Capítulo 29. Portree
Portree
El miércoles se fue entero en el camino.
Salieron de Kilmoran a las cinco y media de la mañana, siete personas y una maleta: Màiri, Niall, Seònaid, el reverendo, Flora, que iba por primera vez, Ailsa y Ewan. La maleta era de Ailsa y la llevaba ella.
Ewan la vio salir por la puerta de servicio con aquella maleta en la mano y comprendió tres cosas seguidas: que no era equipaje de dos días; que nadie del grupo se sorprendió al verla; y que él era el único de los siete que no lo sabía.
Anduvieron hasta el vado con la niebla baja. En la primera parada, mientras el reverendo se ataba la bota, Ewan se puso a su altura.
—¿Se va?
—Me voy.
—¿Adónde?
—A Edimburgo.
Lo dijo mirando el camino, no a él, con el tono con que se dice el destino de un tren.
—¿Con quién?
—Con nadie.
Ewan tardó un poco.
—Puedo buscarle habitaciones. Conozco una casa en Nicolson Street que...
—Ya sé buscar habitaciones, señor Grant. Llevo cuatro años buscando prórrogas a los acreedores de mi padre.
—No he querido decir eso.
—Ya lo sé. —Ailsa se cambió la maleta de mano—. Y le agradezco que no me haya preguntado por qué.
—Iba a preguntárselo.
—Por eso se lo agradezco ahora, antes de que lo haga.
Anduvieron otra media hora sin hablar. Detrás, Flora le iba explicando a Seònaid, con mucho detalle y bastante orgullo, cómo se numeraba un legajo.
El camino a Portree no es difícil y es largo, y esa es la única dificultad que tiene.
Se sube durante dos horas, se atraviesa una meseta de turba en la que no hay nada de lo que hablar, se baja a un vado y se vuelve a subir.
A media tarde empezó a llover de esa manera de mayo que no moja de golpe sino por acumulación.
El reverendo tenía sesenta y tantos y a partir del vado marcó el paso de todos sin que nadie lo dijera.
Ewan, que llevaba tres meses en la isla y había hecho aquel camino dos veces a caballo, lo hizo aquel día andando y descubrió lo que descubre todo el mundo: que el sitio donde uno se cansa no es la cuesta, sino la llanura de después.
Le preguntó al reverendo, en un descanso, por qué el señor Keir no iba con ellos.
—Se queda a cerrar lo del factor. Hay que inventariar la casa, recoger los libros que queden y esperar al contable de Inverness, que llega el sábado. —MacRae se ató la bota otra vez—. Y también porque nadie lo ha invitado, señor Grant, que en esta isla es una razón tan buena como la primera.
Llegaron a Portree a las siete de la tarde, con las piernas destrozadas, y durmieron en dos casas prestadas.
La sesión se abrió el jueves por la mañana.
Portree no era Dunvegan ni era Glendale: era una calle con tiendas, un puerto con vapores y una sala de verdad, con bancos, y la gente hacía cola desde antes de las nueve.
Había dos periodistas más aparte de Ewan, uno de ellos de un diario de Glasgow al que Ewan conocía y saludó con una inclinación mínima.
Kilmoran figuraba en la lista. Habían pedido sitio el martes por la tarde, por escrito, por medio del reverendo, y se lo habían concedido para la tarde del jueves.
Se pasaron la mañana esperando, y esperar juntos seis horas, comprobó Ewan, es lo que de verdad enseña quién es cada uno.
Niall no habló casi. Seònaid preguntó tres veces si les iban a preguntar a ellos o solo a los que tenían tierra.
Màiri repasó su cuaderno cuatro veces. Ailsa no repasó nada: se quedó mirando cómo declaraban los otros, con el suyo cerrado sobre las rodillas.
Los llamaron a las tres y veinte.
Declaró Màiri MacAskill.
Habló en gaélico los primeros cinco minutos y después, cuando le preguntaron si prefería seguir en inglés, dijo que le daba igual y siguió en inglés.
Contó lo del término de Martinmas. Contó lo de los siete recibos y lo del mantel.
Contó que once casas de la finca de Kilmoran habían pagado en noviembre y habían recibido aviso en enero por la misma cantidad.
Le preguntaron de dónde lo sabía.
—Porque los recibos los tengo yo —dijo—. Los tengo en una caja de hojalata en mi casa, y aquí traigo copias autenticadas de los siete y del libro particular del factor, y traigo a la persona que las hizo.
Y entonces dijo, sin que se lo pidieran:
—Y quiero decir una cosa antes de que me lo pregunten ustedes.
Esa persona es la mujer del propietario de la finca.
Nosotros lo sabemos. Le hemos dejado leer los libros y le hemos puesto condiciones por escrito, y todo lo que ha sacado de esa casa está copiado y guardado en tres casas distintas del pueblo.
Que conste, no vaya a parecer después que no lo sabíamos.
Un caballero de la mesa preguntó entonces si la señora estaba presente.
Ailsa se levantó.
Ewan, desde el banco de la prensa, la vio hacer exactamente lo que había hecho durante seis horas en Dunvegan sin que nadie se lo hubiera pedido: dar la cifra y no dar la opinión.
Le preguntaron su nombre y lo dijo entero, incluido el apellido de soltera. Le preguntaron qué relación tenía con la finca y contestó que era la mujer del propietario y que llevaba desde diciembre examinando los libros con autorización escrita de su marido, de la que traía copia.
Le preguntaron si los documentos eran auténticos.
—He hecho yo las copias o las he cotejado yo, una por una. Puedo decir de qué libro sale cada una, en qué fecha la hice y quién estaba delante.
Le preguntaron por la remesa.
Y Ailsa dijo, en la sala, con el taquígrafo escribiendo:
—La cantidad sale de esta finca dos veces al año con la referencia H.
B. 17. Corresponde a una garantía constituida por mi padre, sir Hamish Lennox, en mil ochocientos setenta y siete, y cancelada el diecisiete de octubre de mil ochocientos ochenta y dos.
Traigo el recibo de la cancelación. La carta de aviso que acompañaba la remesa de noviembre está escrita de puño y letra de mi madre, lady Honoria Lennox, y reconozco su letra porque llevo doce años copiando sus libros de casa.
Ewan dejó de escribir un momento.
Uno de los comisionados le preguntó entonces si, en su opinión, la finca de Kilmoran estaba bien administrada.
—No me corresponde opinar de eso —dijo Ailsa.
—Es usted la mujer del propietario.
—Por eso.
—¿Y qué le corresponde, entonces?
—Autenticar lo que traigo. Comprendo estas cuentas. No represento a nadie.
Se sentó al lado de Màiri, no delante.
Ewan escribió aquello y siguió escribiendo, y a mitad de página se dio cuenta de que llevaba dos minutos sin escribir nada porque estaba mirándola.
No estaba mirando a la mujer que había besado en una sala de mapas.
Estaba mirando a una mujer de veintiséis años, de pie, en una sala llena, diciendo el nombre de su madre en voz alta delante de un taquígrafo y de dos periodistas, con el apellido de su padre en el acta y sin una sola palabra de más.
Le costó admitir lo que sentía, porque no era admiración y no era deseo, y tenía bastante de las dos cosas y algo peor: era la certeza, muy concreta y muy poco cómoda, de que aquella tarde estaba ocurriendo la cosa más importante de la vida de Ailsa Lennox y de que él estaba allí sentado en el banco de la prensa, tomando notas, en el sitio exacto que le correspondía y en ningún otro.
Después habló Niall, y le costó menos de lo que Ewan había temido, y Seònaid pidió la palabra al final y se la dieron, y dijo lo de las nueve casas y lo dijo bien, y uno de la mesa le preguntó cuántos como ella había en la isla y ella contestó que eso deberían saberlo ellos.
Lo último que se leyó fue la declaración firmada de Lachlan Keir, que no estaba allí.
La leyó el reverendo en voz alta, entera, incluido lo de las cuarenta y ocho horas y lo de la autorización firmada sin leer.
Cuando terminó, en la sala hubo un rumor de esos que no significan nada y significan mucho. Un comisionado preguntó si el señor Keir tenía intención de comparecer.
—El señor Keir ha dicho que comparecerá si se le llama —dijo el reverendo—. Y que si no se le llama, esto es lo que tiene que decir.
Al salir de la sala, el hombre del diario de Glasgow lo esperaba en el portal, con el sombrero en la mano y ninguna prisa.
—Grant. Buen trabajo el del reservista, el mes pasado. Se ha citado en Londres dos veces.
—Gracias.
—¿Es ese de ahí?
Señaló con la barbilla hacia el grupo de Kilmoran, donde Niall estaba ayudando a Flora con la carpeta.
Ewan se quedó mirando el empedrado mojado un par de segundos.
—Ha declarado esta tarde con su nombre —dijo—. Está en el acta y lo puede usted copiar del acta, como todo el mundo.
—Se lo pregunto a usted.
—Y yo le contesto que está en el acta.
El otro se rió, no sin simpatía, y se puso el sombrero.
—Es usted un hombre raro últimamente, Grant.
—Sí —dijo Ewan.
Ewan escribió la crónica aquella noche, en la cocina prestada, con dos velas y con los pies en alto porque los tenía deshechos.
Le salió en dos horas y le salió buena. La escribió sin adjetivos, con las cifras dentro y con los nombres de quienes habían declarado en público, que es donde los nombres se pueden usar.
Al terminar, quitó dos cosas antes de que se las quitara nadie.
Quitó a Ailsa del centro. Estaba en el centro sin que él lo hubiera querido: se le había ido armando alrededor de ella, la señora de la casa grande autenticando pruebas contra su propia madre, y era la historia.
Se leía sola. La reescribió entera y la dejó donde tenía que estar, en un párrafo, con lo que dijo y sin lo que le costó.
Y quitó la maleta.
Se la había traído la pluma sin pedirle permiso: la mujer que aquella mañana había salido de la finca de su marido con una maleta . Era una frase buena y no era de él. La tachó, y de todas las tachaduras de aquella primavera fue la única que no le costó ningún trabajo.
A las once se la llevó a Màiri, que estaba dando de cenar a Flora en la otra casa.
Màiri leyó las cuatro hojas de pie, con el dedo debajo de la línea.
Tachó dos frases. Una era una valoración sobre lo que aquella tarde significaba para las Highlands.
La otra era una línea sobre el señor Keir en la que Ewan, sin darse cuenta o dándose cuenta perfectamente, dejaba caer que un hombre que confiesa por escrito para que lo lea otro no está confesando del todo.
—Esta última es verdad —dijo Ewan.
—Puede que lo sea. No es de esta tarde. —Le devolvió el papel—. Y de lo suyo con él no escribe usted, ni bien ni mal, mientras nos represente a nosotros.
Ewan lo corrigió allí mismo, con el lápiz de Flora, y Màiri firmó al pie con su nombre entero y la fecha, que era la primera vez que firmaba un texto de él.
El viernes por la mañana, en el muelle, Ailsa esperaba el vapor.
Había cinco personas para despedirla y ninguna era su marido.
Màiri le dio la mano y le dijo dos cosas prácticas sobre el memorial.
Seònaid le dijo que no se olvidara de las nueve casas y Ailsa le contestó que las llevaba en la hoja once.
Flora, muy seria, le entregó un sobre con la lista de todo lo que quedaba por copiar, para que supiera dónde iba a estar cada cosa.
Ewan se acercó el último.
—¿Le escribo?
—Escríbale a la señora MacAskill. Yo trabajo para el comité y usted también.
—No es lo que le he preguntado.
—Ya lo sé.
Se quedaron un momento callados, con el ruido del vapor detrás y con los marineros gritándose cosas.
Ailsa se quitó el guante de la mano derecha para dársela.
Fue un gesto pequeño y no fue una concesión: era la mano que se da cuando se despide uno de alguien a quien conoce de verdad.
Ewan se la cogió. Tenía la mancha de tinta en el dedo corazón y el callo de la pluma en el segundo nudillo, y en la izquierda, que seguía enguantada, estaba la alianza, y él no la vio y no le hizo falta verla.
—Cuídese —dijo.
—Trabaje —dijo ella.
Subió por la pasarela con la maleta y no se volvió.
Ewan se quedó en el muelle hasta que el vapor dobló el cabo, que fue mucho más tiempo del que hacía falta, y después se fue a la posada a esperar el correo de Londres.
Aquella tarde emprendieron el regreso los otros seis.
Kilmoran estaba a un día de camino y Ewan iba con ellos hasta la mitad, porque tenía que volver a la finca a por su cartera y sus cuadernos, y porque la cuarta parte de sus cosas estaban todavía en el ala oeste de la casa de un hombre al que aquella misma semana había visto confesar por escrito.
En el bolsillo interior llevaba, dobladas en cuatro y ya un poco gastadas por el uso de llevarlas encima, las hojas que había escrito en Glendale sobre una mujer desabrochando una correa remendada.
No las había mandado.
Tampoco las había tirado.