Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 33. La otra vida #2
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Capítulo 33. La otra vida #2

Ewan se rió, y se fue, y al bajar la escalera iba pensando dos cosas a la vez y las dos con la misma claridad: que aquella mujer no le había dicho que no, y que tampoco le había dicho que sí, y que él llevaba toda la vida tratando la primera como si fuera la segunda.

El viernes diecisiete Ewan trabajó doce horas y ninguna de ellas en Kilmoran.

Tenía tres piezas atrasadas de otros asuntos —la ley de pesca, un pleito de patronos de Leith y un incendio en una fábrica de Bathgate— y las escribió las tres en un día, en la sala común de una fonda, con la mesa llena y una taza de té frío.

Le salieron bien y le salieron deprisa, y cuando terminó, a las once de la noche, se quedó un rato mirando las tres cabeceras y pensó, con una franqueza que le duró poco: yo soy esto.

No soy un hombre que espera fuera de una escuela.

Soy un hombre que escribe tres piezas en un día en la mesa de una fonda y coge un tren a las seis.

El domingo diecinueve subieron a Arthur's Seat.

Llevaron pan, queso y una botella, y se sentaron a media ladera, en el lado del norte, con la ciudad al fondo tapada por su propio humo.

Ewan habló durante veinte minutos y no se dio cuenta de que estaba hablando solo hasta el final.

Le contó la columna como se cuenta una casa que se va a comprar.

Londres tres meses y después dos aquí; el norte en primavera, porque en primavera se decide todo en el norte; Lewis, que iba a ser lo siguiente y que nadie estaba mirando; trenes, actas, una oficina compartida en la que él escribiera y ella llevara las cuentas de lo que costaba todo aquello, que era la parte que él nunca había sabido llevar y que se le iba en tabaco y en billetes mal comprados.

—Y usted en un andén de Inverness a las seis de la mañana, con el memorial de otro sitio bajo el brazo —dijo—, diciéndome que la cifra de la tercera columna está mal.

Se rió. Estaba contento.

—¿Y dónde vivo? —dijo Ailsa.

—Donde estemos.

—Eso no es un sitio.

—Es mejor que un sitio.

Ailsa estuvo callada un momento, mirando la ciudad.

—Le voy a decir lo que he oído —dijo—. No lo que usted ha dicho: lo que he oído yo, que puede ser injusto.

—Dígalo.

—He oído seis escenas. En las seis me muevo a la velocidad de usted. En ninguna de las seis hay una habitación con una puerta que yo pueda cerrar.

—Puedo alquilar una casa en Londres mañana.

—No es la casa. —Se abrazó las rodillas—.

Ewan, yo llevo cuatro meses aprendiendo una cosa muy sencilla y muy tonta: que hay trabajos que se hacen quedándose.

Un libro del fondo se lleva todas las semanas o no vale nada.

Un comité se sostiene sabiendo quién no ha venido en dos meses.

Las cuentas de una finca no se llevan por correo desde un andén.

—Eso puede hacerlo Màiri.

—Màiri no sabe llevar una cuenta y no tiene por qué aprender a los cuarenta y siete años.

—Lo miró—. Y no le estoy diciendo que quiera volver a Kilmoran.

Le estoy diciendo que lo que a mí se me da bien exige estar en un sitio, y que la vida que usted me está contando es una vida sin sitio, y que a usted eso le parece libertad porque para usted lo es.

Ewan tiró una piedra ladera abajo.

—¿Y qué le parece a usted?

—Un tren.

—Los trenes están bien.

—Los trenes están muy bien —dijo Ailsa— para el que se baja donde quiere.

Estuvieron un rato sin hablar. Abajo pasó un carro por el camino.

—¿Me desea? —dijo él, al final.

—Sabe usted perfectamente que sí.

—Se lo pregunto de verdad.

Ailsa se volvió hacia él.

—Le deseo desde el dieciocho de abril, cuando entró usted en un vestíbulo mojado.

Le deseo cuando discutimos y le deseo cuando me lleva la contraria y le deseé el jueves lo suficiente como para que me costara pararlo.

—No apartó la vista—. Y no sé si quiero su vida.

Esas dos cosas caben juntas y no me las va a poder separar por más veces que me lo pregunte.

Ewan asintió despacio.

Bajaron antes del anochecer, andando al mismo paso otra vez, hablando de otra cosa.

Aquella noche, en su habitación de Nicolson Street, con la ventana abierta y el ruido de la calle subiendo, Ewan escribió a Brodie.

Le costó dos líneas.

Acepto la columna desde octubre en los términos de su carta. Del asunto de Skye seguiré escribiendo lo que la señora MacAskill firme, y esa condición no cambia.

La cerró, la selló y la dejó en la bandeja del portal para el correo de la mañana.

No se lo dijo a Ailsa el martes. Trabajaron en la hoja siete hasta las once y él se despidió en la puerta.

No se lo dijo el jueves.

No se lo dijo en agosto, ni en las tres semanas siguientes, y no se lo dijo porque cada vez que iba a decírselo se le ocurría una razón mejor para decírselo la próxima vez, y todas las razones eran de la misma familia: que ella tenía que terminar el memorial, que estaba cansada, que aquel día habían discutido bien y era una pena estropearlo.

En ninguna de esas razones estaba, escrita con esas palabras, la verdadera: que mientras ella no lo supiera, la vida que él le había contado en una ladera seguía siendo una conversación, y no una fecha.