Capítulo 34. El crédito
El crédito
Lady Honoria subió los dos tramos de Rose Street el miércoles doce de septiembre a las once de la mañana, y subió despacio, parándose en el rellano del primero.
Ailsa la oyó desde arriba. Reconoció el paso antes que la voz, como se reconoce lo que uno ha oído toda la vida en una escalera.
—No me habías dicho que era un segundo piso.
—No te he dicho nada.
Honoria entró, miró la habitación de delante y la de detrás, se quitó los guantes y se sentó en la única butaca sin que la invitaran.
—Está limpio —dijo—. Y la ventana da bien.
—¿Qué quieres?
—Un té, si hay.
Ailsa puso el agua. Su madre esperó a que estuviera servido, que era su manera de imponer el ritmo de una conversación, y después dejó la taza intacta encima de la mesa.
—En Glasgow se dice que tu marido y tú no habéis dormido en la misma habitación en nueve meses —dijo—.
En Edimburgo se dice que vives sola en Rose Street y que te visita tres tardes por semana un periodista al que conociste de soltera.
Las dos cosas están circulando desde julio, la primera despacio y la segunda deprisa, y esta semana han empezado a circular juntas, que es lo que hace daño.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque me lo han preguntado cuatro personas en agosto con mucha delicadeza. —Honoria juntó las manos—. Y porque me lo han preguntado a mí y no a ti, que es lo que ocurre siempre.
Ailsa se quedó de pie junto a la mesa.
—¿Y a qué has venido?
—A ofrecerte una cosa y a explicarte por qué te conviene.
—Explícamela.
—Esto se apaga en tres semanas. —Su madre habló sin ninguna prisa, con la claridad con que hablaba siempre de lo que sabía hacer—.
La condesa viuda de Braemore da su recepción el veintinueve; es la única de esa casa que ha reconocido siempre a tu marido y la única a la que no puede decirle que no.
Vais los dos, juntos, cuarenta minutos. Y el seis de octubre hay la botadura de un barco suyo en el Clyde; vas, te pones al lado, sales en dos periódicos y se acabó.
—Ochenta minutos.
—Ochenta minutos y dos vestidos, y a cambio de eso tu marido conserva un contrato de dos cascos que le está costando el sueño y tú dejas de ser, en las conversaciones de esta ciudad, la mujer de la que se habla en voz baja.
—¿Y qué gano yo?
—Tiempo —dijo Honoria—. Con eso apagado, puedes seguir viviendo aquí un año, dos, los que quieras. Nadie te va a molestar. Lo que no puedes es vivir aquí un año con esto encendido.
Ailsa lo pensó de verdad.
Se dio permiso para pensarlo, precisamente porque su madre lo había planteado bien, y lo tuvo en la cabeza el tiempo que tarda en enfriarse un té.
Vio la escena entera: ella del brazo de Lachlan en la recepción de una condesa, cuarenta minutos, contestando con una sonrisa a preguntas amables.
Vio las dos frases de los periódicos. Vio a los ocho hombres de Glasgow que deciden quién construye los barcos del Estado dejando de reírse en la cena de noviembre.
Y vio lo otro, que era más pequeño y estaba más abajo: que aquello lo estaría haciendo por él, que él no se lo habría pedido nunca, y que si algún día volvía a Kilmoran habría vuelto a una casa en la que ya había hecho de esposa una tarde a cambio de un contrato.
—No —dijo.
—Ailsa.
—No voy a representar una reconciliación. Ni por su contrato, ni por mi tranquilidad, ni por tu paz de conciencia.
Su madre no se enfadó, que era lo peor.
—Tú te crees que esto es una cuestión de dignidad —dijo, poniéndose los guantes—. Y es una cuestión de crédito. La dignidad la pagas tú, hija, y el crédito lo pagan cuarenta hombres que no conoces.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé desde los veintitrés años.
Se fue sin tomarse el té.
Ewan lo supo el viernes catorce y quiso escribir.
—Doscientas líneas —dijo, en la habitación de delante, andando de la mesa a la ventana y de la ventana a la mesa—.
No sobre usted. Sobre la costumbre de esta ciudad de discutir en los clubes lo que ocurre en los dormitorios de la gente cuando le conviene arruinar a alguien.
Sin nombres. No hace falta un nombre; todo el mundo va a saber de quién hablo.
—Por eso mismo no.
—Ailsa, esto lo hago bien. Es exactamente lo que sé hacer.
—Ya lo sé. —Ella cerró el tintero—. Y en cuanto salga, la conversación deja de ser un rumor y pasa a ser un asunto público con una firma debajo.
Los cuatro que se lo preguntaron a mi madre en agosto van a comprar el periódico.
Y mi dormitorio va a estar en una columna, defendido, pero en una columna.
—No pienso escribir de su dormitorio.
—Va a escribir de que hay gente hablando de él. Es lo mismo con mejores modales.
Ewan se paró junto a la ventana.
—¿Y si no hago nada?
—Entonces no hace nada.
—Eso me cuesta.
—Ya lo sé —dijo Ailsa—. Se lo estoy pidiendo por eso.
Él estuvo un rato de espaldas, mirando la calle. Después se volvió, cogió el sombrero y dijo que muy bien, y lo dijo con un esfuerzo que se le vio entero en la cara, y Ailsa se lo agradeció más que si le hubiera salido fácil.
Se quedó sola con las once líneas del memorial que le faltaban y no escribió ninguna.
Lo que hizo fue peor y más útil: sacó el libro del fondo, lo abrió por la primera página y leyó otra vez el criterio que había escrito en julio y que había firmado el reverendo. Se elige por el que pierda antes la casa. Y si empatan, por el que tenga criaturas.
Once libras, catorce chelines y seis peniques.
Después pensó, con toda la frialdad de que fue capaz, en lo que su madre le había dicho de los cuarenta hombres.
No sabía si era verdad. Su madre decía verdades cuando le convenían y las decía mejor que nadie. Y aun así, allí estaba la cosa, hecha una cuenta: por un lado, ochenta minutos y dos vestidos; por otro, un contrato, y detrás de un contrato, gente que ella no conocía.
Lo estuvo mirando media hora, como se mira una columna que no cuadra.
Y al final lo dejó donde estaba, porque había una cosa que no cabía en esa cuenta y que era la única que le importaba: que si lo hacía, lo haría por un hombre que no se lo había pedido, y que a partir de ese día ese hombre tendría algo suyo que ella le había dado a cambio de nada, y esa era exactamente la clase de deuda con la que se había casado en diciembre.
Aquella noche escribió a Kilmoran.
Fueron once líneas y no habló de sentimientos en ninguna.
Sé lo que se está diciendo en Glasgow y en Edimburgo. Le escribo para decirle tres cosas, para que no tenga que averiguarlas.
Primera: no voy a asistir con usted a ninguna recepción ni a ninguna botadura para desmentir nada. Mi madre me lo ha propuesto esta semana y le he dicho que no. No es contra usted.
Segunda: si algún contrato suyo depende de que usted y yo aparezcamos juntos delante de un armador, quiero que lo pierda. Lo escribo tal cual para que no tenga que decidir usted si yo lo habría preferido.
Tercera: sigo trabajando en el memorial y en las cuentas del fondo, y eso no cambia por lo que decidan ocho hombres en una cena de Glasgow.
La echó al correo el sábado quince por la mañana.
La carta llegó a Glasgow el martes dieciocho a las diez y cuarto de la mañana, y a las once menos cuarto Lachlan tenía delante al armador.
Se llamaba Maclay y llevaba cuatro años comprándole cascos. Era un hombre correcto que se había hecho a sí mismo con la misma clase de trabajo, y por eso lo que dijo lo dijo sin disfrazarlo.
—Keir, no me gusta esto y lo voy a decir deprisa. En el club se está hablando de usted y de su mujer, y se está hablando de una manera que no le conviene a nadie. Mis socios de Liverpool son gente de iglesia. El contrato de los dos cascos lo firmamos en octubre.
—¿Y?
—Y en la botadura del Leven, el seis, va a haber sesenta personas y dos periódicos. Traiga usted a su mujer, que la vean, que corte una cinta, y esto se acaba en una tarde.
Lachlan tenía la carta de Ailsa en el bolsillo interior desde hacía cuarenta minutos.
—No.
—No le estoy pidiendo nada extraordinario.
—Me está pidiendo lo único que no puedo pedirle a ella.
Maclay se recostó.
—Puede pedírselo perfectamente. Es su mujer.
—Sí —dijo Lachlan—. Y por eso me contestaría que sí.
Se hizo un silencio corto y bastante incómodo.
—¿Entonces?
—Entonces perderé el contrato, señor Maclay, y lo lamentaré durante bastante tiempo.
Su socio entró en el despacho a las doce y media, cuando Maclay ya se había ido, y lo primero que hizo fue cerrar la puerta.
—Dime que no.
—Se ha ido.
—Lachlan.
—Se ha ido y no va a volver, y en marzo estará comprando en Barrow. —Lachlan apartó los papeles—. Siéntate y hagamos la cuenta.
La hicieron durante dos horas, con el libro grande abierto y los dos en mangas de camisa.
El resultado no admitía interpretaciones. Sin los dos cascos, la grada número dos quedaba parada desde el quince de octubre hasta que entrara otra cosa, y no iba a entrar nada antes de enero.
—Cuarenta y un hombres —dijo el socio—. Los he contado esta mañana, antes de subir.
—Dilo entero.
—Cuarenta y un hombres en la grada dos: doce remachadores, ocho calderos, seis carpinteros de ribera, los aprendices y los del pañol. —Se pasó la mano por la cara—. Y en el Clyde, un hombre parado dos meses no vuelve. Encuentra en Govan o en Partick y se queda donde lo cogieron.
—¿Cuánto es pagarles dos meses?
El socio lo miró un momento antes de contestar.
—Eso no lo hace nadie.
—Te he preguntado cuánto es.
Lo calcularon: dos meses de jornal para cuarenta y un hombres, con lo que costaban entonces las cosas, salía una cifra que Lachlan escribió en el margen de la hoja y subrayó dos veces.
Después sacó del cajón el otro libro, el suyo, el de lo que tenía fuera del astillero.
Estuvo veinte minutos sin hablar.
Lo que había allí era esto: el capital libre que le quedaba después de comprar Kilmoran en octubre; lo que había ido gastando desde mayo en la restitución de once casas y en el contable de Inverness; y una cantidad apartada desde el catorce de mayo en una cuenta separada, con una anotación al lado escrita con su letra: dotación A. K.
Los dos meses de jornal cabían. Cabían exactamente en un sitio y en ninguno más.