Donde termina la obediencia (Las tierras rebeldes 1) Capítulo 33. La otra vida
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Capítulo 33. La otra vida

La otra vida

El sábado once de agosto hizo el único día de calor de aquel verano y subieron a Calton Hill como todo Edimburgo.

Ewan llegó tarde, que era su costumbre, y la encontró esperando junto al monumento con el sombrero en la mano y el pelo ya escapándose por un lado.

—Diez minutos —dijo ella.

—Once. He contado.

—Entonces once.

Bajaron por el lado del este, donde no había nadie, y él se dio cuenta a los cincuenta pasos de que estaban andando al mismo paso.

No lo había hecho él. Ewan andaba como andaba desde los quince años, dos rápidos y uno más lento mientras el cuerpo decide hacia dónde girar, y llevaba ocho años sin que nadie ajustara el suyo a aquello.

Ailsa lo había ajustado, y lo había hecho sin darse cuenta, y él estuvo tres minutos sin decir nada porque tenía miedo de que se diera cuenta y lo deshiciera.

Discutieron toda la tarde.

Discutieron sobre si la comisión iba a servir para algo, y Ewan dijo que sí y Ailsa dijo que serviría para que las cosas que ya se sabían pasaran a estar escritas, que no es lo mismo y no es poco.

Discutieron sobre si convenía que el memorial se publicase entero en la prensa antes de que el informe existiera, y ahí discutieron de verdad, veinte minutos, hasta que ella se paró en mitad del sendero.

—Usted lo quiere publicar para que se lea.

—Lo quiero publicar para que cuando salga el informe, el que lo escriba sepa que hay alguien mirando.

—Y para que lo lea Londres.

—También.

—Muy bien. —Ailsa echó a andar otra vez—. Pero eso lo decide Màiri, y Màiri va a decir que no, porque las nueve casas están en la primera hoja y catorce arrendatarios de esa finca todavía no lo saben.

—Entonces ¿por qué discute usted conmigo?

—Porque me gusta —dijo ella.

Lo dijo mirando al frente y siguió andando, y Ewan se quedó medio paso atrás durante un buen rato.

Aquello fue lo que se le quedó de agosto: no el beso, que vino después, sino el descubrimiento absolutamente incómodo de que la deseaba más cuando le llevaba la contraria.

En Queen Street, a los veintidós años, le habían gustado sus manos y su risa y aquella manera de doblar un papel por la mitad exacta.

Ahora se sorprendía esperando a que ella dijera «no» para ver qué venía detrás.

El martes catorce la vio trabajar.

Fue a buscarla al taller de Dunlop, en la Cowgate, porque tenían que llevar juntos unos papeles a la sala de lectura y porque él había inventado que le venía de camino.

Bajó los cuatro escalones y se quedó en la puerta.

Había ruido de prensa, olor a aceite y a papel mojado, y Ailsa estaba de pie junto a un banco alto, con el libro de caja abierto y las mangas sujetas con dos alfileres, explicándole algo a Dunlop y a un muchacho de unos dieciséis años que llevaba un delantal que le venía grande.

—... y esto no lo puede hacer usted por la noche cuando está cansado —decía—. Esto lo hace el muchacho los viernes, en veinte minutos, mientras usted cena. Lo único que tiene que hacer es preguntar tres cosas y apuntarlas donde le he puesto la raya.

—¿Y si se equivoca? —dijo Dunlop.

—Se equivoca, lo tacha y pone al lado por qué. Nadie ha ido a la cárcel por una raya.

El muchacho se rió. Dunlop no.

—Es que si aprende esto se me va —dijo.

—Se le va igual —contestó Ailsa—. Si aprende esto, se le va sabiendo, y usted podrá contratar a otro y enseñarle en dos tardes. Si no lo aprende, se le va sin saber y usted seguirá llevando esto de noche cuando tenga sesenta años.

Ewan se quedó en la puerta más tiempo del necesario.

Lo que estaba viendo no era una mujer trabajando: era una mujer en un sitio donde no lo necesitaba a él para nada.

Aquello lo excitó y lo asustó en el mismo minuto, y las dos cosas eran, si uno era honrado, la misma cosa.

Llevaba ocho años queriendo a alguien que en su cabeza estaba siempre esperando: en un cuarto de vestir, en un andén, en una casa de Charlotte Square.

Aquella mujer del sótano no esperaba a nadie.

Subieron juntos por la Cowgate hacia el puente y ella iba diciéndole que Dunlop pagaba tarde y bien, que era lo mejor que se puede decir de un cliente.

El miércoles quince los vieron.

Iban por Princes Street a las seis de la tarde, con los papeles de la sala de lectura, discutiendo la hoja cinco. Ewan llevaba el paquete y Ailsa iba medio paso por delante señalando algo con el guante en la mano.

Se cruzaron con dos señoras que Ailsa conocía desde los diecisiete años y una de ellas se paró.

Fueron tres minutos de conversación perfecta: el calor, la salud de lady Honoria, cuánto tiempo llevaba la señora Keir en la ciudad, qué tal Skye.

Ailsa contestó a todo sin mentir una sola vez y sin decir nada, presentó al señor Grant como corresponsal que trabajaba con el comité de arrendatarios de Kilmoran, y las señoras dijeron qué interesante.

Cuando siguieron andando, Ewan esperó cincuenta pasos.

—¿Va a haber consecuencias?

—Va a haber una carta a Moray Place esta noche y otra a Glasgow el viernes.

—¿Y a usted eso le importa?

—A mí me importa lo que le cueste a otros. —Ailsa se puso el guante—. Y sí, un poco, también me importa a mí, y eso me fastidia bastante más.

El jueves dieciséis fue lo otro.

Habían trabajado hasta las diez en el memorial, en la habitación de delante, con la puerta del rellano entornada y la casera acostada. Terminaron la hoja seis. Ailsa dejó la pluma, se apoyó en el respaldo y dijo:

—Ya está.

Ewan se levantó a recoger los papeles y no los recogió.

Se quedó de pie junto a la mesa, mirándola, y ella levantó la cabeza y lo miró, y entonces él dijo, porque era mejor decirlo que ponerse a hacer cosas:

—Llevo tres semanas viniendo aquí a trabajar y sabiendo que no vengo a trabajar.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—Y yo llevo tres semanas dejándole venir.

Ewan rodeó la mesa.

No la tocó al llegar. Se quedó a un paso, con las manos en los costados, porque había aprendido dos cosas aquella primavera y una de ellas era esperar.

Fue Ailsa la que levantó la mano izquierda y la puso plana sobre el pecho de él.

Llevaba el guante puesto. Lo llevaba siempre para escribir, por la tinta.

—Quítemelo —dijo.

Ewan le cogió la mano.

Lo hizo como lo había hecho en abril, en un vestíbulo mojado, con toda la casa alrededor: pulgar debajo, índice sobre el nácar, un giro breve. El primer botón salió sin resistencia. El segundo también. Al tercero, ella cerró un poco los dedos y él se detuvo y ella los abrió otra vez.

El cuarto botón lo abrió despacio a propósito.

Bajó el guante desde la muñeca, dando la vuelta a la tela, y la mano fue apareciendo: el dorso, los nudillos, la mancha de tinta en el corazón, el callo. Y en el anular, el aro de oro, que se quedó allí, en medio de todo, sin que ninguno de los dos dijera una palabra.

Ewan lo vio. Ailsa lo vio verlo.

Ninguno de los dos lo mencionó, y aquello fue una decisión de los dos y no la misma decisión.

La besó de pie, junto a la mesa. Ella le sujetó la cara con las dos manos, la desnuda y la enguantada, y aquello, la diferencia entre las dos, le pareció a Ewan lo más obsceno que le había pasado en su vida.

Se sentaron en el borde de la mesa. Se levantaron. Él le soltó el pelo, que era lo que quería hacer desde julio, y los alfileres fueron cayendo al suelo de madera de uno en uno, y ella se rió contra su boca cuando el cuarto rebotó y se metió debajo del aparador.

—Los voy a estar buscando una semana.

—Le compro veintitrés.

—Son veintitrés exactos.

—Ya lo sé —dijo Ewan—. Los conté en abril.

Ailsa se apartó lo justo para mirarlo.

—Eso ha sido lo más bonito que me han dicho en un año y no voy a acostarme con usted esta noche.

Él soltó una carcajada corta y sorprendida y apoyó la frente en su hombro.

Estuvieron así unos segundos.

Después la cosa siguió un poco más, porque las cosas siguen: la chaqueta de ella en el respaldo, dos botones del vestido, la mano de él en la cintura y después más arriba, y la de ella dentro de la camisa de él, en la espalda, donde tenía la piel caliente.

Fue Ailsa quien se paró.

Puso las dos manos sobre el pecho de él y empujó dos centímetros, que era todo lo que hacía falta.

—No esta noche.

Ewan se apartó.

Se apartó entero, un paso atrás, con las manos abiertas y a los lados, y lo hizo tan deprisa que hasta a él le sorprendió el cuerpo antes que la cabeza.

Y en el segundo siguiente, mientras se le pasaba, comprendió de quién había aprendido a hacer eso, y no le hizo ninguna gracia.

—¿Estás bien? —dijo.

Le salió así, sin permiso, por segunda vez en ocho años. Los dos lo oyeron y ninguno de los dos lo tocó.

—Sí.

—Bien.

Ailsa se apoyó en la mesa y se rió un poco, sin aire.

—Va a tener usted que salir a la calle así.

—Ya he salido peor.

Le devolvió el guante. Ella no se lo puso.

Antes de irse, Ewan sacó del bolsillo interior un sobre abierto y lo dejó sobre la hoja seis del memorial.

—Esto llegó el lunes —dijo—. Lo he traído tres veces y las tres me lo he vuelto a llevar.

Era una carta de Brodie.

Ailsa la leyó de pie, con el pelo suelto y el guante en la mano izquierda.

Le ofrecían una columna semanal, firmada, a partir de octubre, sobre asuntos escoceses.

Doscientas líneas por semana, un pago fijo que era casi tres veces lo que Ewan había ganado en el mejor de sus años sueltos, y una condición que no estaba escrita como condición pero que ocupaba el segundo párrafo entero: la columna se hacía desde Londres, con viajes, y el que la firmaba tenía que estar donde estuvieran las cosas.

—¿Ha contestado?

—No. He querido enseñársela antes.

—¿Por qué?

—Porque si contesto primero y se lo cuento después, esto se convierte en otra cosa —dijo Ewan—. Y porque quiero saber qué vida se imagina usted.

Ailsa dejó la carta encima de la mesa.

—No lo sé —dijo.

—Ailsa.

—Le estoy contestando la verdad. No lo sé. —Se pasó la mano por el pelo suelto—. Llevo diez semanas viviendo de mi trabajo por primera vez en mi vida y todavía no he pasado un invierno. No sé qué quiero para el año que viene. Sé lo que quiero para el martes.

—¿Y qué quiere para el martes?

—Terminar la hoja siete.