yo tendré menos con lo que resolverlo.
El socio lo apuntó. Cuando terminó, dejó la pluma y dijo, sin levantar la vista:
—Se lo dirán a los hombres el lunes. Y el martes, la mitad estará buscando en Govan igual.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué?
Lachlan se quedó un momento con las manos en el borde de la mesa.
—Para que el que encuentre trabajo se vaya cuando quiera, y no cuando le entre el hambre —dijo—. Es la única diferencia que puedo pagar.
El domingo veintitrés no fue a la iglesia. Se quedó en el despacho de Glasgow con los dos libros abiertos y la cuenta hecha delante, y comprobó por tercera vez lo mismo: que la cantidad de la grada dos y la cantidad de la cuenta separada eran, con seis libras de diferencia, la misma cifra.
No hubo ninguna vacilación noble. La decisión la había tomado el martes en el despacho, delante de Maclay, y lo del domingo fue solo mirar de dónde salía el dinero.
Lo que sí hizo fue una cosa que no le gustó: se preguntó, durante un minuto entero, si aquello lo estaba haciendo también para poder decírselo a ella algún día.
Se contestó que sí, en parte, y siguió con la cuenta.
Bajó a la grada el lunes veinticuatro por la mañana y se lo dijo él.
No hizo un discurso. Se subió a un tablón, esperó a que pararan los martillos y dijo cuatro frases: que el contrato de los dos cascos no se firmaba; que la grada dos se paraba a partir del quince de octubre; que el jornal se pagaba igual durante dos meses, los sábados, de su bolsillo, y que constaba por escrito; y que el que encontrara otra cosa que la cogiera sin decírselo a nadie, que nadie le iba a echar nada en cara.
Después bajó y estuvo hora y media allí, porque irse enseguida habría sido peor.
Tam Dalgleish, que llevaba nueve años remachando en aquella grada y tenía cuatro hijos, se le acercó al cabo de un rato con la gorra en la mano.
—¿Dos meses de verdad?
—Dos meses.
—¿Y en enero?
—En enero no lo sé.
Dalgleish asintió, se puso la gorra y volvió al tablón. Se quedó. En marzo seguía allí.
Rab Semple, que tenía veintitrés años y llevaba dos en el pañol, se fue el jueves veintisiete a un astillero de Partick que estaba cogiendo gente aquella semana. Vino a decírselo, que no hacía falta.
—Es que si espero a diciembre, ya no cogen.
—Tiene usted razón —dijo Lachlan—. Váyase.
—No es por el dinero, señor.
—Ya lo sé. Es por el sitio. Vaya usted.
Se dieron la mano.
El sábado veintidós, antes de todo aquello, Lachlan había recibido la carta de su abogado de Glasgow con el borrador devuelto desde Edimburgo.
Venía con las dos cláusulas señaladas a lápiz por un procurador llamado Baxter, y con una línea, firmada por ella con su propia letra debajo del membrete ajeno: Que lo corrijan antes de que yo lo lea como una oferta.
Lachlan la leyó tres veces.
Después escribió a Glasgow que se quitaran las dos cláusulas, las dos, sin discutirlas; que la casa no se condicionara a ninguna residencia; y que los administradores los propusiera el procurador de la señora Keir y no él.
Su abogado le contestó a vuelta de correo, con la cortesía de quien lleva diez años cobrándole: que sin la cláusula de residencia el instrumento perdía su lógica económica; que sin control sobre los administradores nadie garantizaba la buena gestión del capital; y que, en cualquier caso, habida cuenta de la reducción de la cantidad disponible que el señor Keir le comunicaba, sería necesaria una nueva valoración de conjunto antes de redactar de nuevo, lo que retrasaría el asunto hasta octubre.
Lachlan contestó tres líneas: que quitaran las cláusulas, que hicieran la valoración y que la cantidad era la que era.
No escribió a Rose Street.
Lo pensó el sábado por la noche, con la carta de ella encima de la mesa y la pluma en la mano, y lo que se le ocurría poner era exactamente esto: he perdido el contrato, he pagado dos meses de jornal a cuarenta y un hombres y por eso su dotación es menor y llega más tarde.
Estuvo un rato con esa frase hecha en la cabeza.
Después la miró desde fuera, como se mira una cifra, y vio lo que era: una factura. Una factura muy bien presentada y entregada en mano a una mujer que estaba a doscientas millas ganándose la vida con dos clientes y que no le había pedido nada.
Volvió a tapar el tintero.
En la contabilidad del astillero, el asiento del veintidós de septiembre quedó escrito así, con su letra, que hendía el papel al final de cada línea: Préstamo del socio a la sociedad, sin interés, para nóminas de la grada dos, octubre y noviembre.
Y en el otro libro, en la página de la cuenta separada, debajo de las palabras dotación A. K. , la cantidad quedó tachada con una raya y sustituida por otra menor, con la fecha al lado y sin ninguna explicación, porque los libros no explican nada: solo dicen lo que se hizo.