Capítulo 30. Dos habitaciones a su nombre
Dos habitaciones a su nombre
La casera de Rose Street quiso saber tres cosas: quién era el marido, dónde estaba el marido y por qué no firmaba él.
—Mi marido está en Skye —dijo Ailsa—. Administra una finca. Yo voy a vivir aquí y voy a pagar yo.
—Es que yo, señora, no alquilo a...
—Le voy a pagar el primer trimestre por adelantado, hoy, en esta mesa. Y le voy a dar la dirección de un procurador de esta ciudad al que puede usted escribir si algún día tiene una queja.
La mujer miró el dinero, miró el nombre y alquiló.
Eran dos habitaciones en un segundo piso, con la ventana de la de delante dando a la calle y una chimenea que tiraba mal las mañanas de viento del este.
Ailsa firmó el arrendamiento el lunes cuatro de junio, con su nombre de casada, y la casera puso debajo, con una letra pequeña y cuidada, señora de L.
Keir, de Kilmoran, Skye , porque no se fiaba y quería dejarlo por escrito.
El dinero salió de tres sitios: lo que Ailsa había ido apartando de su asignación desde diciembre, la venta de un broche que había sido de su abuela materna y que llevaba cuatro años sin ponerse, y doce libras que tenía guardadas desde hacía ocho años y que nunca había gastado.
Contó las doce libras en el vapor, la noche del viernes, entre Portree y Strome Ferry, y no le dio ninguna pena gastarlas. Le pareció, más bien, que llevaban desde mil ochocientos setenta y cinco esperando exactamente aquello.
La primera clienta llegó por la casera.
Era una viuda de una casa de Northumberland Street que llevaba dieciocho meses sin entender por qué las cuentas de su casa no cuadraban desde que enterró a su marido.
Le había preguntado a su hijo, que le había dicho que no se preocupara, y al procurador de la familia, que le había dicho lo mismo con más palabras.
Ailsa tardó cuatro tardes.
No había ningún fraude. Había un carbonero que cobraba dos veces la misma entrega cuando la recibía la cocinera y no el mayordomo; una suscripción de una revista que llevaba once años renovándose sola; una renta que se cobraba en junio y que en el libro figuraba en julio, de modo que cada año faltaba durante cinco semanas y el ama de llaves cubría el hueco con el dinero de la despensa; y ochenta y siete libras que el marido había apartado en el sesenta y nueve para una cosa que nadie sabía y que seguían allí.
Se lo explicó en una hoja.
—¿Y ahora qué hago? —dijo la viuda.
—Hablar con su cocinera, escribir al carbonero, cancelar la revista y decirle a su hijo que las ochenta y siete libras son suyas.
—¿Y a usted qué le debo?
Ailsa se lo había preguntado a sí misma tres noches seguidas y no se había atrevido a decidirlo hasta aquella mañana.
—Dos libras y diez chelines.
La viuda pagó sin comentarlo, lo cual le enseñó a Ailsa, con doce horas de retraso, que había pedido poco.
Firmó el recibo en la mesa de la habitación de delante, con su nombre, y le puso el número uno arriba, porque un talonario sin huecos es la única cosa que no se puede discutir. Se quedó un rato mirando la mancha de tinta del dedo corazón.
Era la primera vez en veintiséis años que aquella mancha pagaba algo.
Al señor Baxter lo eligió ella, y le costó tres visitas.
Descartó al primero porque había conocido a su padre y se pasó veinte minutos contándole a qué olía el despacho de Charlotte Square en el año sesenta.
Descartó al segundo porque, al oír el asunto, le preguntó si su marido estaba enterado de la consulta.
El tercero era un procurador de unos cuarenta años, con el gabinete en un primer piso de Hanover Street, tres empleados y ningún cliente conocido en común con su familia.
Baxter la escuchó cuarenta minutos sin interrumpir y después le hizo las preguntas por orden.
—Antes de nada: ¿quién me paga a mí?
—Yo.
—¿Con qué?
—Con esto. —Ailsa puso encima de la mesa dos libras y diez chelines—. Es lo primero que he cobrado por mi trabajo. Prefiero que se vaya entero en esto.
Baxter lo apuntó en un libro y le extendió recibo, y aquel gesto la tranquilizó más que las cuarenta primeras palabras que había dicho.
—Segunda: ¿pide usted separación judicial?
—No.
—¿Piensa pedirla?
—No lo sé.
—Es la respuesta más honrada que he oído esta semana.
—Baxter mojó la pluma—. Entonces trabajamos con lo que hay.
Su marido paga las deudas de su familia en diciembre; el contrato matrimonial dejó fuera de su alcance lo que usted aportara y lo que usted ganara; usted vive aparte con el conocimiento de él y sin escándalo público; y usted cobra por su trabajo.
Podemos hacer bastante y no podemos hacer todo.
—Explíqueme lo que no.
Se lo explicó durante media hora, con la ley de mil ochocientos ochenta y uno delante y sin adornarlo: lo que ella podía firmar sola y lo que no; lo que necesitaba consentimiento del marido y para qué actos; qué se podía pedir a un tribunal si el consentimiento se negaba, y cuánto tardaba.
—Le digo lo que más le conviene oír y menos le va a gustar —terminó—. Todo lo que usted tiene hoy que no depende de él son dos libras y diez chelines y un alquiler pagado por trimestres. Lo demás depende de que él siga siendo el hombre que le firmó a usted una orden de acceso en mayo.
—Ya lo sé.
—¿Y quiere hacer algo con eso?
—Quiero saber qué haría falta —dijo Ailsa—. No para pedírselo. Para saberlo.
La carta de Glasgow llegó el jueves siete.
Venía de un despacho que Ailsa no conocía y estaba redactada con esa cortesía impenetrable de los procuradores que escriben por encargo de otro: el firmante se dirigía a la señora Keir por indicación de su cliente, deseaba plantearle un asunto que no requería respuesta inmediata y solicitaba autorización para exponerle una propuesta relativa a la constitución de un patrimonio a su favor.
Ailsa la leyó dos veces y no contestó ese día.
La llevó a Hanover Street el viernes por la mañana.
Baxter la leyó, la dejó en la mesa y se echó hacia atrás.
—¿Sabía usted algo de esto?
—Nada.
—¿Le ha escrito su marido?
—Mi marido me ha escrito dos veces desde que llegué. Una para decirme que el contable de Inverness ha empezado con los libros. Otra para decirme que mi asignación se seguirá pagando a mi recibo y a mi dirección. En ninguna de las dos hay una palabra de esto.
—Ya. —Baxter dio dos golpecitos en el papel—.
Le voy a decir lo que veo y usted decide.
Esto lo ha encargado un hombre que quiere hacer algo bueno y quiere hacerlo a su manera, que es la manera en que lo hacen los hombres que están acostumbrados a resolver: por medio de su procurador, ya redactado y con la firma preparada.
Si usted contesta directamente a esa carta, entra usted en un asunto suyo redactado por él.
—¿Y qué hago?
—Que le conteste yo. —Cogió la pluma—. Con dos líneas: que la señora Keir ha recibido su carta, que ha designado abogado propio y que toda comunicación sobre este asunto se dirija a este despacho.
Ailsa se quedó mirando la carta un momento.
—Contéstele usted —dijo.
Salió de Hanover Street con la sensación exacta de haber hecho algo pequeño e irreversible.
El memorial le llevó nueve días.
Màiri le mandó, en dos envíos, todo lo que el comité había decidido que fuera: los siete recibos copiados, la lista de las once casas, la de las nueve viviendas sin arriendo, la cuenta de la casa Beaton, las tres actas de las reuniones de mayo firmadas por Flora y el acta de la sesión de Portree, encargada al escribiente de la comisión y pagada con el fondo.
Ailsa lo montó en tres columnas.
En la primera, lo pagado y probado con papel. En la segunda, las mejoras hechas por las familias en las casas y en la tierra, con el año y con quién las hizo. En la tercera, las reclamaciones sin resolver, que era donde iban los pastos altos, las nueve viviendas y las dos vacas.
No escribió ni una línea de opinión y no firmó el documento. Lo mandó a Kilmoran con una nota: Para que lo corrija el comité. Lo que quede de esto se firma ahí y no aquí.
Ewan trabajaba a dos mesas de distancia, tres tardes por semana, en la sala de lectura del Advocates.
Había llegado a Edimburgo el ocho de junio con instrucciones escritas de Màiri: buscar en la hemeroteca los tres años anteriores de la prensa local, localizar las actas publicadas de la comisión según se fueran imprimiendo y no publicar de Kilmoran nada que no llevara la firma de ella.
Se veían allí. Trabajaban, discutían dos o tres cosas y se despedían en la puerta.
Él no cruzó la distancia ni una vez en aquellas dos semanas, y Ailsa lo notó todos los días.
Un jueves, al recoger, Ewan le puso delante una nota con la dirección de un impresor de la Cowgate.
—Lleva el libro de caja peor que he visto en mi vida y tiene tres empleados. Le he dicho que conozco a alguien.
—¿Le ha dicho quién soy?
—Le he dicho que es usted contable y que cobra.
Ailsa se quedó con la nota en la mano.
—Gracias.
—No es un favor. Es que si usted tiene dos clientes, se queda. Y si se queda, este trabajo del memorial se hace bien.
—Ewan.
—Sí, es también un favor —dijo él, y se puso el sombrero—. Buenas tardes, señora Keir.
Fue a la Cowgate el viernes ocho por la mañana.
El taller era un sótano con dos prensas, olor a aceite y a papel mojado y un ruido que no dejaba hablar sin levantar la voz.
El impresor se llamaba Dunlop, tenía cincuenta años, las uñas negras hasta la raíz y un libro de caja que llevaba él mismo por las noches, cansado, con la letra de un hombre que preferiría estar durmiendo.
Ailsa lo abrió por la mitad y estuvo cuatro minutos sin decir nada.
—¿Muy mal? —dijo Dunlop.
—Está muy bien llevado.
—No me tome el pelo, señora.
—No se lo tomo. Está bien llevado y está mal ordenado, que no es lo mismo.
Usted apunta todo lo que entra y todo lo que sale, y eso es más de lo que hacen la mitad de los negocios de esta ciudad.
Lo que no tiene es una columna para lo que le deben, y por eso trabaja usted en junio con el dinero de agosto.
Dunlop la miró de otra manera.
—¿Y eso se arregla?
—Se arregla en dos tardes y hay que mantenerlo todas las semanas. Yo puedo hacer lo primero. Lo segundo lo tiene que hacer usted o uno de sus tres hombres.
—¿Y qué me cuesta?
Aquella vez Ailsa no dudó.
—Tres libras las dos tardes. Y si quiere que venga una vez al mes a revisarlo, diez chelines cada vez.
—Es caro.
—Es lo que vale.
Dunlop se rascó la barbilla, miró el libro, miró las dos prensas paradas por falta de papel que no había podido pagar en mayo, y dijo que empezara el lunes.
Ailsa salió a la calle y subió andando hasta la casa, y por el camino cayó en que había dicho el precio sin que le temblara la voz y de que había dicho, además, «es lo que vale», que era una frase que nunca en su vida había dicho de nada suyo.
La carta de Oliver llegó el martes doce.
Eran dos hojas y estaban escritas con la letra grande y suelta de siempre, y la primera vez que Ailsa la leyó le pareció que su hermano había estado a punto de romperla tres veces y no lo había hecho por educación.
Le decía que se había enterado por la prensa de Glasgow, que en el club le habían preguntado dos veces y que había tenido que decir que no sabía nada; que su madre estaba enferma desde que volvió de Skye y que el médico hablaba de los nervios; que él no entendía cómo su hermana había podido decir en voz alta, delante de unos periodistas, el nombre de su propia madre; y que, mientras las cosas siguieran así, no le parecía prudente que se vieran.
Y al final, en la última línea, con la misma letra: Devuélveme el devocionario cuando puedas, que era de la abuela.
Ailsa contestó a las tres semanas y contestó solo a la última línea, y le mandó el devocionario por el correo, sin el papel de dentro.
Lo de Agnes fue el jueves catorce y fue lo que peor le supo.
Llevaba tres semanas sabiendo que no podía pagarle.
El sueldo de una doncella personal, con su alojamiento y su comida, no cabía en dos clientes y un alquiler; lo había calculado el primer día, en la primera hoja del libro nuevo, y desde entonces lo miraba cada mañana con la esperanza de que la cifra cambiara sola.
Aquella mañana llegó una carta de su madre.
Era corta y era perfecta.
Decía que no pretendía discutir nada por escrito.
Que había sabido por Agnes que la señora se había instalado y que la casa era decente.
Y que, en tanto no se arreglaran otras cosas, ella seguiría abonando el salario de Agnes Bell directamente, como llevaba haciendo desde que la muchacha entró en la casa en el setenta y tres, porque no estaba dispuesta a que su hija viviera sin doncella como una mecanógrafa de Leith.
Ailsa estuvo con la carta en la mano un cuarto de hora.
Las cuentas eran las cuentas. Si rechazaba aquello, tenía que despedir a Agnes aquel mismo mes.
Agnes tenía treinta y tres años, una hermana viuda en Leith con dos niñas y ningún sitio a donde ir en junio, que es el peor mes del año para colocarse.
Y ella misma, sin nadie, tendría que hacer la colada, la comida y el fuego, y perdería tres tardes por semana, que eran exactamente las tres tardes del memorial.
Todo eso era verdad. Y debajo de todo eso había otra cosa, más pequeña, que Ailsa se dijo con las palabras exactas porque no quería mentirse: que aceptar era más cómodo.
Llamó a Agnes y se lo dijo.
—Su salario lo va a seguir pagando mi madre, de momento. Se lo digo yo para que lo sepa por mí.
—Sí, señora. —Agnes tenía las manos rojas de la colada—. ¿Sigo escribiéndole?
—¿Le escribe usted?
—Cada quince días, como siempre. Lo de la ropa y lo de si come usted.
—Escríbale —dijo Ailsa.
Y aquella tarde, al bajar al portal, se cruzó con la casera, que le comentó de pasada que el jueves había venido un chico a preguntar si vivía allí la señora Keir, y que ella le había dicho que sí.
—¿Quién era?
—Un chico de recados. No dijo de parte de quién.
Ailsa subió los dos tramos despacio.
En la mesa de la habitación de delante estaban las tres columnas del memorial, el recibo número uno de dos libras y diez chelines, la nota del impresor de la Cowgate y la copia de la respuesta que Baxter había mandado a Glasgow.
Cuatro papeles. Todos con su letra o con su nombre, y ninguno de ellos firmado por nadie más.
Los ordenó por fecha, que era lo que sabía hacer, y se sentó a trabajar hasta que se fue la luz.