Capítulo 32. El fondo de defensa
El fondo de defensa
La carta de Iain Nicolson llegó a Rose Street el martes diez de julio, escrita por Flora al dictado y firmada por él con una letra que no era de escribir.
Decía que un procurador de la finca del este había mandado requerimiento a sus primos de la costa por atrasos de dos términos; que en el requerimiento se citaba, con estas palabras, «la agitación promovida desde la vecina finca de Kilmoran, según consta en la prensa y en las actas de la comisión»; que la familia eran seis, cuatro de ellos criaturas; y que Baird, el agente, había estado en la casa el domingo por la tarde.
Ailsa leyó la carta dos veces y bajó a la calle a poner un telegrama antes de desayunar.
El comité se reunió el jueves doce, sin ella, y le mandaron la decisión por correo el viernes: el fondo cubriría los gastos de defensa de los Nicolson de la costa, aunque fueran de otra finca, porque la carta que los había puesto en esa situación llevaba el nombre de Kilmoran; y cubriría también, si hiciera falta, a las casas sin arriendo, cosa que se votó y salió por cuatro manos de diferencia después de que Seònaid dijera en voz alta que un fondo que solo protege a quien tiene tierra es la ley de mil ochocientos ochenta y seis antes de que exista.
Al final de la carta, con la letra de Flora:
Mi madre dice que lleve usted las cuentas del fondo desde ahí, y que las firme con el reverendo, y que mande copia cada mes aunque no se mueva un chelín.
Ailsa abrió un libro nuevo aquella misma tarde.
Lo tituló Fondo de Kilmoran y lo llevó como llevaba todo: entradas a la izquierda, salidas a la derecha, cada asiento con fecha, concepto y número de recibo. La primera página cabía en una mirada.
Entradas. Fondo de harina, dos celemines, aportados por C. Beaton el 7 de mayo, valorados en 4 s 6 d. Donativo de la viuda del molino, 6 s. Entregado por E. Grant el 28 de junio, 11 £ 4 s.
Total: 11 £ 14 s 6 d.
Se quedó mirando el total un rato largo.
Once libras, catorce chelines y seis peniques para una defensa jurídica, una familia de seis, dos semanas de comida y todo lo que viniera detrás en un verano entero.
Escribió al reverendo aquella noche pidiéndole que averiguara, sin comprometer nada, cuánto cobraba un procurador de Portree por contestar un requerimiento y por presentarse una vez ante el sheriff.
La respuesta llegó el diecisiete y la anotó al lápiz en el margen, porque no era todavía un asiento: entre 3 y 5 £ por escrito y consulta; comparecencia aparte.
Con eso, y con la comida, y con el viaje de un hombre que tenía que ir a discutirlo, el fondo daba para una familia y no daba para dos.
Lo escribió tal cual en la copia que mandó a Kilmoran, sin adornarlo y sin proponer nada, porque proponer no le correspondía. Y debajo, en la última línea, se permitió una sola frase:
Si aparece una segunda casa antes de septiembre, el comité tendrá que elegir. Conviene decidir antes con qué criterio se elige y no cuando haya nombres delante.
Màiri le contestó a vuelta de correo, con la letra de Flora y sin firma:
Ya lo hemos hablado. Se elige por el que pierda antes la casa. Y si empatan, por el que tenga criaturas. Póngalo usted por escrito en el libro, en la primera página, y que lo firme el reverendo.
Lo puso en la primera página. Lo firmó el reverendo el veintiocho.
El sábado catorce fue a Leith.
No se lo dijo a nadie y no se lo dijo a Agnes, que libraba las tardes de los sábados y que aquella tarde estaba, según todos los indicios, en casa de su hermana.
Ailsa no fue a espiar a nadie. Fue porque llevaba un mes con una cuenta abierta en la cabeza y necesitaba ponerle un sitio: la calle, el número, la escalera.
Se quedó en la esquina cinco minutos, vio la casa —tres pisos, ropa tendida en dos ventanas, una tienda de ultramarinos abajo— y se volvió andando por el camino largo.
Aquello no cambió nada. Le sirvió para una cosa: para dejar de decirse que el sueldo de Agnes Bell era una cifra.
El memorial volvió corregido el martes diecisiete.
Traía siete tachaduras del comité y una nota de Màiri: las tres columnas se quedaban, pero las nueve casas sin arriendo pasaban de la cuarta hoja a la primera, detrás de la lista de las once. Aquello no lo había decidido Ailsa, no lo habría decidido así y lo copió tal cual.
Trabajó en él once tardes con Ewan.
Se veían en la sala de lectura hasta las siete, y después, cuando la sala cerraba, subían las tres calles hasta Rose Street y seguían en la habitación de delante con la puerta del rellano entornada, porque la casera era la casera.
Él redactaba y ella corregía, y aquello resultó ser una manera de discutir mucho más íntima que discutir.
—Aquí ha escrito «los crofters de Kilmoran solicitan» —dijo ella una tarde—. No solicitan. Solicitan once casas y nueve viviendas, y hay catorce arrendatarios que no han firmado nada.
—Es más corto.
—Es más corto y es falso. Y el día que alguien de esos catorce lo lea impreso, tendremos un problema que no teníamos.
Ewan tachó y escribió encima.
Le corrigió tres verbos aquella tarde y él aceptó dos. Sobre el tercero estuvieron veinte minutos, y ninguno de los dos cedió, y a las once Ailsa se dio cuenta de que llevaba veinte minutos discutiendo por un verbo con las mejillas calientes y de que era lo mejor que le había pasado en todo el mes.
Aquella misma noche, cuando ella se quitó los guantes para escribir, Ewan alargó la mano y le desabrochó el botón del puño derecho, el que apretaba, sin preguntar y sin apartar los ojos del papel, como quien retira un obstáculo de una mesa de trabajo.
Ailsa lo dejó hacer.
No dijo nada, no lo miró y no le devolvió el gesto.
Escribió media hora más con el puño abierto y con la muñeca al aire, y cuando él se fue, a la una, se quedó de pie en el rellano mirando la escalera vacía y comprendió que había permitido una cosa muy pequeña y que no había invitado a ninguna otra, y que las dos cosas eran verdad al mismo tiempo y que iban a seguir siéndolo un tiempo.
El jueves diecinueve, Ewan llegó con dos entradas para un concierto en las Assembly Rooms y ella le dijo que no.
—¿Por el qué dirán?
—Por el memorial —dijo Ailsa—. Sale el veinticinco y quedan seis hojas.
—Sale el veinticinco haga usted lo que haga esta noche.
—Sale mejor el veinticinco si trabajo esta noche.
Ewan dejó las entradas encima de la mesa, boca arriba, y no las recogió al irse.
Se quedaron allí una semana, al lado del tintero, y Ailsa las miró todas las mañanas, y el jueves siguiente, cuando la fecha ya había pasado, las tiró ella misma a la chimenea apagada y estuvo un rato con la mano en el guardafuegos.
La carta de Flora llegó el sábado veintiuno.
Señora Keir: Baird ha estado tres veces en la tienda este mes. Ahora lleva un papel nuevo con un precio más bajo que en mayo, dice que hay pasaje adelantado contra la primera cosecha para las familias con dos hombres, y esta vez no anda preguntando: le preguntan a él.
Ha estado en casa de los Nicolson de la costa el domingo y el miércoles.
Mi madre dice que le diga que Calum Beaton lo escuchó el jueves en la tienda durante un cuarto de hora y que después se fue sin comprar nada.
Ailsa dejó la carta encima del libro del fondo, que tenía en la última línea once libras, catorce chelines y seis peniques.
Escribió a Kilmoran aquella misma tarde, y le costó tres borradores porque lo que quería decir no le correspondía decirlo.
Al final mandó cuatro líneas, dirigidas a Màiri y no a Calum:
Si el señor Baird ofrece pasaje adelantado contra cosecha, alguien tiene que leer ese papel antes de que lo firme nadie. No sé lo que dice. Sé que un adelanto contra una cosecha que todavía no existe es una deuda con otro nombre. Si me lo mandan, lo leo y digo lo que veo, y no digo nada más.
Màiri no contestó a eso.
Contestó Flora, al cabo de nueve días, con una posdata suya al final de otra carta: Lo del papel del señor Baird se lo he dicho a mi madre. Dice que los Nicolson de la costa no son de esta finca y que a esa casa no se le puede mandar a nadie a decirle lo que tiene que firmar.
El borrador de Glasgow llegó el miércoles dieciocho, y no lo abrió ella.
Llegó a Hanover Street, porque desde junio toda la correspondencia de aquel asunto iba a Baxter, y Baxter le mandó recado el jueves por la mañana de que pasara cuando pudiera.
Estuvieron dos horas.
Era una escritura larga, en papel bueno, redactada con esa perfección de los despachos que cobran por hoja. Ailsa la leyó entera, con el dedo debajo de la línea, mientras Baxter esperaba con las manos cruzadas.
Constituía a favor de la señora Ailsa Keir un capital administrado por tres administradores, con una renta pagadera por trimestres a su propio recibo; le asignaba una casa; le pagaba un procurador de su elección; y declaraba que ninguna de esas cosas podría ser revocada por el constituyente ni reclamada por sus acreedores.
Era, palabra por palabra, lo que ella le había pedido a Baxter en junio que averiguara.
Le costó ocho minutos encontrar las dos cosas.
La primera estaba en la cláusula sexta y estaba escrita sin ninguna maldad: la casa asignada era la casa de Kilmoran, y la renta se pagaría íntegra mientras la beneficiaria mantuviese en ella su residencia habitual; en otro caso, una parte quedaba en suspenso hasta la muerte del constituyente.
La segunda estaba al final, en la cláusula de los administradores. Los tres se nombraban por el constituyente. Y las vacantes, en el futuro, las cubrían los administradores supervivientes de una terna propuesta por él.
Ailsa apartó el papel dos dedos y se quedó mirando la ventana.
—Dígame lo que ve usted —dijo.
—Veo un documento bien hecho por un procurador prudente —dijo Baxter—.
La cláusula sexta es corriente: quien constituye una dotación de este tamaño para su mujer no suele querer pagar dos casas.
Y lo de los administradores es lo que se pone siempre, porque el que pone el dinero quiere saber quién lo administra cuando él ya no esté.
—O sea que no hay mala fe.
—Yo no he dicho eso. He dicho que es corriente.
—Baxter la miró por encima de las gafas—.
Señora Keir, lo que usted tiene delante no es un regalo con trampa.
Es un regalo con la forma que le dan los hombres a los regalos.
Y da igual quién lo haya redactado y con qué intención, porque dentro de veinte años lo que va a leer un administrador es el papel y no la intención.
—Devuélvalo.
—¿Entero?
—Entero, con las dos cláusulas señaladas. Y escríbales una línea de mi parte.
Baxter mojó la pluma.
—Diga.
—«Que lo corrijan antes de que yo lo lea como una oferta.»
Lo escribió. Ailsa lo leyó y lo firmó ella misma, debajo del membrete de él, que fue la primera cosa que firmó en aquel asunto.
Cuando salía, con el sombrero ya puesto, Baxter dijo:
—Una cosa. Este borrador lleva fecha de encargo del catorce de mayo.
Ailsa se detuvo en la puerta.
—¿De mayo?
—El procurador de Glasgow anota siempre la fecha de la instrucción. Su marido le escribió el doce, sábado, y el encargo se abrió el lunes catorce.
El doce de mayo era el día en que Flora había encontrado los comprobantes de Elliot en las cajas de la humedad. Era el día en que él había firmado la orden de acceso, le había dado todas las llaves de la casa y había escrito dos cartas a Glasgow.
Y era cuatro días antes de abrir un cajón a las seis de la mañana.
—Gracias —dijo Ailsa.
Bajó a Hanover Street y anduvo hasta el final de la calle sin decidir por dónde iba.
Lo que la había parado no era la fecha. Era una cosa más incómoda y más pequeña: que aquel hombre llevaba dos meses y medio moviendo un papel que la dejaba libre de él, y que en cinco cartas de administración no había escrito una sola línea al respecto, y que si Baxter no le hubiera leído una fecha aquella mañana, ella no lo habría sabido nunca.
Volvió a casa y trabajó hasta las once en las cuentas del fondo, que era lo único de aquel día que sumaba.
La carta de Lachlan llegó el viernes veinte.
Era corta, como todas: el contable de Inverness había terminado la primera parte de la auditoría, once casas, y adjuntaba la relación por si ella quería comprobarla; la restitución iba por la sexta casa; el hierro llegaría en agosto y con suerte habría acarreo en septiembre.
Ni una palabra de Glasgow. Ni una palabra de nada más.
Ailsa comprobó la relación entera aquella noche, casa por casa, con su propia copia del libro particular al lado.
Cuadraba. Cuadraban las once, hasta el penique, incluidos los diez chelines de Iseabail Beaton, que aparecían en la columna correcta y con el nombre de ella al lado del de su marido, cosa que ella no había pedido y que alguien había decidido en Kilmoran.
Escribió «cuadra» en el margen, con la fecha, y no puso su nombre.
Y le dolió que cuadrara, porque llevaba dos meses sosteniéndose en una idea muy sencilla —que aquel hombre no sabía separar proteger de decidir— y aquella relación estaba hecha exactamente como ella la habría hecho, con la restitución casa por casa, con recibo doble y sin un solo gesto que pudiera contarse como generosidad.
Se acostó a las dos.
En la mesa de la habitación de delante quedaron, ordenados por fecha, el libro del fondo con sus once libras y catorce chelines, la carta de Flora sobre Baird, la relación de Inverness con la palabra «cuadra» en el margen y la copia de una línea que había firmado aquella misma mañana en un despacho de Hanover Street.