Capítulo 31. Documentos, no disculpas
Documentos, no disculpas
Ewan volvió a Kilmoran el jueves veintiocho de junio con una carpeta atada, el memorial corregido y ninguna intención de hablar.
Había ensayado el discurso en el vapor, entre Strome Ferry y Portree, y a la altura del cabo lo había desmontado.
Todo lo que se le ocurría decir tenía la misma forma: una explicación que terminaba con él quedando un poco mejor de lo que estaba al empezar la frase.
Guardó el cuaderno y estuvo las dos últimas horas mirando el agua.
Màiri lo recibió en la escuela a las once, con Niall sentado y con Flora en el rincón, y no le ofreció silla.
—Usted dirá.
Ewan puso la carpeta encima del pupitre grande y la desató.
—Esto es todo lo que tengo de mi editor desde marzo.
Cartas, telegramas y las copias de lo que le he escrito yo.
Está entero y está por fechas. —Sacó tres papeles de encima—.
Estos tres son los que importan. En este me pide el nombre del reservista para dar cara a la serie.
Este es mi contestación, escrita en Glendale el diecinueve de mayo, en la que digo que no habrá nombre ni ahora ni cuando termine la comisión y que los textos los corta y los firma usted. Y este es lo que me ha contestado él.
Màiri lo cogió. Lo leyó despacio, dos veces, y se lo pasó a Niall.
—Dice que le retira la exclusiva de la serie.
—Me la retira. Sigue publicando lo que mande, cuando lo mande y con la firma de usted al pie si usted quiere. Lo que ya no tengo es el derecho a que no lo escriba otro.
—¿Y eso qué vale?
—En dinero, quince libras y lo que hubieran sido las tres piezas siguientes. En lo demás, no lo sé.
Sacó del bolsillo interior un sobre y lo dejó al lado de la carpeta.
—Y esto es lo que cobré por el despacho del veintiuno de abril y por las dos piezas que salieron detrás. Once libras y cuatro chelines. Es lo que me pagaron por el texto en el que sale Niall Beaton.
Niall levantó la cabeza.
—No lo quiero.
—No es para usted. —Ewan empujó el sobre hacia Màiri—. Es para el fondo. Y no lo doy para que me perdonen: lo doy porque ese dinero salió de una cosa que hice sin permiso y no me lo voy a gastar en el alquiler.
Màiri no tocó el sobre.
—¿Y si le decimos que no?
—Entonces lo dejo aquí encima y me voy, y ustedes hacen con él lo que quieran, incluido tirarlo al mar.
Se hizo un silencio corto.
Fue Niall quien alargó la mano, cogió el sobre y se lo dio a su madre, que era la que llevaba las cuentas del fondo.
—El fondo son dos celemines de harina y seis chelines de la viuda del molino —dijo—. Con esto son once libras y diez. Y los Nicolson de la costa lo van a necesitar antes de agosto.
Ewan quiso preguntar qué pasaba con los Nicolson de la costa. No preguntó. Llevaba tres semanas aprendiendo que su curiosidad, en aquella habitación, era una herramienta que no le pertenecía.
Màiri se levantó, cogió la carpeta y la llevó al armario del fondo, donde estaban las cajas numeradas.
—Esto se queda aquí. Con lo demás.
—Es toda mi correspondencia con un editor de Londres.
—Y es la prueba de lo que le pidieron y de lo que usted contestó. —Cerró el armario—. Si dentro de dos años alguien dice que a esta gente la usó un periodista, aquí está lo que hizo el periodista, entero, incluido lo malo. Le conviene a usted más que a nosotros.
Le devolvió una sola hoja: las correcciones del comité al memorial, con la letra de Flora y siete tachaduras.
—Esto se lo lleva usted a Edimburgo.
Ewan se la guardó.
—¿Puedo preguntar una cosa que no es de trabajo?
—Puede preguntarla —dijo Màiri—. No le prometo que se conteste.
—¿Qué pasó el veintinueve, en Portree?
Fue Niall el que contestó, sin moverse del banco.
—Se vendieron.
Ewan esperó.
—Bajamos el veintiocho por la tarde el señor Keir, mi padre y yo, con el recibo, con la copia del libro de rentas y con una carta de la señora Keir explicando por qué esa deuda no existía.
—Niall hablaba mirando el suelo, sin ninguna emoción particular—.
El depositario dijo que él no juzga papeles, que lo suyo es guardar y vender lo que le mandan, y que mientras la orden no se levantara por donde se había puesto, él vendía.
Se subastaron el veintinueve por la mañana con doce cabezas más.
—¿Y el dinero?
—El dinero está. En julio se resolvió que la deuda no existía y nos han devuelto lo de la venta, menos las costas del oficial, menos la comisión del depositario y menos el pienso de once días.
—Entonces, ¿cuánto se ha perdido?
—Una vaca parda de seis años que daba tres cuartillos y medio, y una novilla que iba a parir en enero —dijo Niall—. Y en la feria de mayo, con doce cabezas más de tratante, una vaca de seis años vale lo que quiera pagar el que va a comprar barato.
Ewan sacó el lápiz sin pensarlo.
Se dio cuenta a mitad de gesto y lo dejó donde estaba, y aquello, a él, le costó más que las once libras y cuatro chelines.
Antes de salir de la escuela, Niall lo acompañó hasta la puerta.
—Una cosa —dijo—. En julio, cuando salga lo de Portree en el acta impresa, mi nombre va a estar ahí, entero, con lo que dije.
—Sí.
—Eso lo he decidido yo y lo he decidido delante de un tribunal. —Se puso el gorro—. Lo que hizo usted en abril fue otra cosa y no se arregla porque yo declarase después.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabe. Usted cree que la diferencia es el permiso. —Niall abrió la puerta—. La diferencia es que en Portree hablé yo y en abril habló usted por mí. Aunque hubiera dicho exactamente lo mismo.
Ewan salió al camino con aquello encima y estuvo dándole vueltas media hora, y a la media hora comprendió, con una precisión desagradable, que era la primera vez en su vida que alguien le explicaba su oficio mejor que él.
Fue al croft de los Beaton por la tarde, porque tenía que ir y porque no ir habría sido peor.
Iseabail estaba en el patio con dos gallinas y no lo hizo pasar.
—Buenas tardes, señora Beaton.
—Buenas tardes.
—He venido a decirle que...
—Ya sé a lo que ha venido. —Se limpió las manos en el delantal—. Todo el mundo ha venido a decirme cosas este mes.
Ewan se calló.
Iseabail se quedó mirándolo un momento y después, con la barbilla, le señaló la puerta abierta del establo pequeño.
—Mire ahí dentro, ya que ha venido.
Ewan miró.
Era un establo de dos plazas, con el suelo barrido y el pesebre limpio, y las dos plazas estaban vacías. Olía a lo que huelen esos sitios cuando ya no hay animal: a paja seca, a cal y a nada.
—Nos han devuelto el dinero de la venta —dijo Iseabail detrás de él—. Ocho libras y algo, después de descontar lo del oficial y lo del que las guardó. Con eso, en septiembre, se compra una vaca.
—Eso está bien.
—Eso está bien —repitió ella—. Y una vaca de septiembre no da leche hasta que para, y no para hasta la primavera, y hasta la primavera mi nieto bebe lo que le den los vecinos. La que se llevaron estaba en leche desde marzo y era de aquí y sabía volver sola del patatal.
Señaló la pared de la cocina con la barbilla.
Colgado de un clavo, encima de la repisa, estaba el cencerro con la correa remendada.
—Y esto lo tengo ahí —dijo— porque es de ella y no se lo voy a poner a otra.
Ewan estuvo callado el tiempo suficiente para que no pareciera que estaba buscando una frase.
—Gracias por dejármelo ver.
—Yo no le he dejado ver nada. Le he dicho que mire, que no es lo mismo. —Iseabail volvió con sus gallinas—. Y ahora váyase, que tengo que dar de comer.
En el camino de vuelta se cruzó con Seònaid MacLeod, que bajaba del curado con un cesto.
—Le han cogido el dinero —dijo ella, sin saludar.
—Se lo he dado yo.
—Ya. —Se cambió el cesto de brazo—. ¿Sabe en qué se va a ir?
—En los Nicolson de la costa. Me lo ha dicho la señora MacAskill.
—Se va a ir en un procurador de Portree que va a escribir dos cartas, y en el viaje de un hombre que tiene que ir a discutirlas, y en dos semanas de comida mientras se discuten. Y eso es una familia. —Seònaid echó a andar—. Hay dos.
—¿Y la otra?
—La otra es la mía, o la de la vecina, o la del que se ponga malo en agosto. Ese fondo son once libras y diez chelines, señor Grant. En esta finca hay veintinueve casas con arriendo y nueve sin arriendo.
Ewan hizo la cuenta andando, que es como se hacen las cuentas que uno no quiere.
A las seis subió a la casa grande.
Kilmoran House estaba distinta y le costó un minuto entender por qué: no había nadie. En diciembre había servicio, en marzo había cuadrillas del muelle, en mayo había gente en el patio. Aquella tarde de junio había un ama de llaves, una cocinera y un hombre solo en un despacho.
El despacho de la finca lo ocupaba ahora el contable de Inverness, un tal señor Munro, que había extendido papeles por toda la mesa larga y trabajaba con dos ayudantes. Lachlan lo había cedido entero y se había mudado al despacho pequeño de arriba.
Se sentaron los dos allí, con la puerta abierta.
—¿Whisky? —dijo Lachlan.
—No.
—Yo tampoco. Lo digo por decir algo.
Fue la única torpeza social de toda la conversación.
Después Lachlan sacó una hoja y le fue diciendo las cifras, como se las habría dicho a un socio: la restitución iba por casas y la llevaba el contable, no él; once familias, cantidades entre dos y once libras, con recibo doble; la auditoría de los seis años del señor Muir tardaría hasta septiembre; el contrato del muelle estaba suspendido desde junio porque el hierro no había llegado y porque el contratista quería garantías nuevas; y Andrew Elliot había recibido un aviso de rescisión del arriendo de los pastos altos que ningún abogado le garantizaba que fuera a prosperar.
—¿Y qué pasa si no prospera?
—Que tengo un arrendatario hasta mil ochocientos noventa y siete con el que no me hablo.
Ewan apuntó, esta vez sí, porque aquello era información y estaba siendo dada para eso.
—¿Puedo escribir sobre la restitución?
—Pregúnteselo a la señora MacAskill.
—Se lo estoy preguntando a usted.
—Y yo le estoy contestando que se lo pregunte a ella —dijo Lachlan, sin ninguna aspereza—. Lo que se publique de esta finca lo decide el comité. Yo estoy dentro de eso igual que usted.
Ewan cerró el cuaderno.
—Ella está en Edimburgo —dijo.
—Sí.
—En Rose Street. Dos habitaciones. Tiene dos clientes y un abogado.
—Lo sé.
—¿Se lo ha contado ella?
—No. Me lo ha contado usted, hace tres segundos, y yo lo sabía por la dirección de las cartas.
—Lachlan se echó hacia atrás—. Grant, voy a decirle una cosa una sola vez y después seguimos con lo del muelle.
Yo no le he pedido a mi mujer que vuelva y no se lo voy a pedir.
No es una estrategia y no es generosidad.
Es que si se lo pido y vuelve, no voy a saber nunca por qué ha vuelto.
—¿Y si no vuelve?
—Entonces no vuelve.
Ewan se quedó mirando la mesa.
Había venido a Kilmoran preparado para muchas cosas.
Estaba preparado para que aquel hombre lo tratara mal, y lo habría entendido; estaba preparado para que lo tratara con una cortesía humillante, que era lo que él habría hecho en su lugar.
No estaba preparado para descubrir que Lachlan Keir no pensaba usar a Ailsa ni una sola vez en toda la conversación, ni siquiera para hacerle daño a él, que era lo más fácil del mundo y estaba a mano.
No era una tregua. Era una regla que aquel hombre se había puesto a sí mismo y que estaba cumpliendo delante de él sin pedir que se lo agradecieran.
—El hierro —dijo Ewan—. ¿Cuándo llega?
Hablaron del muelle cuarenta minutos: los pilotes, la marea, el contratista de Portree que quería garantías nuevas, el jornal de las ocho semanas que ya no iba a pagarse en verano y que Lachlan quería mover a septiembre.
—Si el hierro llega en agosto, hay acarreo en septiembre —dijo—. Y Niall Beaton será el primero al que se lo ofrezca, y si me dice que no, se lo ofreceré otra vez en octubre.
—¿Y si le dice que no las dos veces?
—Entonces se lo ofreceré a su padre, que no me lo va a rechazar, y los dos sabremos por qué.
Se fue en el vapor del viernes con la hoja de correcciones del memorial, sin carpeta, sin exclusiva y sin las once libras y cuatro chelines.
En el bolsillo interior seguían las cuatro hojas de Glendale, ya blandas de tanto llevarlas encima, con lo mejor que había escrito en seis meses y que no iba a publicar nadie.
En Portree las sacó, en el muelle, con el vapor esperando.
Estuvo a punto de tirarlas al agua, que habría sido un gesto muy bonito y no le habría costado nada, porque las tenía copiadas en la cabeza palabra por palabra.
Volvió a doblarlas y se las guardó.